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in 2014
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CONTRA ESTO Y AQUELLO
OBRAS DEL AUTOR
Pesetas.
PAZ EN LA GUERRA (novela).— Madrid, Fer-
nando Fé, 1897 4,00
DE LA ENSEÑANZA SUPERIOR EN ESPA-
ÑA.—Madrid, Revista Nueva, 1899 1,50
TRES ENSAYOS: ¡Adentro i-La ideocracia.-La
fe.— Madrid, B. Rodríguez Serra, 1900 1,00
EN TORNO AL CASTICISMO.— Madrid, Fer-
nando Fé. Barcelona, Antonio López, 1902. . . 2,00
AMOR Y PEDAGOGÍA (novela).— Barcelona,
Henrich y Comp.a, 1902 3,00
PAISAJES . — « Colección Colón» . — Salamanca,
1902 . 0,75
DE MI PAÍS (descripciones, relatos y artículos
de costumbres). — Madrid, Fernando Fé, 1903. 3,00
VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO según
Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y
comentada. — Madrid, Fernando Fé, 1905. . . . 4,00
POESÍAS. — Fernando Fé, Victoriano Suárez,
Madrid, 1907. . . 3,00
RECUERDOS DE NIÑEZ Y DE MOCEDAD.
Madrid, Fernando Fé, V. Suárez, 1908 3,00
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS.— Biblio-
teca Renacimiento, V. Prieto y Comp.a, Ma-
drid, 1910 3,50
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y DE ES-
PAÑA.— Biblioteca Renacimiento, V. Prieto
y Comp.a, Madrid, 191 1 3,5°
ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS.-Madrid,
Fernando Fé, Victoriano Suárez, 191 1 3,00
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES.— Bi-
blioteca Renacimiento, V. Prieto y Compañía,
Madrid, 1912 3,5°
MIGUEL DE UNAMUNO
CONTRA
ESTO Y AQUELLO
MADRID
RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
Pontejos, 3.
1912
ES PROPIEDAD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL. — PONTEJOS, 3.
A D VER 1 ENCIA PREVIA
Los artículos que componen esta colección
no son propiamente ensayos críticos, ni pre-
tende su autor que lo sean. Tan sólo son no-
tas de un lector. En rigor, un pretexto para
ir el autor entretejiendo sus propias ideas
con las que le dan aquellos otros escritores á
que lee.
Escritos á vuela pluma y para satisfacer
exigencias de labor periódica, no se endere-
zan á llevar á cabo un trabajo de erudición,
que debe quedar para otros ingenios mejor
dotados á tal respecto. El autor de estos en-
sayos no lee para citar lo leído , sino más bien
para encender y enriquecer su propio pensa-
miento.
Hay, además, en la colección ésta algunos
trabajos que no se refieren expresamente á
obra alguna literaria, sino que son reflexio-
nes generales sobre temas literarios y uno
sobre la crítica. En éste trata el autor de sin-
cerarse en cierto modo para que no se le tome
por un crítico, por lo que se llama corree la-
mente un crítico, á cuyo oficio renuncia, lo
mismo que al de erudito, por no sentirse con
aptitud para ninguna de esas dos tan útiles
y tan nobles funciones.
ALGO SOBRE LA CRÍTICA
No me gusta recoger las alusiones que se me di-
rigen ni protestar de los juicios que sobre mi labor
se vierten. Los que escribimos para el público de-
bemos ser sufridos. Pero como, por otra parte,
tampoco me gusta someterme á rígidas normas de
conducta, alguna vez quebranto el propósito de no
comentar los comentarios que sobre mi obra se
hagan. Y esta es una de las veces. La quebranto á
propósito de una página que en el número 2 de la
Verdad, revista mensual de arte, ciencia y crítica,
que se publica en Santiago de Chile, me dedica el
señor don Ernesto Montenegro.
Chile es hoy, después de la Argentina, el pueblo
americano en que con más y mejores amigos cuen-
to; en cada correo me llegan expresiones de alien-
to y de simpatía. Es uno de los pueblos en que
creo contar con más lectores, y dentro de su nú-
mero tal vez con los más atentos y los más reflexi-
vos. Claro está que no todos los que de allí me es-
criben aplauden sin reservas mi labor, sino que
con frecuencia me oponen reparos y censuras de
buena fe; así es y así debe ser.
8
MIGUEL DE UNAMUNO
Hace pocos años, muy pocos, mis relaciones
epistolares con chilenos eran escasísimas; hoy son
muchas. Y esto lo he logrado «con unas cuantas
lanzadas del género crítico», como dice el s^ñor
Montenegro, con unos ensayos ásperos y duros,
tal vez despiadados, sobre las obras de dos escri-
tores chilenos. «Entre nosotros — añade el señor
Montenegro — es casi un hombre célebre y sólo por
sus diatribas contra algunos de nuestros compa-
triotas célebres. Esto ha bastado para sustraer su
nombre al silencio; ese respetuoso silencio en que
se transmiten al oído un nombre de maestro sus
admiradores, y hoy llevan el suyo de boca en boca
con más curiosidad que cariño las gentes de ca-
marilla literaria ó le rebajan su prestigio los perió-
dicos para vengar pasiones de banderías.»
Esto es la pura verdad — debo declarar « con la
modestia queme caracteriza» y empleando esta
frase que he aprendido en Sarmiento , aquel noble
y desinteresado egotista — y yo me tengo la cul-
pa, si es que la hay, por haberme metido en corral
ajeno. Y es que el ejercer la crítica á tanta distan-
cia tiene el mal de que quien la ejerce ignora la
actuación pública de los criticados, y ios prestigios
literarios suelen muchas veces no ser más que re-
flejos de prestigios de otro género.
Añade luego el Sr. Montenegro que hay quienes
me estiman crítico rabioso porque desconocen mis
obras. ¿Rabioso yo? Así Dios me perdone mis de-
más pecados, pero hombre más blando y más con-
descendiente dudo que lo haya.
«Para nosotros los que de veras le estimamos—
CONTRA ESTO Y AQUELLO
9
sigue diciendo el Sr. Montenegro — no puede ser
un mérito más su campaña devastadora, que tanto
parece complacer á los envidiosos y fracasados, y
á esa casta especial que , no pudiendo hacer nada
serio, vive para burlarse del trabajo ajeno.»
Tengo que dar las gracias al Sr. Montenegro por
esta noble declaración y declarar yo , por mi par-
te, que tampoco á mí me parece que me añade
mérito esa que llama mi campaña devastadora y
que lamento el que complazca envidias. No lo hice
para eso.
Es, sin duda, una de las amarguras que acibaran
el ánimo de cuantos combaten por la verdad y por
la justicia y por la cultura el encontrarse con que
se tergiversa el sentido de su labor. Las mezqui-
nas pasiones de los hombres lo convierten todo en
sustancia venenosa. Yo fui en cierta ocasión so-
lemne de mi vida ruidosamente aplaudido por
ciertas duras reconvenciones-que dirigí á quienes
más quiéro, y lo triste fué que el espíritu que mo-
vió las más de aquellas manos á aplaudirme fué
un espíritu contrario al que sacaba mis palabras
de mi corazón á mi boca. Y algo así puede haber-
me pasado en Chile.
«También este Chile — agrega el señor Monte-
negro — tan maltratado en su patrioterismo por el
fogoso libelista, le da un buen contingente de
adeptos. De los que comulgan en su ferviente
idealismo somos nosotros.» Lo creo, y creyéndolo
espero de ellos la justicia de que me crean que es
un interés real y vivo, que es una profunda simpa-
tía hacia ese Chile que tanto se parece en espíritu
10 MIGUEL DE UNAMUNO
á mi pueblo vasco, lo que me ha movido en más
de una ocasión á fustigar la irreflexiva patriotería
de alo-unos de sus hijos, como fustigo siempre que
se presenta coyuntura la patriotería ciega de mis
paisanos.
Los escritores chilenos, cuyas obras he tratado
de desmenuzar sin compasión alguna hacia el es-
critor — el hombre merece mis respetos — son de
esos escritores que ponen en ridículo á su propio
país. Y bueno es advertir que á los hijos de esas
jóvenes naciones que prosperan en riqueza y en
cultura y adoptan, desde luego, los mejores pro-
gresos de Europa, no les vendría mal en ciertas
ocasiones una más discreta moderación de juicio
al compararse con otros pueblos. La cultura es
algo muy íntimo que no puede apreciarse tan sólo
en un paseo por las calles de una ciudad y tal la
hay que teniéndolas mal encachadas, llenas de
baches y tal vez de fango, y careciendo de refina-
mientos, de comodidad y de policía, puede ence-
rrar tormas de espíritu de muy elevada y muy no
ble prosapia.
La patriotería — lo que los franceses llaman
«chauvinisme» — es una especie de enfermedad del
patriotismo, cuando no un remedio de éste, y en
Chile, donde el patriotismo sano, el normal ó si se
quiere llamarle, forzando la metáfora, fisiológico,
tiene tan hondas, fuertes y viejas raíces, es en
uno de los países en donde menos debían consen-
tir los patriotas que los patrioteros explayasen su
manía.
En la ocasión solemne de mi vida á que antes
CONTRA ESTO Y AQUELLO
11
me he referido, dije á mis paisanos que «gran po-
quedad de alma arguye tener que negar al próji-
mo para afirmarse», y esta mi sentencia de enton-
ces, con lamentablemente harta frecuencia suelo
tener ocasión de repetir. La repito siempre que
algún patriotero cree necesario para exaltar á su
patria, deprimir alguna ó algunas otras patrias; la
repito siempre que me encuentro con patrioterías
por exclusión, siendo así que el sano patriotismo
es inclusivo. Ejemplo de éste tenemos en aquel
soberano final del discurso de la bandera del gran
Sarmiento, cuando llamaba á los pueblos todos de
la tierra, empezando por los más afines, á consti-
tuir la futura República Argentina.
No; yo no he maltratado jamás á Chile en su
patriotismo— esto sería, además de una mezquin-
dad, una locura y una injusticia; — lo que sí he
hecho, ha sido arremeter, en la medida de mis
fuerzas, contra la patriotería de algún chileno,
sobre todo cuando ésta iba, de rechazo, en desdo-
ro y rebajamiento de otros pueblos.
«Estos artículos que han venido á revolver la
bilis de unos cuantos — sigue el señor Montene-
gro— más bien quisiéramos no conocerlos.» Y yo
más bien quisiera no haber tenido que escribirlos.
Haber tenido que escribirlos, digo, porque al leer
ciertas cosas no suelo poder resistir la tentación
de arremeter contra ellas. ¿De qué me serviría
predicar á los cuatro vientos el evangelio de Don
Quijote, si llegada la ocasión no me metiese en
quijoterías por los mismos pasos porque él se
metió? Encontrarse él con algo que le parecie-
12
MIGUEL DE UNAMUNO
se desmán ó entuerto y arremeter, era todo uno.
«El autor de la Vida de Don Quijote y S ancho ¡
el admirable revelador del símbolo caballeresco,
se basta para merecer toda nuestra admiración. Lo
demás de su obra que ha llegado hasta nosotros
lo es de pasiones momentáneas, y como . ellas,
pasa sin dejar rastro.» Yo siento mucho, claro
está, que fuera de mi Vida de Don Quijote no
haya llegado á manos del señor Montenegro, cu-
yos son también esos dos párrafos, otra cosa que
los frutos que en mí hayan podido dar pasiones
momentáneas; pero espero que tanto él como aque-
llos de sus paisanos que como él sientan á mi res-
pecto — honrándome con ello no poco, — habrán
de comprender que quien predica el quijotismo
quijotice.
¿Y por qué — me preguntarán acaso — has ve-
nido á dar precisamente contra dos escritores chi-
lenos? Aparte de que más de una vez he tratado
con igual dureza, si no en tan prolongado ataque, á
otros escritores no chilenos, la pregunta tiene una
fácil contestación. He ido á topar precisamente
contra escritores chilenos, por la razón misma que
suelo aquí combatir de preferencia los que creo
defectos de mis paisanos, por interés. De otros, ó
no me entero, ó si me entero me encojo de hombros.
Don Quijote salía por los caminos á busca de las
aventuras que la ventura del azar le deparase, y
jamás dejó una con el fin de reservarse para más
altas empresas. Lo importante era la que de mo-
mento se le presentase. Hacía como Cristo, que
yendo á levantar de su mortal desmayo á la hija
CONTRA ESTO Y AQUELLO
13
de Jairo, se detenía con la hemorroidesa. No se-
leccionó el caballero sus empresas. Y no gusto yo
de seleccionarlas.
Tal es la razón de que haya ido dejando el ofi-
cio de crítico, sin renunciar á la crítica por ello.
Imponerme la obligación de hacer critica de éstas
ó las otras obras con regularidad, á plazos fijos, por
vía de profesión, me parece algo así como si me
impusiera la obligación de escribir un soneto ó una
oda cada sábado. Eso me obliga á leer para criti-
car, y me gusta más bien criticar por haber leído,
atento á aquella sutil, á la vez que profunda dis-
tinción establecida por Schopenhauer entre los
que piensan para escribir y los que escriben por-
que han pensado.
Esta razón por una parte, y por otra la de que
una crítica suelta de una obra aislada, rara vez
tiene valor permanente, me han ido apartando del
oficio de crítico en que estuve á punto de caer, y
hoy me reservo el ir leyendo las obrar americanas
que caen en mis manos, para hacer más adelante
un trabajo de conjunto sobre la literatura contem-
poránea hispanoamericana, en que todas ellas sean
examinadas en relación y colectividad, prestándo-
se luz mutua y sirviendo cada una, según su res-
pectivo mérito, de ejemplo de una tendencia ó de
un valor generales.
Pero esto no empece el que si alguna vez un li-
bro americano me llama poderosamente la aten-
ción, ó siquiera me sugiere algunas consideracio-
nes, rompa mi propósito y le dedique algunas
cuartillas.
14
MIGUEL DE UNAMÜNO
En los dos ataques de crítica agresiva, según el
señor Montenegro la llama, que he dirigido á dos
libros chilenos, fué que en ambos me tocaron en
dos de mis puntos doloridos, en dos que estimo dos
fatales errores de no pocos hispanoamericanos, y
no sólo chilenos. Es el uno la fascinación que so-
bre ellos ejerce París, como si no hubiese otra
cosa en el mundo y fuera el foco, no digo ya más
esplendente, sino único, de civilización. Es manía
que he combatido muchas veces, encontrando para
ello fuerzas en la manía contraria de que acaso es-
toy aquejado. Pues no he de ocultar que padezco
de cierto misoparisienismo, que reconociendo lo
mucho que todos debemos en el orden de la cultu-
ra á Francia, estimo que lo parisiense ha sido, en
general, fatal para nosotros.
Y el otro error, y más que error injusticia, que
estallaba en el otro libro á que embestí sin compa-
sión, es el de creer que los pueblos llamados lati-
nos son inferiores á los germánicos y anglosajones
y están destinados á ser regidos por éstos. Es me-
nester que acabemos con esa monserga de inferio-
ridad y superioridad de razas, como si la hubiese
genérica y permanente, y no fuera más bien que
quien en un respecto supera á otro le cede en otro
respecto, y quien hoy está encima estuvo ayer de-
bajo y tal vez volverá á estarlo mañana para em-
cumbrarse de nuevo al otro día. Acaso lo que hace
á unos menos aptos para el tipo de civilización que
hoy priva en el mundo, sea eso mismo lo que les
haga más aptos para un tipo de civilización futura.
Cuando se nos moteja á los españoles de africanos,
CONTRA ESTO Y AQUELLO
15
suelo recordar que africanos fueron Tertuliano,
San Cipriano y San Agustín, almas ardientes y vi-
gorosas.
Los autores de esos libros á que tan sin compa-
sión traté, me son, como escritores, indiferentes y
sólo me sirvieron como casos de dos enfermeda-
des generales. Ellos me servían para ejemplificar
doctrina y á la vez como representantes de la pa-
triotería irreflexiva. Si mis ataques les han dolido
lo siento, porque no gozo en molestar á nadie; pero
es el caso que las censuras en abstracto, al modo
de los moralistas que tronaban contra los vicios,
tienen poca eficacia. La cosa es triste, bien lo veo;
pero una censura á un vicio apenas tiene valor
sino especificándola en un vicioso. Y lo mismo su-
cede con los vicios intelectuales. Don Quijote
pudo haber tronado en la plaza pública contra los
amos que tratan mal á sus criados, pero prefirió so-
correr al de Juan Haldudo el Rico, y en todo hizo
lo mismo. La campaña dreyfusista en Francia ha
sido mucho más eficaz que habrían sido predica-
ciones sin base de aplicación individual.
Lo malo es cuando se ataca á uno por pasiones
personales, por mala voluntad, por ganas de ha-
cer reir á su costa ó por mezquindad de espíritu ó
envidia, no tomándole como un mero caso de
ejemplificación. Y he aquí por qué en las líneas
que el señor Montenegro me dedica, tan benévo-
las, tan respetuosas y desde el punto de vista en
que se coloca tan justas, sólo hay una cosa que me
desplace y de la que he de protestar, y es lo de
llamar á esas mis duras críticas «panfletos á lo Val-
16 MIGUEL DE UNAMÜNO
buena>. No; no quiero parecerme á Valbuena, ni
quiero que mi crítica tenga nada de la suya. Yo
podré ser duro, pero hago esfuerzos por no sergro
sero y burdo, y sobre todo, nunca he buscado ha-
cer reir á los papanatas con chocarrerías sacrista-
nescas y á costa del prójimo. No; nunca me he ins-
pirado en el bachiller Sansón Carrasco, patriarca
de los Valbuenas, ni he hecho de mi incompren-
sión la medida de las cosas. Muchos serán mis de-
fectos, pero el caer en crítico á lo Valbuena con-
sideraría como una de las mayores desgracias que
pudieran afligirme.
En todo lo demás debo confesar que estoy mu-
cho más de acuerdo con el señor Montenegro de
lo que pudieran creer los que me tengan por un
crítico displicente y rabioso.
LEYENDO A FLAUBERT
Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes,
dijo el gran Perogrullo, que es uno de mis clásicos,
y á quien acaso — ó sin acaso, como él diría — se le
ha calumniado más de lo debido. Hace años ya,
cuando empezaba á escribir para el público, dije
que «repensar los lugares comunes es el mejor
modo de librarse de su maleficio», y un semanario
madrileño, el Gedeón^ que por entonces me dis-
tinguía con sus frecuentes cuchufletas, dijo que la
tal sentencia era una paradoja enrevesada que no
había modo de entender. Como el que se empeña-
ba en no entender eso y otras cosas tan claras como
ello se murió, yo no sé si sus compañeros que hoy
quedan lo entenderán ó no. A mí sigue parecién-
dome tan claro como cuando lo formulé, hace años.
Y ese viejo lugar común perogrullesco de que todo
tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pierde el
maleficio de todo lugar común, que es el de fo-
mentar nuestra pereza de pensamiento sustitu-
yendo una idea por una frase, si volvemos á pen-
sar en él.
El vivir, como yo vivo, en una antigua y retira-
2
18
MIGUEL DE UNAMUNO
da capital de provincia, apartado de las grandes
vías de comunicación y donde es relativamente
fácil aislarse metiéndose en casa, tiene sin duda
sus inconvenientes, pero creo que sus ventajas son
mayores aún.
Nunca le falta á uno la media docena de amigos
con quienes departir; en buenos días de vacacio-
nes están el campo, la sierra, el encinar, y hay
luego los chismes de ciudad y las cosas del ayun-
tamiento. Y francamente, vale más hablar de ellas
que no de los problemas nacionales é internacio-
nales, sobre todo cuando éstos apestan. Y queda
en todo caso, y más en estos días cortos, destem-
plados y lluviosos del otoño, el meterse en casa á
vivir con los propios hijos y con los muertos. Con
los grandes muertos; con los genios de la huma-
nidad.
Y así hago ahora. Leo á Tucídides, leo á Tácito,
para no enterarme de lo que está pasando en Eu-
ropa. Dejo el periódico que me habla de las nego-
ciaciones franco-alemanas, de la guerra turco-
italiana ó de la revolución en China, para enterar-
me de la expedición de los Atenienses á Sicilia ó
de la muerte de Germánico. Así he leído ú' tima-
mente la Historia de la República Argentina, de
Vicente F. López, á la que debo no pocas ense-
ñanzas, cuyo efecto alguna vez saldrá en estas
correspondencias.
El buen lector debe leer á la vez tres, cuatro ó
cinco libros, descansando de cada uno en la lectu-
ra de los otros, Así estos días, á la vez que leo á
Jenofonte, á Tácito, una historia de la religión
CONTRA ESTO Y AQUELLO
19
cristiana, alemana, un libro portugués, un libro de
historia del gran historiador norteamericano Park-
man, he leído y releído á Flaubert. Sobre todo, los
cinco volúmenes de su correspondencia.
Flaubert es una de mis viejas debilidades. Por-
que yo, que no pienso volver á leer ninguna no-
vela de Zola, he leído hasta tres veces alguna de
Balzac, repetiré acaso alguna de los Goncourt y
he repetido las de Flaubert. Y es que Zola, como
hace notar muy bien Flaubert, apenas se preocupó
nunca del arte, de la belleza. La pretensión de
hacer novela experimental y su cientificismo de
quinta clase le perdían. Tenía una fe verdadera-
mente pueril en la ciencia de su tiempo, sin acabar
de comprenderla. Pero este Flaubert, este enorme
Flaubert, este puro artista, está henchido de en-
tusiasmo por el arte y á la vez de escepticismo, de
íntima deseperación.
He releído L ] Education Sentimentale ,los Trois
Contes, me propongo releer Madame Bovary ,
ayer terminé Bouvard et Pecuchet. ¡Pero, sobre
todo, la Correspondance! Aquí está el hombre, ese
hombre que dicen — lo decía él mismo— que no
aparece en sus obras. Lo cual no es cierto, ni pue-
de serlo tratándose de un gran artista.
Sólo en obras de autores mediocres no se nota
la personalidad de ellos, pero es porque no la tie-
nen. El que la tiene la pone donde quiera que
ponga mano, y acaso más cuanto más quiera Ve-
larse. A Flaubert se le ve en sus obras, y no sólo
en el Federico Moreau de La Educación Senti-
mental, sino hasta en la misma Erna Bovary, y en
20
MIGUEL DE UNAMUNO
San Antonio y en Pecuchet mismo. Si, en Pe-
cuchet,
El, Flaubert mismo, decía que el autor debe es
tar en sus obras como Dios en el Universo, pre-
sente en todas partes, pero en ninguna de ellas
visible. Hay, sin embargo, quienes aseguran verá
Dios en sus obras. Y yo aseguro ver á Flaubert, al
Flaubert de la correspondencia íntima, en muchos
personajes de sus obras.
¡Cómo me atraía estos días seguir las vicisitu-
des sentimentales de este hombre de altos y bajos,
de entusiasmos y abatimientos, de eterna decep-
ción y desencanto! Hay una cosa sobre todo que
siempre me ha atraído hacia él, y es lo que sufría
de la tontería humana.
Sí, comprendo, más que comprendo, siento ese
sentimiento que en Bouvard y Pecuchet le hace
decir: «Entonces se les desarrolló una lamentable
facultad («une faculté pitoyable»), la de ver la es-
tupidez y no poder ya tolerarla». En francés tiene
más fuerza la palabra «bétise». Y en 1880 escribía
á su amiga Madama Roger des Genettes: «He pa-
sado dos meses y medio absolutamente solo, como
el oso de las cavernas, y, en suma, perfectamente
bien; verdad es que no viendo á nadie no oía de-
cir tonterías. La insoportabilidad de la tontería
humana ha llegado á ser en mí una «enfermedad»,
y aun me parece débil la palabra. Casi todos los
humanos tienen el don de «exasperarme» y no
respiro libremente más que en el desierto». Lo
comprendo y aun diré más, aunque se me tome á
petulancia: conozco esa enfermedad,
CONTRA ESTO Y AQUELLO
21
Ello es doloroso, muy doloroso, bien lo com-
prendo, y acaso no es bueno; tiene una raíz de
soberbia, de lo que se quiera, pero me ocurre lo
que al pobre Flaubert: no puedo resistir la tontería
humana, por muy envuelta en la bondad que apa-
rezca. Dios me perdone si ello es algo perverso,
pero prefiero el hombre inteligente y malo al tonto
y bueno. Si es que caben bondad, verdadera bon-
dad, y tontería, verdadera tontería, juntas, y no
es más bien que todo tonto es envidioso, necio y
mezquino. Su tontería le impide acaso al tonto
hacer mal, pero no desea bien.
Antes perdono una mal pasada que se me juegue
que una ramplonería ó una sonara vulgaridad que
se me diga como algo que vale la pena de ser oído.
La mediocridad y la rutina mentales me duelen
hasta físicamente. Hay amigos á quienes he deja-
do de frecuentar por no oírles los mismos eternos
y sobados lugares comunes, ya sean católicos ó
anarquistas, creyentes ó incrédulos, optimistas ó
pesimistas. Y la vulgaridad más moderna, la de
moda, me molesta más que la antigua, la tradicio-
nal. El lugar común de mañana me es más irritan-
te que el de ayer, porque se da aires de novedad
y de originalidad. Por eso la tontería anarquista
me es más molesta que la tontería católica.
Ese libro de las simplezas y las decepciones de
Bouvard y Pecuchet es un libro doloroso. Hasta
su manera de estar escrito, seca, cortada, á saltos,
con feroces sarcasmos de vez en cuando, es dolo-
rosa. Y hay en esos dos pobres mentecatos — no
tan mentecatos, sin embargo, como á primera vis-
22
MIGUEL DE UNAMUNO
ta parece — algo de Don Quijote, que era uno de
los héroes y de las admiraciones de Flaubert, algo
de Flaubert mismo. Y como Don Quijote y San-
cho, Bouvard y Pecuchet, — inspirados en parte,
no me cabe duda, por aquéllos — no son cómicos,
sino á primera vista y sobre todo á los ojos de los
tontos, cuyo número es según Salomón infinito,
siendo en el fondo trágicos, profundamente trá-
gicos.
El Quijote era. una de las grandes admiraciones
de Flaubert. En 1852, á sus treinta y un años, es-
cribía á Luisa Colet, la Musa: «Lo que hay de pro-
digioso en el Don Quijote, es la ausencia de arte
y la perpetua fusión de la ilusión y de la realidad,
que hace de él un libro tan cómico y tan poético.
¡Qué enanos todos los demás al lado de él! ¡Qué
pequeño se siente uno, Dios mío, qué pequeño!»
El Quijote dejó indeleble marca en el espíritu de
Flaubert; su producción literaria es profundamen-
te quijotesca. Cervantes era con Shakespeare y
Rabelais, con Goethe acaso, el genio que más ad-
miraba. Y íué acaso Cervantes quien lo llevó á
contraer aquella «enfermedad de España» de que
en una de sus cartas habla: «Je suis malade de la
maladie de l'Espagne». No acabó nunca, en cam-
bio, de sentir bien al Dante, á este formidable flo-
rentino , que es una de mis debilidades. Pero me
lo explico por lo mismo que sentía hacia Voltaire
una admiración de que no puedo participar, aun
reconociendo toda su grandeza. Es cuestión de
sentimiento, ó mejor dicho, de educación, y la de
Flaubert no fué muy católica.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
23
Pero sentía la fuerza del catolicismo. En 1858
escribía á la señorita Leroyer de Chantepie, una
mujer trabajada por inquietudes religiosas — «¡rara
avis!» — diciéndole: «De aquí á cien años Euro-
pa no contendrá más que dos pueblos: los católi-
cos de un lado y los filósofos del otro.»
Y él, el pobre Flaubert, no podía irse ni de un
lado ni del otro. Le faltaba la fe religiosa, pero
no era tampoco uno de esos espíritus simples que
pueden entusiasmarse con la filosofía, la ciencia,
el progreso ó la ingeniería. Comprendo su posi-
ción; ¡no la he de comprender! Mejor aún, la sien-
to; ¡no he de sentirla!
En 1864 escribía á la señora Roger des Genet-
tes: «La rebusca de la causa es antifilosófica, an-
ticientífica, y las religiones me desagradan aún
más que las filosofías, porque afirman conocerla.
¿Qué es una necesidad del corazón? ¡De acuerdo!
Esta necesidad es lo respetable, y no dogmas efí-
meros.» ¡Cuántas veces he dicho lo mismo!
Pero oid este otro párrafo de una carta de 1861
á la misma señora: «Tiene usted razón; hay que
hablar con respeto de Lucrecio; no le encuentro
comparable sino Byron, y Byron no tiene su gra-
vedad ni la sinceridad de su tristeza. La melanco-
lía antigua me parece más profunda que la de los
modernos, que dejan entender todos más ó me-
nos la inmortalidad más allá del «agujero negro».
Pero para los antiguos este agujero era el infinito
mismo; sus ensueños se destacan y pasan sobre un
fondo de ébano inmutable. Nada de gritos, nada
de convulsiones, nada más que la fijeza de un ros-
24
MIGUEL DE UNAMUNO
tro pensativo. Los dioses no existían ya y Cristo
no existía aún, y hubo desde Cicerón á Marco Au-
relio un momento único, en que el hombre se en-
contraba solo. En ninguna parte hallo esta gran-
deza, pero lo que hace á Lucrecio intolerable es
su física, que da como positiva. ¡Es débil porque
no lia dudado bastante; ha querido explicar, con-
cluir!» ¿Veis al hombre? Yo no sólo lo veo, lo
siento, lo siento dentro de mí.
Y este hombre, á quien se ha creído impasible y
hasta frío por aquella añagaza artística de la im-
personalidad, este hombre escribía en 1854, ¡á sus
treinta y tres! ála Colet: «¡Creo que envejecemos,
nos enranciamos, nos agriamos y confundimos mu-
tuamente nuestros vinagres! Yo, cuando me son-
do, he aquí lo que siento hacia tí: una gran atrae»
ción física, ante todo, después una adhesión de
espíritu, un afecto viril y asentado, una estimación
conmovida. Pongo al amor por encima de la vida
«posible» y no hablo nunca de él en uso propio.
Has abofeteado delante mío la última noche y
abofeteado como una burguesa mi pobre ensueño
de quince años, acusándole una vez más de «¡no
ser inteligente!» Estoy seguro, ¡vaya silo estoy!
¿es que no has comprendido nunca nada de lo que
escribo? ¿no has visto que toda la ironía con que
en mis obras me ensaño contra el sentimiento, no
era sino un grito de vencido, á menos que no sea
un canto de victoria?» Grito de vencido, sí, grito
de vencido, ¡y no canto de victoria! grito de ven-
cido, del que cinco años más tarde, en 1859, escri-
bía á Ernesto Feydeau, con ocasión de haber éste
CONTRA ESTO Y AQUELLO 25
enviudado: «No te revuelvas ante ia idea del ol-
vido. ¡Llámala más bien! Las gentes como nos-
otros deben tener la religión de la desesperación.
Hay que estar á la altura del destino, es decir,
impasible como él. A fuerza de decirse: «ello es,
ello es», y de contemplar el agujero negro, se cal-
ma uno». ;Se calma? ¿De veras, se calma? No, no se
calma. Lo que hay que hacer es sacar de la deses-
peración misma esperanza y mandar á paseo á to-
dos esos estúpidos cientificistas que se os vienen
con la cantilena de que nada se aniquila, sino que
todo se transforma, de que hay un progreso para
la especie y otras necedades por el estilo.
Leed la correspondencia de Flaubert y veréis al
hombre, al hombre cuya terrible ironía era un
grito de vencido, al hombre que sufrió con Mada-
me Bovary, con Federico Moreau, con Madame
Arnoux, con San Antonio, con Pecuchet... Veréis
al hombre, cuya religión era la de la desesperanza
y cuyo odio era el del burgués satisfecho de sí mis
mo, que cree conocer la verdad y gozar la vida, y
os suelta una necedad cualquiera, á nombre de la
fe ó á nombre de la razón, amparándose en la re-
ligión ó amparándose en la ciencia. Es extraño que
un hombre así, como el hombre Flaubert, el soli-
tario de Croisset, padeciese la dolencia de la inso-
portabilidad de la tontería, de la «bétise» huma-
na? Y para no tener que soportarla se enterraba
entre libros, á desahogar su dolencia en sus in-
mortales obras.
¡Y le dolían los males de su patria, vaya si le
dolían! No hay sino leer sus cartas de 1870, cuan
26
MIGUEL DE UNAMUNO
do la invasión prusiana y el sitio de París. Llegó á
decir que creía era el único francés á quien de
veras le dolía Francia. Y se encerraba en Croisset,
á cumplir el que estimaba su deber, á trabajar en
sus obras. Creyó hacer en «La Educación Senti-
mental» una obra altamente patriótica y la hizo.
Más, mucho más que tantos otros que peroraban
en el parlamento. Hizo una obra de profunda po-
lítica, él, que detestaba eso que comúnmente se
llama, por autonomasia, política. ¿Y cómo no va á
detestar la política el que sufre de insoportabili-
dad de la tontería humana?
¿Cómo voy á salir de casa estos días? ¿A qué?
¿A ponerme malo de oir la tontería monárquica ó
la tontería republicana, la conservadora ó la libe-
ral, la carlista ó la socialista? ¿Voy á salir á oir el
consuelo del tonto creyente que nunca ha dudado
ó el del no menos tonto libre pensador que tam-
poco duda? ¡No, no, no; mejor meterme en casa á
fortificarse contra el destino, leyendo á los gran-
des desengañados y á los grandes engañadores, á
los apóstoles de la desesperación y á los de la in-
mortal esperanza, á los que quieren dejar de ser y
á los que quieren ser siempre. Y que los «vivos»
entretanto se burlen de los locos; ¡que siga el
«macaneo» de los que se creen avisados!
¡ Oh , santa soledad !
LA GRECIA DE CARRILLO
Tengo aquí, á la mano, el libro Grecia, de Gó-
mez Carrillo, con el cual, á la vez que he dado una
vuelta por la Grecia de hoy, he refrescado mis es-
tudios clásicos. En una de sus páginas el autor me
pide perdón — no puedo dar lo que no tengo — por
si dice una herejía al traducir la prudencia griega
por don de mentir ó virtud de engañar. De hecho
los griegos se jactaban de engañar al enemigo; su
moral no era, ciertamente, la moral caballeresca.
Pero, ¿por qué Carrillo se dirige especial y se-
ñaladamente á mí? Sin duda por ser yo un cate-
drático de lengua y literatura griegas. Sí, lo soy,
como lo fué — y Carrillo lo recuerda — Nietzsche;
pero no soy un erudito helenista. Y aun hay más;
y es que por esa erudición siento una mezcla de
repugnancia y de miedo. Para un erudito que co-
nozca con alma, conozco veinte que no la tienen.
Si en la oficina en que se está comentando á Ho-
mero entrara de pronto Homero mismo redivivo,
cantando en lenga moderna, lo echarían de allí á
empellones por inoportuno.
No es esto, sin embargo, desdeñar la erudición,
2S
MIGUEL DE UNAMUNO
no. Carrillo dice una vez en su libro, hablando de
la geografía, que es una demoledora de leyendas
casi tan absurda como la filología. Pero es que la
filología ha creado tantas ó más leyendas que ha
tratado de destruir. Sucede como con todos los
problemas: de la solución de uno cualquiera de
ellos surgen nuevos. La filología nos ha dado una
nueva antigüedad helénica, pero no menos legen-
daria que la antigua. Y ¡qué suma de poesía no se
ha puesto muchas veces en doctos comentos filo
lógicos! Tanta cuanto ha podido poner, y no es
poca, Carrillo en sus notas de viaje.
Y él, el mismo Carrillo, ha ido provisto de sus
eruditos guías, de sabios comentaristas, ¿cómo no?
y á través de ellos ha visto Grecia. A través de
ellos y á través de su propio temperamento.
Esos comentaristas que, le han servido de guías
son, y es natural, franceses los más, y así resulta
que la Grecia de Carrillo está vista y sentida álas
veces muy á la francesa, pero no menos también
á la española otras veces, y muy á la española. Y
siempre muy á lo Cárrillo. Cada cual ve donde-
quiera que va aquello que más le preocupa, y pro-
pende á no fijarse en lo que no le interesa.
Dejo para más adelante el discernir la parte de
francesidad que haya en esta nueva obra de Ca-
rrillo, y voy á lo otro, á lo personal.
Carrillo es un curioso, curioso como un griego;
un hombre que recorre países y tierras á la busca
de nuevas sensaciones, de visiones nuevas, de no-
vedades, en fin. Y ésta fué siempre una pasión,
una verdadera pasión de los griegos: la pasión del
CONTRA ESTO Y ÁQUííLLO
29
conocimiento , el ansia de saber. La hermosa, la
hermosísima palabra «filosofía», amor del saber y
no estrictamente sabiduría, sólo en Grecia pudo
nacer. Leed los poemas homéricos, y allí veréis
con qué complacencia se detienen los héroes á
contar y oír contar historias. Recréanse con ello
como con la comida. Parece como que el fin de la
vida es para estos hombres hablar de ella y comen-
tarla.
En el discurso — los héroes homéricos hablan en
discurso todos — que Alcinoo, el rey de los feacios,
dirige á su corte, luego que Ulises se delata al oir
á Demódoco cantar las hazañas del caballo de
madera por aquél ideado, dice que los dioses tra-
man y cumplen la destrucción de los hombres para
que los venideros tengan argumento de canto. Las
calamidades, las guerras, las hazañas, todo ocurre
para que de ello se hable. El fin de la acción es su
conocimiento; pero su conocimiento poético. Pa-
san siglos, muchos siglos, y al contarnos el autor
del libro de los Hechos de los Apóstoles la visita
de San Pablo á Atenas, nos dice que los griegos
pasaban el tiempo en hablar de la última novedad.
¿Y no es ésta acaso la labor de Carrillo, el contar-
nos la última novedad, aunque esta novedad pa-
rezca antigua? ¿No es con vertirlo en novedad todo
y entretenernos de la vida y de la muerte, como se
entretenían aquellos héroes homéricos?
Y esto, que podrá parecer á algún espíritu vul-
gar y mentidamente serio algo fútil, algo superfi-
cial, es, sin embargo, una de las cosas más pro-
fundamente serias, porque puede ser una cosa
30
MIGUüL DE UNAMUNO
profundamente apasionada. La pasión por el cono-
cimiento era avasalladora entre los griegos.
Recordad la hermosa leyenda de las sirenas.
« Es la mala sirena que atrae á los náufragos de la
voluntad para envenenarlos con el perfume de su
seno; es la diabólica divinidad de la lujuria y del
engaño», dice el Remo de la Galaíea de Basilia-
dis, de que Carrillo nos habla. Y sin embargo, las
dos sirenas de la Odisea , las sirenas homéricas,
no envenenan con el perfemu de su seno, no es la
lujuria su aliciente. Las sirenas no le llaman á Uli-
ses ofreciéndole deleite carnal, sino que le dicen:
« Ven acá, famoso Ulises, gloria delosaqueos; de-
tén la nave para oir nuestro relato. Nunca pasó
nadie por aquí de largo en su negra nave sin ha-
ber antes oído el dulce canto de nuestras bocas,
recreándose con él y marchándose sabiendo más
que sabía. Sabemos cuanto sufrieron los argivos y
los troyanos en la ancha Troya por decreto de los
dioses ; sabemos cuanto ocurre en la fecunda tie-
rra. » Para un griego, para Ulises, la tentación era
terrible; ¿cómo pasar de largo sin detenerse á oir
cuanto ha sucedido en la tierra? Fué una de sus
mayores proezas ésta de vencer la tentación del
conocimiento, la curiosidad, la terrible curiosidad,
que es la principal fuente del pecado.
Por curiosidad cayó Eva, por curiosidad más
que por lascivia caen las más de sus hijas. La caí-
da de nuestros primeros padres en el paraíso de la
inocencia fué por probar el fruto del árbol de la
ciencia del bien y del mal. Seréis como dioses, sa-
bedores del bien y del mal — les dijo, tentándolos
CONTRA ESTO Y AQUüLLO
31
1 demonio.— Y por anhelo de saber, por ardien-
te curiosidad, pecaron, cayendo en la «feliz cul-
pa», según la llama la Iglesia misma en su liturgia.
Y esta ardiente curiosidad, este anhelo de ver,
de oir, de saber cosas nuevas, de atesorar cuentos
y leyendas, esto llevó á Carrillo á Grecia.
Y él, el cronista, el curioso, el amante de no-
vedades, fué á dar en ese pueblo eternamente cu-
rioso, perennemente joven, siempre charlatán.
«Ser orador, parecer orador — nos dice Carrillo — ,
es más honroso que ser hijo de un general ilustre
ó nieto de un héroe legendario». Toda la vida de
Atenas — nos cuenta Carrillo que le decía un grie-
go— está en el café, y toda nuestra energía mental
se disipa en diálogos de café... La palabra entre
nosotros es la más fuerte bebida, el opio más po-
deroso, la morfina más alucinante.» De aquí, de
este pueblo, salió el místico platonizante, que en
el proemio al cuarto Evangelio escribió aquello de
que en el principio era la palabra, el verbo, que
estaba junto á Dios, y la palabra era Dios y por
ella se hizo todo. ¡La palabra era Dios!
Los griegos son, según decía Stanley, retóricos
y filósofos, no lógicos y juristas como los romanos;
los griegos hicieron con retórica, con oratoria,
dialogando libremente, en dialéctica, la filosofía,
así como los romanos hicieron el derecho. Los
griegos fueron los verdaderos filósofos, los verda-
deros amantes del saber, amantes, mejor dicho,
de la caza del saber. En los inmortales diálo-
gos del divino Platón se siente el placer de perse-
guir la verdad, más aún que el de sorprenderla; la
32
MIGUEL DE UNAMUNO
inteligencia goza en la gimnasia de sus facultades.
«Porque de lo que se trata no es — como nos dice
Carrillo — de hallar la verdad, sino de correr tras
ella para no alcanzarla nunca.»
¿No recordáis aquellas tan mentadas palabras de
Lessing, el germano helenizante, uno de los tu-
descos más empapados en el alma helénica? Decía:
«Si Dios tuviera encerradas en su mano derecha
toda la verdad y en la izquierda no más que el
siempre vivo anhelo de la verdad, aunque con el
añadido de errar por siempre y me dijese: ¡escoje!,
caería yo humilde ante su izquierda, y le diría: ¡Pa-
dre, dame esto!, la pura verdad no es más que
para ti solo.» Era, sin duda, el temor de que la
pura verdad le matase. Quien á Dios ve, se mue-
re, dicen las Escrituras.
Esta pasión, esta desenfrenada pasión por la
caza de la verdad, más aún que por la verdad
misma; este loco amor de jugar la inteligencia,
consumía á Sócrates. Aquello de «viejo pedante
que todo lo razona y nada siente», que Carrillo
nos cita, es una calumnia de Filadelo, como lo de
«hombre-teoría» es otra calumnia de Nietzsche,
que era maestro en ellas, pues se pasó la vida ca-
lumniando. Calumnió á Sócrates, lo mismo que
calumnió á Cristo, él, que quiso ser un Sócrates y
un Cristo.
El griego fué siempre un curioso. Y tengo para
mí que si Elena siguió á París, provocando la gue-
rra de Troya, fué arrastrada, más que por Afrodi-
ta, la diosa del deleite, por la misma Atena, la
diosa del saber, de la curiosidad, así como de la
CONTRA ESTO Y AQUELLO
33
prudencia. Cuando Ulises entró á hurtadillas, dis-
frazado de mendigo, en Troya, á ejercer espionaje
y maquinando sus tretas, Elena fué la única que
le conoció. Revelóle el héroe sus propósitos bajo
juramento que ella prestó de no revelarlos, y cuan-
do metieron los aqueos el caballo de madera, ¿qué
hizo Elena? ¿Qué iba á hacer? Ir verlo, á dar
tres vueltas al derredor de él, llamando á los hé-
roes, á comprometer el éxito de la treta. Y no más
que por curiosidad.
¡Curiosidad, divina fuente del saber desintere-
sado!, ¡madre de la filosofía! También el estómago,
la necesidad de vivir, engendra ciencia; pero esta
ciencia que brota del estómago es abogacía, no
filosofía. La filosofía es saber por el saber mismo.
¿Y esto no satisface? No, no satisface.
Carrillo nos confiesa su desilusión ante la Aeró
polis de Atenas. Recordando la famosísima oración
ante la Acrópolis de aquel eterno curioso, que fué
Renán, de aquel goloso de saber, escribe Carrillo
un capítulo, el último de su obra, que se titula
así: «La oración en el Acrópolis». Y allí nos cuenta
su desilusión.
«Aun las almas románticas, en efecto — dice Ca-
rrillo— , sienten al encontrarse en presencia de la
diosa ateniense una infinita inquietud y un infinito
malestar. ¿Es esto?, parecen preguntar. ¿Es esto
nada más?» Y yo digo: las almas románticas, las
almas apasionadas, más aún que las otras. Y nos
cuenta Carrillo la frialdad de Chateaubriand, de
Lamartine, de Gautier ante la Acrópolis.
«Entre el Acrópolis y nosotros, en efecto — aña-
3
34
MIGUEL DE UNAMUNO
de Carrillo—, hay muchos siglos y muchas ideas.»
Lo que hay entre la Acrópolis y nosotros es el cris-
tianismo, la terrible verdad del cristianismo, la
desesperación resignada del cristianismo. Entre
nosotros y la Razón helénica está la Cruz, la subli-
me locura de la Cruz.
A esa Atena, á esa Razón, «nadie la ve de re-
pente— dice Carrillo, añadiendo: — . La cordura no
surge cual una aparición. Suavemente, paso ápaso,
sin prisas, sin sobresaltos, va acercándose. El hom-
bre la ve venir, y duda, y no la reconoce. ¿Una
divinidad esa dama altiva que no se esconde entre
velos y agita palmas enigmáticas? Más bien parece
una estatua anima-la. Pero poco á poco la estatua
se trueca en imagen. Y la imagen continúa su ca
mino tranquila hasta que, después de mucho tiem-
po, mucho tiempo, pone en nuestra frente su dedo
niveo, y nos sonríe, Entonces volvemos la vista
atrás. El Acrópolis aparece de nuevo ante nues-
tros ojos llenos de luz. Una magnífica apoteosis
alumbra el templo blanco. De nuestros labios, al
fin, brota la oración definitiva. »
¿Muy sereno, no es así? Muy gracioso. Y, sin
embargo, no ; esa oración no nos brota del corazón
mismo. La cordura surge cuando vamos á morir;
la cordura es la muerte. Nuestro Señor Don Qui-
jote se volvió cuerdo para morir. El. caballero de
la Fe, si hubiera llegado al Acrópolis, habría en-
trado lanza en ristre á desencantar á la pobre Ate-
na, allí presa del número, la proporción, el ritmo
y la medida.
¡Atena, Minerva, la de los ojos de lechuza! Pe-
CONTRX ESTO Y AQUELLO
35
netra, sí, con su mirada en lo oscuro; pero no
llega á las entrañas de las cosas, donde se asienta
el misterio. La razón no llega al misterio. La ra-
zón es inhumana.
Llevo veinticuatro años ya en trato con los anti-
guos genios de la Grecia, oyendo la voz de su sa-
biduría; llevo más de veinte explicándolos en la
cátedra. Me aquietan, me serenan, me apaciguan;
cada vez creo comprenderlos mejor, pero no me
satisfacen. Y lo que en ellos más me gusta es la
inquietud, la eterna inquietud que á cada paso no
pueden menos que dejar descubrir. Al fin eran
hombres. Y así que llegó el Cristo y se bautizaron,
brotó su más íntima naturaleza.
No es verdad que no tuvieran «vanos temores
(¿vanos? ¿por qué vanos?) de tenebroso más allá»;
no es verdad que aceptaran «la idea divina sin
vanas angustias».
«Entre todos los pueblos del mundo, este es el
menos místico » — escribe Carrillo. Y el misticismo
cristiano nació en Grecia, no en Palestina; el mis-
ticismo cristiano procede de Platón más que del
Evangelio. ¿Qué, no es místico el pueblo de Ploti-
no, de Porfirio, de Proclo, de Jámblico, de San
Clemente, de Orígenes, de tantos otros? Me dirán
que muchos de éstos no eran griegos aunque en
griego escribían. De esto habría mucho que hablar.
Hay algo en que me parece que Carrillo ha pe-
netrado menos que en lo demás, y es tal vez por
no interesarle gran cosa, y es en lo que á la reli-
giosidad helénica se refiere Y, sin embargo, la
teología católica es casi toda ella de origen grie-
36
MIGUEL DE UNAMUNO
go. Precisamente cuando me puse á leer la Grecia
de Carrillo acababa la lectura de las lecciones de
Penrhyri Stanley sobre la Iglesia ortodoxa. Si Ca-
rrillo se hubiese alguna vez interesado por proble-
mas teológicos, habría visto en Grecia, de seguro,
muchas cosas que no vió.
Hay en el libro que me sugiere estas líneas un
capítulo titulado « El alma pagana», que merece
especial comento. Es tanto lo que se habla de pa-
ganismo y de alma pagana, que conviene detener-
se un poco de cuando en cuando á esclarecerlo en
lo posible. Carrillo no cae en los errores y preci-
pitaciones de otros, no; y por eso, por ser lo suyo
más comedido, más razonable, más sereno que
cuanto de ordinario dicen los paganizantes, por
eso merece comentarlo.
Pero esto merece especial atención y más espe-
cial tratado. Bueno será, pues, dejarlo. Pero an-
tes de cerrar estas líneas, quiero decir que para
mí, un libro que me sugiere reflexiones, así sean
contrarias á las del autor de él, es un libro bueno,
y cuantas más reflexiones me sugiera es el libro
mejor. Y Carrillo con su Grecia me ha hecho via-
jar, no tan sólo por Grecia misma, lo que vale mu-
cho, sino por mis propios reinos interiores, lo que
vale mucho más.
JOSÉ ASUNCIÓN SILVA
Alguna otra vez he hecho notar desde estas
mismas columnas, el hecho de que mientras los
americanos todos se quejan, y con razón, de lo
poco y lo mal que se les conoce en Europa y de
las confusiones y prejuicios que respecto á ellos
por aquí reinan, se da el caso de que no se conoz-
can mucho mejor los unos á los otros y abriguen
entre sí no pocas confusiones y prejuicios.
Lo vasto de la América y la pobreza y dificul-
tad de sus medios de comunicación contribuye á
ello, ya que Méjico, v. gr., está más cerca de Es-
paña ó de Inglaterra ó Francia que de la Argen-
tina.
Me refería hace poco un escritor argentino, Ri-
cardo Rojas, que de los ejemplares que remitió de
una de sus obras desde Buenos Aires á lugares de
las «tierras calientes», apenas si llegó alguno á su
destino.
Por otra parte, el sentimiento colectivo de la
América como de una unidad de porvenir y frente
al V iejo Mundo europeo, no es aún más que un
sentimiento en cierta manera erudito y en vías de
38
MIGUEL DE UNAMUNO
costosa formación. Hubo, sí, un momento en la his-
toria en que toda la América española, por lo me-
nos toda Sur América, pareció conmoverse y vivir
en comunidad de visión y de sentido, y fué cuan-
do se dieron la mano Bolívar y San Martín en las
vísperas de Ayacucho; pero pasado aquel momen-
to épico, y una vez que cada nación suramericana
queda á merced de los caudillos, volvieron á un
mutuo aislamiento, tal vez no menor que el de los
tiempos de la colonia.
En ciertos respectos sigue todavía siendo Euro-
pa el lazo de unión entre los pueblos americanos,
y el panamericanismo, si es que en realidad exis-
te, es un ideal concebido á la europea, como otros
tantos ideales que pasan por americanos.
Todo esto se me ocurre á propósito de la recien-
te publicación en un volumen de las Poesías del
bogotano José Asunción Silva, que acaba de edi-
tarse en Barcelona.
Apenas habrá lector de estas líneas, con tal de
ser algo versado en literatura americana contem-
poránea, que no haya leído alguna vez alguna de
las poesías de Silva que andaban desparramadas y
perdidas por antologías y revistas. Hasta hay al-
guna, como el Nocturno, que ha llegado á hacer-
se femosa en ciertos círculos.
Si hablamos de eso que se ha llamado modernis-
mo en literatura, y respecto á lo cual declaro que
cada vez estoy más á oscuras acerca de lo que
sea, preciso es confesar que de Silva, más que de
ningún otro poeta, cabe aquí decir aquello de que
fué quien nos trajo las gallinas. Se ha tomado de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
39
él, más acaso que de otro alguno, no tan sólo to-
nalidades, sino artificios, no siempre imitables.
Silva se suicidó en su ciudad natal, Bogotá, el
24 de Mayo de 1896, á los treinta y cinco años y
medio, sin que hayamos podido averiguar los mó-
viles de tan funesta resolución. Aunque leyendo
sus poesías se adivina la causa íntima, no ya los
motivos del suicidio. Pues sabido es con cuanta
frecuencia los motivos aparentes á que se cree
obedece una determinación grave, y á los que la
atribuyen los mismos que la toman, no son sino
los pretextos de que se vale la voluntad para reali-
zar su propósito. La voluntad, en efecto, busca
motivos. Y hay voluntad suicida, voluntad reñida
con la vida. O que tal vez huye de esta vida por
amor á una vida más intensa.
Leyendo las obras de los escritores suicidas se
descubre casi siempre en ellas la íntima razón del
suicidio. Tal sucede entre nosotros con Larra, en
Francia con Nerval y en Portugal con Antero. Y
tal sucede con Silva.
A Silva, de quien no cabe decir que fuese un
poeta metafísico, ni mucho menos, le acongojó el
tormento de la que se ha llamado la congoja me-
tafísica, y le atormentó, como ha atormentado á
todos los más grandes poetas, cuyas dos fuentes
caudales de inspiración, han sido el amor y la
muerte, de los que Leopardi dijo que
Fratelli a un tempo stesso amore e morte
ingenero la sorte.
La obsesión del más allá de la tumba; el miste-
40
MIGUEL DE UNAMUNO
I
rio detrás de la muerte, pesó sobre el alma de Sil-
va, y pesó sobre ella con un cierto carácter infan-
til y primitivo. No fué, creo, ese peso resultado de
una larga y paciente investigación; no fué conse-
cuencia del desaliento filosófico, sino que fué algo
primitivo y genial. La actitud de Silva me parece
la de un niño cuando por fin descubre que nace-
mos para morir.
«Al dejar la prisión que las encierra
¿qué encontrarán las almas?»
se preguntó el poeta, pero se lo preguntó como un
niño.
Un ambiente de niñez, en efecto, se respira en
las poesías de Silva, y las más inspiradas de ellas
son á recuerdos de la infancia, ó mejor dicho, es á
la presencia de la infancia, á lo que su inspiración
deben. Basta leer las cuatro composiciones que en
ésta, la primera edición de sus Poesías completas,
figuran bajo el título común de «Infancia».
Tal vez se cortó Silva por propia mano el hilo
de la vida por no poder seguir siendo niño en ella,
porque el mundo le rompía con brutalidades el
sueño poético de la infancia. Y aquí cabe recordar
aquellas palabras de Leopardi en uno de sus can-
tos: ¿Qué vamos á hacer ahora en que se ha despo
jado á toda cosa de su verdura?
Cuando Silva, saliendo de la niñez fisiológica,
pero siempre niño de alma, como lo es todo poeta
verdadero se encontró en el duro ámbito de un
mundo de combate, y presa debió de sentirse su
alma delicadísima, como se encontraría un Adán
CONTRA ESTO Y AQULLEO
41
al verse arrojado del Paraíso. Fuera del Paraíso y
á la vez con la inocencia perdida,
Y esa angustia metafísica se expresa en los ver-
sos de Silva del modo más ingenuo, más sencillo,
más infantil y hasta balbuciente, no con las frases
aceradas con que se manifiesta en los esquinosos
sonetos de Antero de Quental, llenos de fórmulas
que acusan la lectura de obras filosóficas.
No digo que Silva careciera de cultura, antes
más bien se ve claro en sus poesías que era un es-
píritu cultísimo; pero dudo mucho de que su inte-
ligencia se hubiese amaestrado en una rígida disci-
plina mental. Sus estudios universitarios, nos dice
Gómez Jaime que fueron breves y luego parece se
dió á leer por su cuenta, y sospecho que más que
otra cosa, literatura, y literatura francesa. No pa-
rece, sin embargo, que careciese de un cierto bar-
niz de cultura filosófica, y tengo motivos para su-
poner que había leído á Taine, por lo menos, y
algo de Schopenhauer, á quien cita en una de sus
composiciones llamándole su maestro.
Y no digo que Schopenhauer le suicidase ó con-
tribuyera á hacerlo, porque estoy convencido de
que no son los escritores pesimistas y desesperan-
zados los que entristecen y amargan á almas como
la de Silva, sino que más bien son las almas des-
esperanzadas y tristes las que buscan alimento en
tales escritores.
En la poesía titulada «El mal del siglo», es Silva
mismo quien nos habla del desaliento de la vida
que nacía y se arraigaba en lo íntimo de él, del mal
del siglo; el mismo mal de Werther, de Rolla, de
12
MIGUEL DE UNAMUNO
Manfredo, de Leopardi, «un cansancio de todo, un
absoluto desprecio por lo humano, un incesante
renegar de lo vil de la existencia.,, un malestar
profundo que se aumenta con todas las torturas
del análisis. Y á esto le responde el médico:
«Eso es cuestión de régimen; camine de maña-
nita; duerma largo; báñese; beba bien; coma bien;
cuídese mucho; ;lo que usted tiene es hambre!»
Y hambre era, en efecto; hambre de eternidad.
Hambre de eternidad, de vida inacabable, de más
vida, que es lo que á tantos los ha llevado á la des-
esperación y hasta al suicidio.
Porque es cosa curiosa el observar que es á los
más enamorados de la vida, á los que la quieren
inacabable, á los que se acusa de odiadores de la
vida. Por amor á la vida, por desenfrenado amor
á ella, puede un hombre retirarse al desierto á vi
vir vida pasajera de penitencia en vista de la con-
secución de la gloria eterna, de la verdadera vida
perdurable, y por hastío de la vida, por odio á ella,
se lanza más de uno á una existencia de placeres.
Podrá estar equivocado el anacoreta, y ó no existir
para nosotros vida alguna después de la muerte
corporal, ó aun en caso de que exista, no ser el
camino que él toma el mejor para conseguirla fe-
liz, pero acusarle de odiador de la vida, no es más
que una simpleza.
El paganismo, el hoy tan decantado paganismo
por los que hacen profesión de anticristianos, vino
en sus postrimerías á dar en un hastío y desencan-
to de la vida, en un tétrico pesimismo. Pocas co-
sas hay más sombrías que el crepúsculo del paga-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
43
nismo. Y si la religión de Cristo prendió, arraigó
y se extendió tan pronto, fué porque predicaba el
amor á la vida, el verdadero amor á la verdadera
vida y la esperanza de la resurrección final. Más
agudo y perspicaz era Schopenhauer al combatir el
cristianismo por optimista, que aquellos espíritus
ligeros que le acusan de haber entenebrecido la
vida. La esperanza de resurrección final fué el
más poderoso resorte de acción humana, y Cristo
el más grande creador de energías.
Ese amor á la vida, mamado por Silva en el apa-
cible remanso de Bogotá, en aquella encantada
Colombia, la de los días iguales y la perenne pri-
mavera, la de las costumbres arraigadas; ese amor
debió de padecer sobresaltos, merced al sosiego
mismo y á las brisas heladas que desde Europa le
llegaban.
Hay una circunstancia además que nos explica
el que se exacerbara su tristeza ingénita, y es que
un año antes de haberse despojado voluntariamen-
te de la vida, en el naufragio de UAmerique, ocu-
rrido en las costas de Colombia en 1895, se perdie-
ron los más de los escritos de Silva, tanto en verso
como en prosa. Se puede, pues, decir que el libro
ahora editado es el resto de un naufragio. Y es
menester haber pasado años vertiendo al papel lo
mejor de la propia alma para comprender lo que
haya de afectarle á uno al verse de pronto sin ello.
Hay un fragmento en prosa de Silva, el titulado
«De sobremesa», que nos hace sospechar si acaso
no presintió á la locura y para huir de ella se quitó
la vida. Concluye así:
44
MIGUEL DE UNAMUNO
«¿Loco?... ¿y por qué no? Así murió Baudelaire,
el más grande para los verdaderos letrados de los
poetas de los últimos cincuenta años; así murió
Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espí-
ritu la noche y reclamando sus ideas... ¿Por qué no
has de ~ orir así, pobre degenerado, que abusaste
de todo, que soñaste con dominar el arte, con po-
seer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas
las copas en que brinda la vida las embriagueces
supremas?»
En este párrafo hay, entre otras cosas significa-
tivas, una que lo es mucho, cual es la de llamar á
Baudelaire el más grande, «para los verdaderos
letrados», de los poetas de los últimos cincuenta
años, cuando en esos años hubo en Francia otros
poetas á quienes suele ponerse por encima de
Baudelaire. Y digo en Francia, porque de los poe-
tas de otros países, ingleses, italianos, alemanes,
escandinavos, rusos, etc., no era cosa de pedir á
Silva, dado el ambiente americano de su tiempo,
un regular conocimiento. Es muy fácil que de
Browning ó de Walt Whitman, pongo por caso, no
conociera ni el nombre —no andaban, ni anda aún
más que en parte uno de ellos, traducido al fran-
cés— y de Carducci acaso poco más que el nombre.
Y fué lástima. Porque es seguro que de haber-
los conocido, de haberse familiarizado algo con la
maravillosa poesía lírica inglesa del pasado siglo
— tan superior en conjunto á la lírica francesa, en
el fondo lógica, sensual y fría — habría encontrado
otros tonos. ¿Qué no le hubieran dicho á Silva
Cowper, Burns, Wordsworth, Shelley, lord By-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
45
ren — á éste lo conocería — Tennyson, Swinburne,
Longfellow, Browning, Isabel Barret Browning,
Cristina Rossetti, Thomson (el del pasado siglo, no
el otro), Keats, y en general, todo el espléndido
coro lírico de la poesía inglesa del siglo xix? Es
muy fácil que le hubieran levantado el ánimo tan
to como Baudelaire se lo deprimió y abatió .
¡Pobre Silva!
LA IMAGINACIÓN EN COCHABAMBA
Hoy vuelvo al precioso libro Pueblo enfermo ,
del boliviano Alcides Arguedas. Ya os dije que
e>te libro, rico en instrucciones y en sugestiones,
había de darme pie para más de una de estas con-
versaciones, que no otra cosa son estas mis co-
rrespondencias.
En el capítulo III de su obra, capítulo que se ti-
tula Psicología regional, nos dice el señor Argue-
das, hablando del pueblo cochabambino, que lo que
se observa en él, «desde el primer momento en que
se le estudia, es un desborde imaginativo amplio,
fecundo en ilusiones, ó mejor, en visiones de ca-
rácter sentimental». Es esta afirmación de ser los
cochabambinos imaginativos, la que voy á estu-
diar y á rectificar con datos que el mismo señor
Arguedas ha de proporcionarnos.
Necesito, ante todo, establecer un principio, y es
el de que, generalmente, se confunde la imagina-
ción con la facundia, con la memoria, ó con la
vivacidad de expresión. Imaginación es la facul-
tad de crear imágenes, de crearlas, no de imitar-
las ó repetirlas, é imaginación es, en general, la
48
MIGUEL DE UNAMUNO
facultad de representarse vivamente, y como si
fuese real, lo que no lo es, y de ponerse en el caso
de otro y ver las cosas como él las vería. Y así re-
sulta que llaman imaginativos á los individuos y á
los pueblos que menos lo son.
Aquí, en España, pongo por caso, es corriente
oir decir que los andaluces tienen mucha imagina-
ción, y, sin embargo, todos os cuentan los mismos
cuentos y chascarrillos, y de la misma manera, y
?Á les quitáis el gesto, la mímica, el acento, apenas
os queda cosa de sustancia imaginativa. Sus poe-
tas, pareciéndose en esto á los arábigos, están
dándoles vueltas siempre á las mismas metáforas,
las del acervo común.
Hay quien dice que Zorrilla era un poeta de po
derosa imaginación, y yo os invito á que lo leáis
todo entero, si es que tenéis paciencia para tanto,
y veáis cuántas imágenes creó aquel hombre en
tantas estrofas, y tan hojarascosas y palabreras,
como compuso en su vida. Sus metáforas son, por
lo común, las del común acervo.
Es más aún, y es que en este pueblo que se ciee
imaginativo, porque es redundante y palabrero,
la imaginación cansa y molesta. Difícilmente se
resiste el más genuino producto de la imaginación;
la paradoja. La monotonía y la ramplonería en el
pensar son aplastantes.
Y ahora volvamos á Cochabamba, ya que esta
remota ciudad boliviana me parece para el caso
una ejemplificación de la América española.
Porque también los hispano-americanos presu-
men de imaginativos, á mi parecer, sin gran fun-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
49
damento. Son, en general, como nosotros los es-
pañoles, más palabreros que imaginativos.
Dice Arguedas que los cochabambinos aman la
música de fácil comprensión, «de giros suaves, la
crimosos», es decir, añado yo, la que exige menor
esfuerzo imaginativo, menos colaboración activa
del que oye. Luego habla de pueblos de «imagina
ción seca, meditativos y observadores». ¡Aquí está
el punto! ¡Imaginación seca! ¡Seca! Siendo seca,
muy seca, puede ser mucho más imaginación que
la mojada, que la hojarascosa. Lo seco no se opone
á lo imaginativo. Seca y ardiente es la imagina- ,
ción robusta y no húmeda y fría. La poesía seca,
escueta, sobria, concentrada, exige mayor esfuer-
zo de imaginación que no la húmeda, ampulosa y
exuberante. ¡Pueblos meditativos y observado
res!... Meditar es cosa de imaginación y observar
también. Los pueblos que no saben recogerse á
meditar y expansionarse á observar, es por falta
de imaginación, no por sobra de ella.
En Cachabamba más que en ningún otro pueblo
se observa la intemperancia religiosa , nos dice el
señor Arguedas, añadiendo: «Las masas, entera-
mente devotas, no consienten ni aceptan ninguna
creencia fuera de la suya; adoran sus dogmas con
enérgico apasionamiento y les parece que consin-
tiendo la exterionzación de otros ofenderían gra-
vemente su divinidad. Son fáciles á exaltarse en-
frente de los disidentes y los indiferentes. Aun las
elevadas clases sociales son intolerantes.» ¿Y esto
que es sino pobreza imaginativa? ¿De dónde si no
de falta de imaginación proviene la intolerancia?
4
50
MIGUEL DE UNA MU NO
El intolerante lo es no porque se imagine con gran
vigor sus propias creencias, no porque se las ima-
gine con tanto relieve que excluyanlas demás, sino
por ser incapaz de ponerse en la situación de los
otros y ver las cosas como ellos las verían. El po-
deroso dramaturgo siente con igual fuerza las si-
tuaciones más opuestas; el autor de un diálogo
polémico ahora opina esto y luego lo contrario.
Los más grandes imaginativos son los que han sa-
bido ver el fondo de verdad que hay en las más
opuestas ideas. Los dogmáticos lo son por pobreza
imaginativa. La riqueza imaginativa le lleva al
hombre á contradecirse á los ojos de los' pobres en
imaginación.
Luego el autor nos habla de los jóvenes cocha-
bambinos «cuya especialidad consiste en el apren-
dizaje casi memorial de las disposiciones de los
códigos» jóvenes que «hablan siempre con absolu-
ta segundad de lo que dicen », jóvenes «aficiona-
dos á evocar épocas remotas, citar nombres de
héroes griegos ó romanos y narrar con sus detalles
los culminantes episodios de la revolución fran-
cesa». Y todo esto ¿qué es sino pobreza imagina-
tiva? Pobreza imaginativa es aprenderse códigos
de memoria, y obra también de memoria, y no
de imaginación, es evocar nombres y fechas glo-
riosas.
«Además, en Cochabamba — sigue diciéndonos
Arguedas — por su situación aislada, poco cambian
las costumbres, y no se renuevan casi nunca.»
¿Para qué les sirve entonces la imaginación? «Los
hombres crecen y se desarrollan bajo una modali-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
51
dad uniforme, y para ellos es casi un crimen rom-
per, de hecho, con lo tradicional...» Es decir, falta
de imaginación. Y á falta de imaginación, y no á
otra cosa que á falta ó pobreza de ella hay que
atribuir el que el cochabambino « no conciba otro
cielo mejor, otro clima más bondadoso, otros aires
más puros, que el cielo, el clima y los aires de
Cochabamba». No es en rigor que no lo conciba;
es que no se lo imagina. Y no se lo imagina por
falta de imaginación, que no por sobra de ella. Los
pueblos que se creen los mejores suelen serpueblos
inimaginativos.
«Cochabamba es pueblo esencialmente medi-
terráneo: procede de la raza quechua, raza soñado-
ra, tímida, profundamente moral, poco ó nada em-
prendedora...» ¿Soñadora? ¿Qué quiere decir eso de
soñadora? ¿La raza quechua es que soñaba ó que
dormía? Y además, hay muchas maneras de soñar
y hay pueblos, pueblos imaginativos que se pasan
la vida soñando, pero siempre el mismo sueño y de
la misma manera. Para el imaginativo la vida es
sueño y es para él la vida sueño porque el sueño
es vida, porque sus sueños tienen realidad de cosas
vivientes. El imaginativo sueña, reproduce, re-
construye, hace propio lo mismo que ve y es em-
prendedor. Un hombre de negocios emprendedor
sueña los negocios, y en cambio no puede decirse
que sueña el que se tiende sobre la hamaca á fu-
mar pensando en los ojos de su novia. No hay nada
más pobre, desde el punto de vista de la imagina
ción, que la poesía erótica.
Nos dice luego el autor hablándonos no ya de
52
MIGUEL DE ÚNAMUNO
Cochachamba, sino de Chuquisaca que «un joven
chuquisaqueño sabe cuando está bien hecha la
raya de su pantalón, y para él es cosa grave y
transcendental el saber partir en dos, matemáti-
camente, su cabellera». Y esto no es tampoco más
que falta de imaginación.
Al final del capítulo dice el autor: « Todo lo de
aspecto pomposo, sinuoso, festoneado, enguirnal-
dado, bonito, fácil de comprender, nos seduce y
entusiasma. En arquitectura, lo rococó; en músi-
ca, la melodía sentimental; en pintura, los paisa-
jes ó escenas de caza ó guerra, si no el desnudo;
en escultura, de igual modo, el desnudo, pero no
el clásico, sereno y púdico. La simplicidad de
rasgos ó de líneas, jamás nos dice nada. En medio
de esta civilización europea, permanecemos impa-
sibles por falta de comprensión, y sólo sentimos
entusiasmo por esas brillantes exterioridades que
se ofrecen á la sensualidad y son comprensibles
sólo en su grosera apariencia, y aun esto por poco
tiempo, pues despierta en nosotros el espíritu tar
tarinesco, y... ¡adiós entusiasmo! ¡adiós admira-
ción! permanecemos irreductibles firmemente con-
vencidos de que por acá podrá haber todo menos
un «cielo» como aquél, un «aire» tan puro, ni
«bosques» tan frondosos, ni «aves» tan pintadas,
ni «ríos» tan caudalosos, ni «montañas» tan ele-
vadas.»
Acabé de leer esto, y me dije: ¿Pero es que esto
se escribe sólo en Bolivia? Y luego me fijé en
aquello de que buscan lo «fácil de comprender» y
más adelante. en lo de permanecer impasibles por
CONTRA ESTO Y AQUELLO
53
«falta de comprensión». Yo pondría lo «fácil de
imaginar» y «falta de imaginación». Es falta de
imaginación, en efecto, lo que hace que uno per-
manezca impasible ante los exquisitos tesoros ar-
tísticos en que ha cuajado la historia y delante de
un templo románico no piense sino en la incomodi-
dad del empedrado.
En el capítulo V y bajo el título de «Una de las
enfermedades nacionales» — ¿de Bolivia sólo? —
trata el autor de la megalomanía, é inserta frag-
mentos de un folleto titulado La Palabra, que en
1906 publicó un candidato á diputado por la ciudad
de la Paz. «Hombre torrente» le llama el autor, y
este hombre torrente, palabrero y altisonante, re-
vela la mayor pobreza imaginativa. Todo eso de
que la voz del pueblo es como el rugido de los
leones en el desierto, y que si se encoleriza brama
en grandes oleajes que se levantan rugiendo espi-
rales tremendas y caen mugiendo en las rocas de
los mares, todo lo de la caverna de Eolo, donde se
oye el rugir vertiginoso de los grandes huraca-
nes», todo eso [se ha dicho miles de veces, todo
eso es una mera repetición de los decrépitos luga-
res comunes que vienen hace siglos rodando de
pluma en pluma y de boca en boca, todo eso ar-
guye pobreza imaginativa. La poderosa imagina-
ción es sobria, ceñida, precisa.
«La oratoria es preocupación general — añade
Arguedas, — se ha visto que la palabra eleva y da
prestigio; hoy son oradores todos. Faltan ideas,
pero desborda el verbo.» Y si faltan ideas y des-
borda el verbo, es porque falta imaginación, de
54
MIGUEL DE UNAMUNO
de donde las ideas brotan3 y sobra memoria, don-
de las palabras se almacenan.
En otro pasaje dice el Sr. Arguedas de sus pai-
sanos, que son ágiles de cerebro. Y yo pregunto:
¿Agiles de cerebro ó ágiles de lengua? Porque la
agilidad de cerebro no se compadece con el apego
á la rutina que, según el mismo autor, les carac-
teriza.
No; en esto de la imaginación reinan grandes
confusiones. Se toma por imaginación lo que no
es sino facundia y una perniciosa facilidad de ha-
blar ó de escribir. La afluencia de palabra no su-
pone imaginación. Ahí, en esa América española,
como aquí, en muchas regiones de esta nuestra
España, apenas hay á cierta edad joven que no
haya perpetrado algunas rimas á su novia, á su
madre ó á unos supuestos primeros desengaños;
pero eso no arguye imaginación , eso no arguye
más que una funestísima facilidad para rimar pa-
labras con todos los lugares comunes de la entre
nosotros llamada poesía. No creo que haya una
tal facilidad entre los jóvenes ingleses, y sin em
bargo, es dudoso que haya una poesía lírica más
verdaderamente poética, más exquisita, más ima-
ginativa, más verdaderamente imaginativa que la
poesía lírica inglesa, que la poesía lírica de ese
pueblo al que muchos de nuestros papanatas tie-
nen por poco imaginativo. Para descubrir las leyes
de Newton, para inventar la máquina de vapor ó
el telar mecánico hace falta enormemente más
imaginación — imaginación, así como suena, imagi-
nación y no sólo ciencia ni paciencia — que para
CONTRA ESTO Y AQUELLO
55
escribir las oquedades fonográficas del folleto La
Palabra. Si no tenemos ni filosofía ni ciencia pro-
pias, es por no tener imaginación suficiente para
hacerlas, y por esta insuficiencia imaginativa es
tan hueca, tan vacíamente sonora, tan vulgar, tan
monótona, nuestra literatura de lugares comunes.
No es sólo en Cochabamba, en casi toda la Amé
rica española, en casi toda España se dice que tie-
ne mucha imaginación un caballero que se sabe
todos los más retumbantes y los más floridos — con
flor de trapo — lugares comunes retóricos y los
zurce con gran facilidad en un momento dado.
Pero cuando surge algo verdadera y hondamente
imaginativo, algo que nos obliga á detenernos
para imaginarlo, casi todos estamos pronto á deni-
grarlo como extravagancia ó paradoja.
No, ni el verboso y rimbombante es imaginati-
vo, ni el vivo, el listo, es inteligente. Hay que
temer á los hombres de comprensión rápida; los
que parecen comprender algo pronto, lo compren
den casi siempre mal. Entre nosotros, y creo que
ahí más aún, sustituye á la sana comprensión, á
la que se funda en simpatía humana, una cierta
malicia. Somos pueblos maliciosos, recelosos, pro
pensos á la burla, siempre con miedo de que se
nos tome de primos, siempre temiendo una embos-
cada ó un engaño. Nuestra preocupación ante un
desconocido es buscarle el flaco. Y luego el em-
peño de no admirarnos. El admirarse es cosa de
patanes.
¿Que viene acá X., una celebridad allá en su
tierra? Vamos á oirle, es decir, vamos á verle. Lo
MIGUEL DE UNAMUNO
mismo da que sea un gran químico que un gran
ñlósoío, que un literato, que un tenor, que una
bailarina, que un trapecista; lo que importa es po-
der decir que se ha visto al oso blanco. Y ver si
es rubio ó moreno y si viste mejor ó peor, y cómo
lleva la corbata, y qué tal acciona, y qué tal voz
tiene. ¿Lo que dice?, y eso, ¿á quién le importa? A
lo sumo como lo diga. Pero sobre todo y ante todo
poder decir que le hemos tenido aquí, contratado,
al famoso «divo», sea de la ciencia, sea del arte,
sea de la religión. Y luego, en el fondo, no hay
que admirarse. Eso de admirarse es cosa de pobres
provincianos. El que tiene que admirarse es él,
el «divo», de que le hayamos traído y le hayamos
escuchado y le hayamos aplaudido. Y que no se
crea que nos sorprende. No, no hay que dejarse
sorprender; el dejarse sorprender es cosa de inge-
nuos, y la ingenuidad...
A nada hay más miedo entre nosotros; á nada
hay más miedo entre vosotros que á pecar de in-
genuo. Desde niños nos educan á ser maliciosos, á
ser suspicaces. Y pasa por más vivo, por más listo,
el más suspicaz y más malicioso. Se admira un ar-
tículo felino, reticente, en que el autor procuró
reventar á alguien con las más corteses formas.
Esa indecente y repugnante costumbre de lo que
aquí llamamos tomar el pelo, del choteo, del maca-
neo ó como queráis llamarlo — todo lo indecoroso
tiene muchos nombres — esa costumbre es un es-
tigma.
Un muchacho que había pasado tres años en un
colegio inglés venía maravillado de la ingenuidad,
CONTRA ESTO Y AQUELLO
57
de la simplicidad de los muchachos ingleses. Son
de lo más infantiles — me decía; — cada uno de
nosotros á los doce años les damos cien vueltas: no
sospechan que se les esté tomando el pelo; lo creen
todo; les falta malicia. Y al oir á este joven espa-
ñol estas cosas, pensé en esa poderosa é íntima
lírica inglesa, tal vez el más rico tesoro de imagi-
nación de los tiempos modernos.
Hay que desacreditar esa imaginación que se-
gún el señor Arguedas distingue á los cochamba-
binos y hay que repetir una y mil veces que eso no
es imaginación; hay que desacreditar esa viveza de
nuestros vivos y de vuestros vivos, esa viveza hija
de malicia y que florece en burlas y en tomaduras
de pelo. La verdadera imaginación es seria y gra-
ve; la más honda inteligencia desconoce las burlas
hábiles y las habilidades felinas. Esa torpe viveza,
hija del recelo y de la invidia, es productora de
mala fe, de donde fluyen las perfidias. Y no quie-
ro aquí recordar las terribles palabras de Bolívar,
que el Sr. Arguedas estampa al principio del ca-
pitulo IX de su obra.
Ahora quiero hablaros de otro vicio de que el
autor del libro Pueblo enfermo nos habla varias
veces, de otro vicio que no deja de tener íntimas
afinidades con esa viveza maliciosa, de un vicio
de que habló terriblemente en Chile, Lastarria, de
un vicio que carcome á los pueblos habladores é
imaginativos. Me refiero á la envidia, á la terrible
envidia, compañera inseparable de la vanidad.
DE CEPA CRIOLLA
Cuando me disponía á ordenar las notas que so
bre la religión y la religiosidad griegas íuí forman-
do mientras leía la tan sugestiva «Grecia» de Gó-
mez Carrillo, hete aquí que viene á dar en mis
manos el libro de Martiniano Leguizamón que
lleva por título el mismo que esta corresponden-
cia: «De cepa criolla».
Hace años que conozco á Leguizamón como es-
critor y cuando publicaba en La Lectura de Ma-
drid notas bibliográfico-críticas sobre libros hispa-
noamericanos publiqué alguna sobré algunos de
sus libros.
Una circunstancia especialísima hizo que me
fijase en él, y fué su apellido. Este apellido Legui
zamón, que creo recordar es también el de un
gaucho famoso que figura ó en Ja historia de Juan
Moreira ó en otra análoga — pues escribo esto sin
tener los libros delante — es uno de los apellidos
más genuinos de mi tierra vasca. Los Leguizamón
figuran entre los más célebres banderizos que en-
sangrentaron con sus luchas fratricidas á Vizcaya
allá en las postrimerías de la Edad Media, y aun
60
MIGUEL DE UNAMUNO
hoy día quedan restos de la antigua casa-torre de
los Leguizamón á orillas del río Nervión ó Ibaiza-
bal, el que atraviesa Bilbao, y no lejos de ésta,
mi villa nativa. Y es por cierto el rincón solariego
de los Leguizamón uno de los más apacibles y más
recogidos rincones de que en los alrededores de
Bilbao puede gozarse.
Este atractivo de su nombre me ha hecho leer
los libros de Martiniano Leguizanión, y la lectura
de ellos me ha movido á leer este nuevo. Y ade-
más, lo mucho que me interesa eso que llaman
criollismo.
En las breves y algo dispersas notas que van á
seguir he de recalcar forzosamente sobre concep-
tos que antes de ahora he expuesto en estas mis-
mas columnas; pero soy de los que creen que la
repetición es lo único eficaz en la vida, ya que la
vida misma no es sino repetición.
Si bien se mira, se observará que los escritores
y pensadores que más profunda traza han dejado
sobre el espíritu humano han sido, por lo general,
hombres de muy pocas, pero muy hondas y arrai-
gadas ideas, y que sus obras giran en derredor de
unos cuantos, muy pocos, conceptos fundamenta-
les, aunque conceptos muy comprensivos. Y por
algo enseñaba Santo Tomás que según se asciende
en la escala de las inteligencias se comprende el
universo con menos ideas hasta llegar á Dios que
lo ve en una sola, la de sí mismo.
Me he propuesto, pues, siempre reducir mis con-
cepciones á unas pocas ideasy de aquí el que tienda
á una cierta monotonía y repetición de conceptos.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
61
Y dejando todo esto voy á ir pasando en revista
algunas de las afirmaciones de Leguizamón, en su
libro de cepa criolla.
Hablando del lenguaje de Hidalgo nos dice Le-
guizamón (pág. 12) que aunque el tal lenguaje no
es nuevo ni original por derivar del antiguo ro-
mance castellano, no puede negarse que el asunto
regional ya le da una fisonomía distinta y que la
adopción de modismos del país — en que el guara
ni, el quichua y el araucano contribuyeron con
gran aporte de voces nuevas — ha concluido por
marcar diferencias entre el lenguaje popular en la
madre patria y el del criollo ríoplatense. Y en la
página siguiente añade que «como eran diametral -
mente diversas las tendencias del criollo y del
peninsular, no podía ser idéntico su lenguaje».
¿Diametralmente diversas? ¿Pero es que acaso
Leguizamón conoce bien al campesino peninsular?
¿Es que ha estado alguna vez en España — y no sólo
en Madrid — y ha estudiado el pueblo de que pro-
cede el pueblo criollo? Pues yo le digo que quien
quiera encontrar en la literatura criolla algo pro-
fundo y netamente español debe ir á buscarlo,
como yo lo he hecho, en Hidalgo mismo, en Asca-
subi, en Estanislao del Campo, en José Hernán-
dez. Todo ello es profunda é intensamente espa-
ñol, incluso el lenguaje. Como dije en un estudio
que hace ya años dediqué al «Martín Fierro», pa-
rece que al encontrarse los españoles ahí en con-
diciones sociales y de lucha análogas á las que
aquí produjeron nuestros viejos romances, el alma
del romancero resucitó.
62
MIGUEL DE UNAMUNO
Cierto es que el mismo Leguizamón llama poco
antes á la guitarra «guitarra nacional» y llamarle
en la Argentina nacional á la guitarra es un des-
ahogo del mismo género que llamarle idioma na-
cional al idioma castellano ó español que en ella
se habla.
Sí, nacionales son una y otro, ambos argenti-
nos, pero es porque ambos son españoles. Me figu-
ro que en los Estados Unidos llamarán lengua in-
glesa á la lengua que allí se habla.
Y cuanto más se estudia el habla criolla, tanto
más se convence uno de que muchas voces y giros
que en América se estiman de origen guaraní, qui-
chua ó araucano, son genuinamente españoles. Y
son voces y giros que no están anticuados en Es-
paña en el habla popular de los campos, diga lo
que quiera el Diccionario de la Academia, al cual
nadie le hace aquí más caso que en América pue-
da hacérsele. No, «ramada», v. gr., en el sentido
en que Leguizamón nos la presenta, no es voz an-
ticuada en España, La he oído yo.
Recuerdo que hablando un día en mi cátedra de
gramática histórica de la lengua española— oficial-
mente se le denomina de «filología comparada de
latín y castellano» — de la yoz «brincar» ind qué
corno en portugués significa «jugar ó juguetear
con algo» y se llama «brinco» á un iuguete, siendo
su acepción primitiva la de pendiente de la oreja
ó arracada, derivándose del latín «vinculu», que
con pérdida de la vocal postónica interna dió «vin-
clo» con el tan frecuente cambio de 1 en r «vin-
ero» y con la no menos frecuente metátesis de la r
CONTRA ESTO Y AQUELLO
63
«brinco». Y añadí: «si la palabra latina «vínculu»
lazo, atadero, y su plural neutro «vincula» hubie-
ran pasado al castellano, habrían tomado la forma
«vincho, vincha» como «cingulu» dió «cincho,
trunculu» troncho, «mancula» (y no macula) man-
cha, «conchula» concha, etc.». Y agregué: «y no
podemos decir que la tal palabra, con algún sen-
tido derivado del sentido del «vinculu» latino, no
subsista en alguna parte». Y poco después la leía
en el hermosísimo libro de Ricardo Rojas «En el
país de la selva» y cuando aquí estuvo Rojas hablé
con él del caso,
Y por cierto, ya que he citado á Rojas, he de
decir que este intensísimo escritor, con Lugones,
con Larreta — el autor de «La gloria de don Rami-
ro», admirabilísima pintura de la España de Feli-
pe II, y de la que os hablaré — y con otros, al mar-
car una tendencia hacia el casticismo castellano,
no sólo no renuncian á lo castizo criollo, sino que
lo realzan y ahondan. Es que las raíces de uno y
otro son comunes y no hay nada de eso de lo
«diametralmente» diverso. Si Leguizamón viaja-
ra por pueblos y lugares de España, y sobre todo
de Andalucía y Extremadura, se convencería
de ello.
«¿Charamuscas?... palabra insurgente, barbaris-
mo criollo, exclamará con desdén el lector espa-
ñol», nos dice Leguizamón. No, amigo, no; el lec-
tor español no exclamará semejante cosa y menos
con desdén. Y además, el lector español lo que no
dirá es lo de «insurgente», porque esta palabra,
que por lo demás está muy bien y es muy corree-
04
MIGUEL DE UNAMUNO
ta, no la usa el pueblo español ni creo que la use
el pueblo argentino y sí sólo los escritores. Y es
en esto, en los neologismos que inventan los escri-
tores, no en los del pueblo, en lo que se distinguen
un poco, muy poco y nada diametralmente, el es-
pañol que se escribe en España y el que se escribe
en la Argentina. Es la lengua de la política, de la
banca, del deporte, la lengua délas clases acomo-
dadas, la que se distingue un poco más.
Esa voz charamusca tiene una fisonomía muy
netamente castellana y no me extrañaría que se
conservase aún por acá — aunque yo no la he oído —
y parece haber nacido de una acción de influencia
analógica entre las voces «chamarasca» y «cha-
muscar» lo mismo que aquí, en Salamanca, la voz
«uña» ha influido en «arañar», convirtiéndola en
«aruñar». Y respecto á la metátesis de «chamaras-
ca» en «charamusca» no hay sino recordar, entre
otros casos, que «chiribitil» pasando por «chibiri-
til» deriva de «chibitiril», que es diminutivo de
«chibitero» que es como llaman los campesinos,
por lo menos los de esta tierra, al cobertizo en que
se guardan los chivos.
«Ella — es decir, la Real Academia ™ sigue encas-
tillada en sus vetustas interpretaciones, sorda á
toda voz que venga óe más allá de las fronteras
peninsulares; mientras nosotros, desde que nos
«independizamos» — dando vida á este verbo in-
surgente, como dice con no poca gracia Ricardo
Palma-— no nos cuidamos mucho en averiguar si
tal ó cual locución está en el diccionario, bastán-
donos saber que es de uso corriente y que respon-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
65
de á una necesidad idiomática, para emplearla».
Así escribe Leguizamón.
Aquí hay dos cosas. La primera es la de que la
Real Academia Española se haya resistido á in-
cluir en su diccionario voces ó acepciones ameri-
canas, y esto es inexacto. Más oído ha prestado á
voces venidas de más allá de las fronteras penin-
sulares que no á voces regionales y locales de Es-
ña misma; más vocablos de uso americano acogió
en su última edición, que no provincialismos espa-
ñoles. Y así sucede que algunas de esas voces ó
algunas de esas acepciones, que como americanas
registra, son voces y acepciones corrientes en al-
guna región de España, aunque la Academia lo
ignore.
Lo segundo, es eso de que los americanos de
lengua española no se cuiden mucho en averiguar
si tal ó cual locución está en el diccionario. En
esto no están solos: nos sucede lo mismo á nos-
otros. Tampoco los españoles — fuera de algunos
mentecatos, cada vez menos, por fortuna — cuando
hablamos ó escribimos nos cuidamos de averiguar
si la Academia ha sancionado ó no las voces de
que nos servimos.
Eso de la Academia es para muchos un coco,
algo así como la inquisición ó el jesuitismo ó la in-
tolerancia. Y el caso es que, hoy por hoy, España
es uno de los países menos inquisitoriales y menos
académicos de Europa; desde luego, mucho, mu-
chísimo menos que Francia.
Acaban de pasar por esta ciudad de Salamanca
cuatro distinguidos profesores de la Universidad
5
G6
MIGUEL DE UNAMUNO
de Burdeos, y entre ellos su rector, M. Thamin.
Y una de las cosas de que más se han sorprendido
es de la grande, de la grandísima, de la casi ili-
mitada libertad de que goza el catedrático español
en su cátedra. En la vecina república se cuidará
muy mucho un profesor oficial de combatir en su
cátedra las instituciones fundamentales del estado
ó de explicar la historia de Francia con tenden-
cias legitimistas, y cosas análogas se hacen aquí
sin peligro alguno. Al rector de la Universidad de
Burdeos le sorprendió ver fijado en la esquina de
una calle un cartel convocando á una reunión para
el día de hoy — 11 de Febrero — para conmemorar
el aniversario de la proclamación de la república
española en 1873. «¿Pero es que no hay monarquía
en España?», preguntaba, añadiendo: «¿Y cómo
consiente esto el gobierno?» Y hube de explicar
cómo en España lo más liberal que hay son los go-
biernos , incluso los conservadores — y acaso éstos
no menos que los otros — es el Estado. Si alguna
intolerancia hay — y es mucha menos de lo que se
dice — será en las costumbres: en la aplicación de
las leyes reina el espíritu de más amplia libertad.
Y en cuanto al academicismo , dudo que haya
país menos académico. Y la reacción contra la am-
pulosidad lírica quintanesca, de que también nos
hablaLeguizamón, no fué en España menor que en
América. Cuando el quintanismo dominaba en Es-
paña, dominaba también, y no con menos fuerzas,
en la América española, y es difícil encontrar aquí
un poeta más quintanista que Olmedo , pongo por
caso de poeta hispanoamericano.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
67
Los movimientos literarios han sido sincrónicos
en España y en la América española. Cuando aquí
se quintanizaba, se quintanizaba allí; cuando Larra
hacía aquí furor, Alberdi le imitaba en la Argen-
tina: Núñez de Arce reinó algún tiempo en uno y
otro hemisferio. Y más recientemente , la influen-
cia de Rubén Darío no ha sido aquí menor que
allende el océano. El mismo afrancesamiento de
las letras americanas — mucho menor y mucho más
superficial de lo que se cree comunmente — ha sido
un afrancesamiento mediato , á través de traduc-
ciones y de imitaciones españolas.
Y ahora, para concluir «por ahora» con esto, he
de permitirme dirigir, más que un consejo, una in-
dicación al autor «De cepa criolla». Y es que cuan-
do quiera hacer comparaciones entre las cosas de
su tierra y las cosas de España buscando diame-
trales divergencias entre ellas, ni haga gran caso
de lo que lea en los más de los escritores españo-
les que se dirigen á los lectores americanos — el
lector dirá: ;pues tú eres uno de ellos! — ni de lo
que oiga á los emigrantes. Que no haga gran caso
de lo que lea en los corresponsales españoles de
diarios americanos, porque los españoles tenemos,
con raras excepciones, la manía de calumniarnos
y de creer que son peculiares nuestros males y de
exagerarlos. Y que no haga gran caso de lo que
oiga á los emigrantes, porque éstos no proceden,
por lo común , y esto no es denigrarlos ni mucho
menos, de las clases más cultas. El emigrante, sea
de donde fuere, no es el que mejor representa á
su patria.
68 MIGUEL DE UNAMUNO
Es más que prooable que si alguna vez se en-
cuentra un criollo con un español le critique un
vocablo ó un giro genuino y castizamente español.
Corren en boca del pueblo argentino muchedum-
bre de vocablos y de giros de origen andaluz ó ex-
tremeño que no habrá oído en su vida un vasco,
un asturiano, un montañés, un gallego ó un cata-
lán. Precisamente hasta hace poco la emigración
á la América partía, sobre to.io, de las regiones
españolas en que no tiene tradición el lenguaje
castellano, de las regiones en que aún se conserva
el vascuence, el bable, el pasiego, el gallego ú
otra habla no genuínamente castellana. Y esta
emigración se encontraba con un pueblo cuya más
primitiva y más genuína cepa popular era, sobre
todo, de origen andaluz y extremeño, como pro-
cedente de aquellos tiempos en que era de Sevilla
de donde partían los más de los aventureros que
se embarcaban para las Indias Occidentales. Y
esta primitiva cepa criolla, la cepa andaluza y ex-
tremeña, no ha sido borrada en mucho tiempo por
los sucesivos aluviones de gentes del litoral can-
tábrico.
Créame Leguizamón: cuanto más leo á los es-
critores americanos que critican el criollismo, más
me convenzo de que en ese criollismo entra lo es-
pañol andaluz, extremeño y castellano casi por
todo, y casi por nada lo guaraní, quichua ó arauca-
no. Aunque tampoco me extrañaría que hubiese
secretas é íntimas afinidades entre andaluces, ex-
tremeños y castellanos de un lado y de otro lado
guaraníes, quichuas y araucanos. Muy representa-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
69
tivos me parecen aquel Almagro hijo, el mestizo,
que tanto papel jugó en las primitivas guerras ci-
viles del Perú y aquel historiador Garcilaso de la
Vega, mestizo también como él y que narró sus
hazañas. Uno y otro tan españoles como indios.
EDUCACION POR LA HISTORIA
Tengo aquí, á la vista, el último libro de Ricar-
do Rojas, «La restauración nacionalista. Informe
sobre Educación»; siento necesidad íntima de ha-
blar sobre él, ó mejor dicho, de hablar sobre los
problemas que suscita y sobre la manera de susci-
tarlos, y no sé, ciertamente, por dónde empezar.
¡Son tantas las cosas que este libro contiene y de
tanto alcance todas ellas! Veamos, sin embargo.
El presidente de esa República Argentina comi-
sionó á Rojas para que estudiase el régimen de los
estudios de historia en Europa, y de esta comisión
ha salido el libro.
Debo empezar por declarar que mi gusto por la
historia es muy tardío; me ha ido entrando con los
años. Siendo yo mozo tenía una decidida afición
por los estudios filosóficos y por la literatura, pero
la historia me hastiaba. Y me hastiaba sin haberla
realmente probado. Abrigaba en contra de ella
todas Jas prevenciones que han abrigado otros mu-
chos, entre ellos Schopenhauer. Creía con éste
que la historia nos enseña á conocer más bien á
los hombres que no al hombre; nos da noticias em-
72
MIGUEL DE UNAMUNO
píricas respecto á la conducta de los unos para con
los otros, más bien que una visión de su esencia,
y que quien ha leído á Heródoto no tiene mucho
más que aprender de la historia. La historia nos
muestra más bien sucesos que no hechos: tal era
mi noción.
Leía, sin embargo, á los historiadores artistas, y
sobre todo, á los que nos presentan retratos de
personajes. Me han interesado siempre las almas
humanas individuales mucho más que las institu-
ciones sociales. Un historiador como Oliveira Mar-
tins, verbigracia, gran pintor de almas, ó como
Carlyle — á quien he traducido — , me encantan.
Empecé después á comprender que la historia
nos da materiales para eso que se llama la socio-
logía, pero á esta tan decantada y asendereada
sociología le tengo una fuerte manía. Apenas hay
para mí cosa más insoportable que los libros lla-
mados de sociología, conjunto de perogrulladas y
vaciedades, mezcladas con síntesis fantásticas por
lo general. Me figuro que dentro de medio siglo
caerá sobre esta flamante sociología un descrédito
tan grande como el que hoy pesa sobre la filosofía
de la historia desde hace medio siglo.
Se me hacían y siguen todavía haciéndoseme
insoportables esos eruditos de historia á que Rojas
se refiere en la nota de la página 25 de su obra,
eruditos que se limitan á publicar textos, atenién-
dose á la letra y fingiendo desdeñar la imagina-
ción, ya que no les ha sido concedida. Esta pedan-
tería vino, como otras muchas pedanterías, de Ale-
mania.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
73
Pero según he ido entrando en años, y eso que
no soy viejo, he ido poco á poco aficionándome á
la historia, y ahora los libros históricos forman una
buena parte de los que leo. Son los que mejor me
hacen matar el tiempo. Si son buenos, quiero de-
cir, artísticos, los prefiero con mucho á las novelas.
Las obras históricas de Taine, de Michelet, de
Saint-Beuve (su «Port- Royal»), de De Barante,
de Gastón Boissier, para no atenerme ahora más
que á los franceses, me resultan mucho más entre-
tenidas que cualquier novelista de los suyos, y no
digo de Zola, porque las novelas de éste tienen
mucho más de historia mala que de novela buena.
Y he comprendido por fin cuán profunda verdad
encierra la sentencia, expresada también por Ro-
jas, de que la historia es educativa, no instructiva.
«Decir que no pueden extraerse de ella principios
permanentes de conducta — escribe Rojas — , es
sólo decir que la historia no es la moral.»
Y como Rojas parece que se preocupa, con ex-
celente acuerdo, de la educación cívica más bien
que de la instrucción técnica de su pueblo, de ahí
que exalte la importancia de la enseñanza adecua-
da de la historia.
Mi joven amigo, ese tan hondo y tan noble y tan
penetrante patriota argentino, me parece que ve
en esto muy claro. Conozco hombres nada esca-
sos de instrucción técnica — que es la que da dine-
ro— en el ramo á que profesionalmente se dedican
y aun en oíros y los conozco también que no ca-
recen de una cierta ilustración general, principal-
mente literaria y de las novedades en moda, que
1
74 MIGUEL DE UNAMUNO
Les permite hacer regular papel en sociedad, pero
faltos unos y otros de sólida educación humana,
de íntima religiosidad de la vida, de elevadoras
preocupaciones. Son gentes, como Rojas dice de
las nuevas generaciones argentinas, de un innoble
materialismo que les lleva á confundir el progreso
con la civilización. Yo diría más bien con la cultu-
ra. Y sin esa nueva idea — como dice muy bien mi
noble amigo, vuestro gran patriota— «no consegui-
remos ni fundar una patria ni servir con nuevos
dones á la humanidad».
¿Cómo no he de aplaudir estas predicaciones
idealistas de Rojas yo, que apenas hago aquí otra
cosa que predicar idealismos?
¿Y cómo no he de aplaudir su nacionalismo yo
que como él, he hecho cien veces notar todo lo que
de egoísta hay en el humanitarismo? He de repe-
tir una vez más, lo que ya he escrito varias veces,
y es que cuanto más de su tiempo y de su país es
uno más es de los tiempos y de los países todos y
que el llamado cosmopolitismo es lo que más se
opone á la verdadera universalidad.
El tan decantado cosmopolitismo bonaerense
creo sea el mayor obstáculo para la universaliza-
ción de la patria argentina, para que ésta llegue á
cumplir una misión en la historia humana. No me
parece que se deban tomar muy á la letra las pala-
bras de Sarmiento en su discurso déla bandera.
Los verdaderos y buenos patriotas se entienden
mejor á través de sus respectivas patrias que no
los antipatriotas, los humanitaristas de una huma-
nidad abstracta y utópica. Así Rojas y yo, él ra-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
75
dicalmente argentino y radicalmente aspañol yo,
nos etendemos muy bien.
He aquí unas palabras de él, de Rojas, que hago
mías: «El cosmopolitismo en los hombres y las
ideas, la disociación de viejos núcleos morales, la
indiferencia para con los negocios públicos, el ol-
vido creciente de las tradiciones, la corrupción
popular del idioma, el desconocimiento de nuestro
propio territorio, la falta de solidaridad nacional,
el ansia de la riqueza sin escrúpulos, el culto de
las jerarquías innobles, el desdén por las altas em-
presas, la falta de pasión en las luchas, la venali-
dad del sufragio, la superstición por los nombres
exóticos, el individualismo demoledor, el despre-
cio por los ideales ajenos, la constante simulación
y la ironía canalla — cuanto define la época ac-
tual— comprueban la necesidad de una reacción
poderosa en favor de la conciencia nacional y de
las disciplinas civiles».
¡Bien, amigo Rojas, bien, muy bien! Y si la iro-
nía canalla se ceba en usted, como alguna vez se
ha cebado en mí, y en una ú otra forma le llaman
macaneador, lírico ó cristo, mejor para usted. No
haga caso á la envilecida malicia metropolitana.
Aspiremos á que se nos pongan bajo «el divino
nombre de Quijote». Bien, muy bien, amigo Ro-
jas, y firme y duro en la pelea, que siempre se
gana.
No pocos de esos males que Rojas señala en las
páginas 88 y 89, de su obra, los padecemos tam-
bién por acá, donde no hace menos falta que ahí
una restauración nacionalista. Los destrozos de
76
MIGUEL DE UNAMUNO
toda clase de anarquismo — y el peor es el de los
poderosos y bien acomodados, que rechazan el
nombre, pero abrigan la cosa — han sido y siguen
siendo aquí enormes. Aquí, como ahí, una litera-
tura plebeya y una filosofía egoísta, que disimula-
ba bajo manto de filantropía su regresión hacia
los instintos más oscuros, ha causado algún daño,
en estos últimos tiempos, á la idea de patriotismo;
aquí, como ahí, el innoble veneno, profusamen-
te difundido en libros baratos por ávidos edito-
res, ha contaminado á las turbas ignaras y á la
«adolescencia impresionable». Tiene mucha razón
Rojas al decir que «ha sido una de las aberracio-
nes democráticas de nuestro tiempo y de nuestro
país, que la obra de alta y peligrosa filosofía cir-
culase en volúmenes económicos, más asequible
que el libro nacional ó que los Manuales de es-
cuela».
¡Cuánto no vengo yo predicando contra esas
malas bibliotecas baratas, de obras mutiladas y
pésimamente traducidas, que aquí explotó sobre
todo un ávido editor no español y creo que de
ninguna otra patria tampoco! Pobres obreros, que
ignoran los rudimentos de las ciencias, que desco-
nocen el teorema de Pitágoras y la ley de la caída
de los graves, que no distinguen los pistilos de los
estambres, ni el páncreas del bazo, y se meten
á leer libros, no de ciencia, sino de pseudo-filoso-
fía pseudo-científica, en que se nos afirma muy
seriamente que ya no hay en el Universo enigmas,
ni misterios, ni alma, ni patria, ni Dios.
Sí, tiene razón Rojas; «se hace necesario pro-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
77
clamar de nuevo la afirmación de los viejos idea-
les románticos y decir que «en las condiciones ac-
tuales de la vida esa fórmula contraria á la pa-
tria implica sustituir el grupo humano concreto
por una humanidad en abstracto, que no se sa-
bría cómo servir». Y véase lo que son las cosas;
el más conspicuo y saliente de los ácratas ó anar-
quistas españoles no hace todavía muchos años,
anda haciendo ahora de... catalanista! Después de
haber combatido las patrias todas en nombre de
la humanidad, se entretiene ahora en trazar ri-
dículos y desatinados paralelos entre los castella-
nos y los catalanes. Y he conocido otros anar-
quistas así, llenos de prejuicios localistas y de
campanario.
Hay en la pintura que Rojas traza del estado ac-
tual de su patria una observación en que me he
detenido, porque responde á una de mis más
arraigadas preocupaciones, y es donde dice que
falta á los argentinos aquella aptitud metafísica
que salvó del desastre á los alemanes.
Sin entrar á tratar ahora si fué ó no la aptitud
metafísica lo que á los alemanes calvara, aunque
conforme en el fondo de ello con Rojas, sí he de
hacer notar que siempre me ha llamado la aten-
ción el desvío, disgusto ó poca aptitud, no ya sólo
de los argentinos, sino de los hispano americanos
todos, para con los estudios metafísicos y genui-
ñámente filosóficos. La filosofía que por ahí priva
suele ser una filosofía dilettantesca, con rtiás de
literatura que de filosofía, ó una cierta pseudo-
filosofía cientificista y no científica. Se conoce
78
MIGUEL DE UNAMUNO
mejor á Spencer que á Stuart Mili, y se lee más á
Nietzsche que á Kant ó á Hegel. Y así sucede que
un hombre como el doctor Carlos Vaz Ferreira, el
profesor de Filosofía de Montevideo, uno de los
hombreá de pensamiento filosófico más penetran-
te, hondo y robusto que yo conozca, apenas tenga
el prestigio y predicamento que merece, mientras
privan otras elucubraciones más agradables tal
vez, más amenas ó más brillantes, pero en exceso
literarias y vagas.
Y me he preguntado muchas veces si esa falta
de aptitud metafísica de que nos habla Rojas no
tendrá una cierta relación con el escaso interés
que me parece despiertan ahí los eternos proble-
mas religiosos, el de la finalidad última del uni-
verso, el de la persistencia de la conciencia, el de
la inmortalidad del alma, el de la comprensión de
Dios.
Por mi parte, no acierto á explicarme un sólido
patriotismo sin una cierta base religiosa. Claro
está que no quiero decir precisamente base dog-
mática de una iglesia determinada, sino que no
me explico una patria que sea tal, un pueblo que
t-nga un cierto vislumbre de su misión y papel en
el mundo no siendo que su conciencia colectiva
responda, aunque sea por manera oscura, á los
grandes y eternos problemas humanos de nuestra
finalidad última y nuestro destino. Lo que da más
fuerza al ardiente y místico patriotismo de un
Mazzini, pongo por caso, es su fuprte base reli-
giosa. El problema religioso fué el que más le
preocupó siempre.
CONTRA ESTO Y AQUELLO 79
No digo yo que este problema no preocupe ahí
á nadie. Precisamente estos días he estado repa-
sando las obras de Francisco Bilbao, el chileno,
el entusiasta de Lammenais y de Edgardo Quinet,
y en él se ve bien clara la preocupación religiosa.
Ni creo tampoco que sea tan aislado el caso del
sacerdote peruano VigiL Pero se me antoja que
todo esto es por ahí mucho más raro que en estos
pueblos europeos. Así como se me antoja también
que alcanza ahí mucha más extensión que aquí lo
de confundir el progreso con la civilización—se-
gún la fórmula de Rojas — y un cierto supuesto po-
sitivismo práctico, á base de cientificismo barato
y de última edición popular, que cree pisar en fir-
me terreno de realidades concretas. Un estudio
del pensamiento del gran Sarmiento nos ilustraría
mucho á este respecto.
Y he ahí otra razón por qué me parece lauda-
ble y fecunda la labor por Rojas emprendida. El
patriotismo de éste tiene una cierta exaltación,
aunque serena y contenida, y á las veces frisa con
una especie de religión de la patria. Descansa en
cimiento de íe. Se ve en él un constante anhelo
de dar á conciencia la americanidad— permitidme
esta palabra, que no equivale á americanismo, voz
que lleva esa fea coleta del ismo — un esfuerzo por
hacerla consciente.
Toda su labor conspira á eso, á fundarla verda-
dera^ durable independencia de su pueblo, la in-
dependencia espiritual. Independencia relativa,
claro está, ya que en rigor no hay nadie indepen-
diente. Todos vivimos dependiendo los unos de
80
MIGUEL DE UNAMUNO
los otros; he aquí un incontrovertible lugar co-
mún. Pero llamamos independiente á aquel que se
apropia y asimila lo que los otros le dan, que lo
toma como alimento que en propia sustancia y á
imagen y semejanza de ella, lo elabora. Y es un
pueblo espiritualmente independiente el que crece
orgánicamente, por asimilación de materia, y no
mecánicamente por yuxtaposición de ella.
Con las ideas ocurre como con los hombres, y
es que así como un país puede crecer por inmi-
gración de gentes, poco orgánicamente, por apor-
te de elementos extraños que no se asimila del
todo, así un espíritu con las ideas. Y así también
un espíritu colectivo. El que la Argentina, pongo
por caso, no acabe de asimilarse todas esas «colo-
nias» que acuden á explotarla, no me parece que
es mal mayor que el mal de que el espíritu colec-
tivo de su clase ilustrada no acabe tampoco de
asimilarse las colonias de ideas — algunas de dese-
cho— que acuden ahí. Me parece que dice muy
bien Rojas al decir: «Vivimos á la espera del barco
de ultramar, que antes venía cada tres meses con
noticias de Cádiz, y que ahora llega cada día con
noticias de Francia ó de Inglaterra».
Y Rojas ha tomado el problema por donde debe
tomársele, por la enseñanza pública. Quiere que
las escuelas sean nacionales, propias, y que en
ellas se fragüe la «argentinidad» espiritual. Mas
como esta voz es de mi cosecha, y aun me queda
no poco que decir, lo dejaré para otro artículo.
SOBRE LA ARGENTINIDAD
En mi correspondencia anterior, primera de las
que dedico al libro de Ricardo Rojas, La restau-
ración nacionalista, libro henchido de sugestio-
nes, usé de dos palabras que ignoro si han sido ó
no usadas ya, pero que ciertamente no corren mu-
cho. Son las palabras americanidad y argentini-
dad. Ya otras veces he usado la de españolidad y
la de hispanidad. Y los italianos emplean bastante
la voz «italianitá».
Fué leyendo al gran historiador y psicólogo por-
tugués Oliveira Martins como me hirió la imagi-
nación la voz «hombridade» que aplican á los cas-
tellanos. Tenernos, es cierto, la voz hombría en
el gii o «hombría de bien», pero hombridad me
pareció un hallazgo. No es lo mismo que humani-
dad, voz que siendo de origen erudito, se halla
estropeada por aplicaciones pedantescas y secta-
rias. Y no es tampoco uno de esos terribles ter-
minachos en ismo, tal como humanismo, termina-
chos que huelen á secta y á doctrina abstracta.
Hombridad es la cualidad d£ ser hombre, de ser
hombre entero y verdadero, de ser todo un hom-
6
82
MIGUEL DE UNAMUNO
bre. Decir, pues, de uno que tiene hombridad,
equivale á decir de él que es todo un hombre. ¡Y
son tan pocos los hombres de quienes pueda de-
cirse que sean todo un hombre!
Al hablar, pues, de americanidad ó de argenti-
dad, quiero hablar :de aquellas cualidades espiri-
tuales, de aquella fisonomía moral — mental, ética,
estética 3' religiosa — que hace al americano ame-
ricano y al argentino argentino. Y si no me enga-
ño, á eso tiende la labor de Rojas, á sacar á flor de
conciencia colectiva la argentinidad para que se
robustezca y defina y acreciente al aire de ]a vida
civil y de la historia.
Rojas, continuador de la obra de los Sarmiento,
Alberdi, Mitre 3^ otros grandes conductores de su
pueblo, cita aquellas palabras del primero de és
tos: «¿Somos nación? ¿Nación sin amalgama de ma
teriales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿Ar-
gentinos? Hasta dónde y desde cuándo bueno es
darse cuenta de ello.»
Y aquí un alto.
Es fácil que alguno de mis lectores criollos, so-
bre todo alguno de los que estén tocados de la
«ironía canalla» de que Rojas nos habla, imagi-
nándose que estoy macaneando me interrumpa por
lo bajo, diciéndome: «Pero, ¿y á usted quién le
da vela en este entierro ? » ó en el giro correspon-
diente que ahí se use. A usted — se dirá — ¿qué le
va ni le viene en este pleito? Voy á ello.
Aquí podría yo, en propia apología, presentar
los memoriales que me acreditan como uno de los
pocos, de los poquísimos europeos que se han in-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
83
teresado por el conocimiento de las cosas de Amé-
rica, y algunos de esos memoriales podría sacar-
los de la obra misma de Rojas, que me sirve de
tema para estos mis actuales comentos.
Tiene mucha razón Rojas cuando acusa á los
europeos de poca curiosidad cosmopolita, y cuan-
do, no sin cierto dejo de modestia, se queja de
que por acá, por Europa, hay gentes que pasan
por cultas, que apenas si saben hacia dónde cae
Buenos Aires. Esto es muy cierto, y es tanto más
cierto cuanto el país europeo sea más adelantado.
Puede asegurarse que en ciertos respectos el
máximo de ignorancia alcanzan las clases medias,
la burguesía de la cultura en París, Londres y
Berlín. La insipiencia del parisiense de buena
cepa, respecto á lo que pasa más allá de Batigno-
lles, es proverbial. Lo reconocen ellos mismos y
hasta se jactan de semejante cosa.
Creo ser una excepción á esta incuriosidad eu-
ropea. No sólo me han interesado y me interesan
las cosas de toda América, sino que soy una de
las excepciones á la profunda ignorancia que aquí
reina respecto á la historia, literatura y arte de
Portugal. Esta mi incurable plurilateralidad de
atención, este espíritu curioso por todo lo que en
todas partes pasa, me llevó á aprender danés — ó
noruego, que es lo mismo, — para poder leer sobre
todo á un hombre, á Kierkegaard, y he estado á
punto de aprender rumano para leer á otro. Y de
cada país me interesan los que más del país son,
los más castizos, los más propios, los menos tra-
ducidos y menos traductibles.
84
MIGUEL DE UNAMUNO
Hay, por ejemplo, poetas ingleses que han lle-
gado á hacerse poetas cosmopolitas por así decir-
lo, á quienes se traduce é imita, tal, en primer
lugar, lord Byron. Y con él, aunque menos, se ha-
bla de Shelley y de Tennyson, y de otros. Pero yo
prefiero á los más indígenas, á los más propios, á
los de más anglicanidad. Debo confesar que una
de las cosas que más me llevó á engolfarme en
Wordsworth es el que apenas se le cite fuera de
Inglaterra, y sobre todo, el que los franceses
que conocen literatura inglesa, sientan un cierto
desvío hacia él. Y me recrea Browning, á pesar
de sus oscuridades.
Y así de los escritores y pensadores argentinos
he buscado, no á esos sociólogos traducidos, ó á
esos poetas en un tiempo modernistas, y hoy no sé
qué, que me dicen mejor ó peor — generalmente
peor, — lo mismo que estoy harto de oir aquí, sino
á aquellos más de la tierra, más verdaderamente
nativos, pero nativos de verdad, y no tampoco por
moda de criollismo literario y macaneante, á aque-
llos que me revelan la argentinidad latente. Y he
aquí por qué he sido tan devoto lector y tan entu-
siasta panegirista de Sarmiento. Sin mucha efica-
cia aquí.
Sin mucha eficacia, repito. A raíz de una confe-
rencia que di en el Ateneo de Madrid, y en que
hablé como suelo siempre hacerlo del gran Sar-
miento, surgió entre algunos jóvenes ateneístas la
idea de dirigir á la Junta de aquel Centro de cul-
tura una instancia pidiendo que adquiriera para
su biblioteca las obras de aquél. Y no debieron de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
85
haberse adquirido, por cuanto al ir á dar uno ó dos
años después otra conferencia en aquel mismo
Centro Rojas, tuvo que procurarse el Fecundo, los
Recuerdos de provincia y los Viajes de mi libre-
ría particular, pues en Madrid no pudo obtenerlos.
Hace pocos días ha pronunciado un discurso en
ese mismo Centro Belisario Roldán: ha sido estre-
pitosamente aplaudido, y la prensa toda se ha des-
hecho en elogios á su elocuencia. En ese discurso
habló de Sarmiento, según mis noticias, con la
conmovida devoción con que debe hablar todo
argentino de aquel genio á quien tantas veces se
le trató de loco en vida por la ironía canalla. Pues
bien, os aseguro que no ha conseguido Roldán el
que uno solo de sus oyentes se haya decidido á
pedir una siquiera de las obras de Sarmiento.
Además — y vaya esto por vía de digresión, — es
tan difícil encontrar aquí libros americanos... Y la
gente que no se molesta. Por recomendación mía
ha habido quienes han buscado en las librerías de
Madrid las Conferencias y discursos del gran
poeta-orador Zorrilla de San Martín y el libro Ideas
y observaciones del gran pensador y pedagogo Vaz
Ferreira, orientales ambos, y al no encontrarlos,
no han hecho gestión alguna ulterior para procu-
rárselos.
Ahora sí, parece como que aquí escritores, po-
líticos, literatos y artistas agitan un poco más eso
Ae la fraternidad hispano-americana y hablan de
a comunidad de raza, pero no les hagáis caso. Co-
nozco á mi gente. En el fondo se trata de egoís-
mos mercantiles. Dicen que ahí hay campo; dicen
86
MIGUEL DE UNAMUNO
que tal ó cual se ha traído tantos y cuantos miles
de pesos ; dicen que nuestros dramaturgos y sai-
neteros empiezan á cobrar trimestres de América;
dicen que ese tiene que ser nuestro mercado de
libros; dicen que lo que importa es calzarse algu-
na corresponsalía en un diario americano, que son
los que pagan. Y de todo eso de la confraternidad
la mitad es macaneo.
Y esto jos lo digo yo, yo que por lo que hace á
mi pluma, vivo más de la América que de España,
y os lo digo con este noble cinismo y con esta que
dicen mi displicencia, que me ha rodeado de una
protectora muralla de antipatía; os lo digo yo, el
egotista según los otros. Y os lo digo porque es-
toy harto de farsas ahí, aquí y en todas partes.
Y volviendo á mi tema — si es que le tengo y
no es esto una sarta de reflexiones sin cuerda, —
os diré que la argentinidad me interesa porque mi
batalla es que cada cual, hombre ó pueblo, sea él
y no otro, y me interesa además como español re-
calcitrante y preocupado de mantener aquí la es-
pañolidad.
Al final del informe que me pidió Rojas y que en
su obra inserta, informe en quehacíayo constar que
ahí, en la Argentina, empiezan á dar fruto gérme-
nes que vsiendo muy castizos y peculiares nuestros,
aquí se han malogrado, y en que decía como es-
toy convencido de que cuando se quiera ver la
historia argentina en argentino, en nativo, se aca-
bará por verla en español ; al final de este informe
escribe Rojas: «Cree el señor Unamuno que cuan-
do los argentinos veamos nuestra propia historia
CONTRA ESTÓ Y AQUELLO
87
en argentino, concluiremos por verla en español,
y yo creo que cuando los españoles la vean con
esa clarividencia, terminarán por verla en argen-
tino, coincidiendo unos y otros en sus apreciacio-
nes.» Conformes de toda conformidad.
Y he aquí por qué me parece muy bien cuanto
Rojas escribe respecto á las colonias, como me pa-
reció muy bien lo que respecto á ellas escribió
«Abul-Bagi».
Lo que Rojas escribe sobre la pedagogía de las
estatuas es acertadísimo. Es verdad, las estatuas
de Garibaldi y de Mazzini — y lo mismo diría si se
tratase de las de Castelar ó de Riego — parecen
decir á sus paisanos: «no venís á una patria, sino
á una colonia». (Son palabras de Rojas). Y luego
tiene mucha razón al añadir que «en cuanto á Ga-
ribaldi y Mazzini, su significado es actual y políti-
co, grande dentro de Italia, pero fuera de Italia
depresiva para nosotros, ó reducido á las propor-
ciones de una época ó de un partido.» Y tiene ra-
zón, mucha razón, en decir que como testimonio
de fraternidad correspondíale ese honor al Dante
«símbolo de la Italia nueva y de la vieja y de la
italianidad imperecedera.» Y todo lo que luego es-
cribe Rojas sobre Garibaldi y sobre Mazzini — y
cuenta que éste es uno de los hombres á quien
más admiro— es de una gran justeza. Pero es que
el Dante está por encima de los entusiasmos sec-
tarios; es que el Dante fué católico, en el más no-
ble, más alto, más imperecedero 3' más hondo sen-
tido de la catolicidad. Fué católico y gibelino.
¿Y nosotros, los españoles? Como homenaje de
88
MIGUEL DE UNAMUNO
fraternidad debería bastarnos con la estatua de
Cervantes, el creador de El Quijote, que es tan
americano como español. Y luego, con que se cum-
pliese el voto de Rojas de que sobre el pedestal en
que hoy se alza ahí Mazzini se alzase Juan de Ga-
ray, ¿para qué queríamos más? Porque Garay, que
fué español y muy español, doblemente español
por ser de sangre vasca, no es de colonia, sino que
es el nexo entre la españolidad y la argén tinidad,
que en su fondo primitivo ha brotado de aquélla.
Todo cuanto Rojas escribe de la necesidad de
angentinizar á la Argentina frente á las colonias
es de una justicia evidente. Yo lo traduzco á nues-
tro problema español y veo su justicia. Las pala-
bras del inspector general don Victor M. Molina
dirigidas al ministro Wilde, y que en la página 317
de su obra reproduce, son acertadísimas.
Y muy bien, muy bien, muy bien, lo que sobre
la limitación de la libertad de enseñanza en prove-
cho de los altos intereses patrios escribe. Es tam-
bién aquí mi batalla; es mi constante predicación.
Y creo haber contribuido no poco á una cierta re-
acción en sentido estadista, de suprema imposición
del Estado, que aquí entre los liberales empieza á
notarse, á una reacción en favor del Estado do-
cente.
Aquí, aunque mucho menos que en la Argenti-
na, dada nuestra mayor homogeneidad, también
es la escuela privada factor de disolución nacio-
nal, en cuanto lo es de fanatismo, sea católico, sea
laico.
La restauración nacionalista con que Rojas sue-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
89
ña, como toda restauración nacional — y aquí la
nuestra, la española, tan amenazada por lo torci-
damente que se entiende eso de la europeiza-
ción— , tiene que empezar por la escuela, la escue-
la debe ser ahí la cuna de la argentinidad, como
la escuela debe aquí ser la cuna de la españo-
lidad.
Y en la argentinidad es donde tiene que buscar
la Argentina su universalidad. «No olvidemos — es-
cribe Rojas — que si el país ha abierto sus puertas
al extranjero, ha sido por un doble movimiento de
patriotismo y de solidaridad humana: necesitába-
mos crear económicamente la nacionalidad cuya
conciencia ya existía en tiempos de la Constitu-
yente y entregar, en generosa compensación, la
tierra virgen al trabajo humano. Pero nosotros no
abrimos las puertas de la nación al italiano, al fran-
cés, al inglés en su condición de italiano, de fran-
cés, de inglés; se las abrimos en calidad de «hom-
bre» simplemente. Cuando ese hombre que invoca
sentimientos de solidaridad humana al llamar á
nuestras puertas, conviértese, después de haber
entrado, en campeón de sus prejuicios políticos de
italiano, de francés ó de inglés, ese hombre trai-
ciona nuestra hospitalidad.» Esto está muy bien,
muy bien, muy bien. Y nótese que lo que moral-
mente no le es lícito, ni ai italiano, ni al francés,
ni al inglés, ni al español, es convertirse ahí en
campeón de los prejuicios políticos de su país, no
de su italianidad, galicanidad, anglicanidad ó es-
pañolidad en lo que éstas tienen de eternas, de
culturales y no de políticas. El fuerte contingente
90
MIGUEL DE UNAMUNO
italiano de la República Argentina ha podido y de-
bido llevar algo de la italianidad eterna á la argen-
tinidad, pero habrá de llevarlo en argentino. En
argentino, tanto en lengua como en espíritu.
Aun quedan en las obras de Rojas otros puntos
que merecen ser dilucidados, como es el referente
al estudio de la lengua y de su gramática. Pero
éste merece capítulo aparte.
UN FILÓSOFO DEL SENTIDO COMUN
Entre los libros que formaban la modestísima,
pero no mal escogida biblioteca de mi padre, es-
taban las obras de Jaime Balmes, el centenario de
cuyo nacimiento se celebrará dentro de pocos días
en su pueblo nativo, Vich. Y siendo yo un mozo,
á mis catorce años, cuando estudiaba en el Insti-
tuto de este mi Bilbao la asignatura de psicología,
lógica y ética, dediqué no pocas horas á la lectura
y estudio del publicista catalán. No puedo, pues,
negar que Balmes contribuyera tanto ó más que
otro cualquiera á despertar mi curiosidad filo-
sófica.
Cierto es que no cabe formarse una regular idea
de lo que fueron los portentosos sistemas de Kant,
Hegel, Fichte, Schelling, etc., por lo que de ellos
nos dice Balmes en su Filosofía fundamental.
Balmes no los comprendió, ni podía en rigor com-
prenderlos. Pero á través de sus pálidas traduccio-
nes, deformadas casi siempre, se adivina el origi-
nal. ¡Qué de vueltas no les di yo en aquellos mis
años juveniles á las para mí entonces misteriosas
fórmulas de' Fichte, A~A y yo~ yo! Mi pobre
02
MIGUEL DE UNAMUNO
espíritu andaba peloteado entre tautologías y pa-
radojas.
Después no volví á leer á Balmes hasta que á
mis veinticinco años fui á opositar una cátedra de
psicología, lógica y ética. Y entonces lo leí más
para atemperarme al ambiente intelectual de los
que habían de juzgarme, que por otra cosa. Y lue-
go no he vuelto á leerle. No es autor cuya lectura
se repite.
Y ahora, en la proximidad de su centenario,
tengo aquí, á mi vista y á mi mano, y en este mis-
mo cuarto en que hace más de treinta años los leía,
los libros de Balmes, que fueron compañeros de
las melancolías trascendentes de mi pubertad de
cuerpo y de espíritu.
De todas estas obras de Balmes era su filoso-
fía fundamental la que más me inquietaba, pug-
nando por penetrar en sus entonces para mí subli-
mes oscuridades, pero era su libro El Criterio el
que más me encantaba. Todo aquello de el tinto-
rero y el filósofo, el jugador de ajedrez, Sobieski
en el sitio de Viena, las víboras de Aníbal, los
cambios políticos de Don Marcelino, las pinturas
de el aborrecido, el arruinado, el instruido que-
brado y el ignorante rico, el cotejo entre el orgu-
llo y la vanidad, el hombre riéndose de sí mismo,
las mudanzas de Don Nicasio en breves horas...,
todo esto hacía mis delicias por lo anecdótico.
Se ha dicho muchas veces que uno de los me-
jores modos de conocer á una persona es por los
pasajes que subraya y señala en las obras que lee,
y esta observación me ha guiado á no subrayar ni
CONTRA ESTO Y AQUELLO
93
señalar pasaje alguno en mis libros para quitar al
que los lea luego asideros por donde juzgarme.
Pero ahora aquí me encuentro con los pasajes que
señaló en este libro de Balmes aquel que fui yo
hace más de treinta años. Y es significativo para
mí encontrar que mi antepasado — es decir, yo
mismo á mis catorce ó diez y seis años — señaló
este pasaje del párrafo I del capítulo XXI de El
Criterio , donde dice: «La vida es breve, la muer-
te cierta; de aquí á pocos años el hombre que
disfruta de la salud más robusta y lozana, habrá
descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo
que hay de verdad en lo que dice la religión sobre
los destinos de la otra vida». ¡Qué «mío» era ese
mi antepasado que señaló ingenuamente, en sus
preocupaciones juveniles este pasaje!
Pero después, como digo, no he podido volver
á leer á Balmes. Cuando lo he intentado me ha
saltado al punto á la vista la irremediable vulga-
ridad de su pensamiento, su empacho de sentido
común. Y el sentido común es, como dicen que
decía Hegel, bueno para la cocina. Con sentido
común no se hace filosofía.
«Sentido común, he aquí una expresión suma-
mente vaga», dice el mismo Balmes al empezar el
capítulo xxxil, dedicado al criterio del sentido
común, del libro primero de su «Filosofía funda-
mental». ¡Y tan vaga! Pero luego entra Balmes en
el análisis de este sentido de que tanto usó y abu-
só, y nos dice que sentido excluye reflexión, ex-
cluye todo raciocinio, toda combinación, que «cuan-
do sentimos el espíritu se halla más bien pasivo
94
MIGUEL DE UNAMUNO
que activo, nada pone de sí propio; no da, recibe;
no ejerce una acción, la sufre». Y añade que hay
que separar del sentido común todo aquello en
que el espíritu ejerce su actividad, y que con res-
pecto al criterio de sentido común el entendimien-
to no hace más que someterse á una ley que siente,
á una necesidad instintiva que no puede declinar.
Y luego dice: «común: esta palabra excluye todo
lo individual é indica que el objeto del sentido
común es general á todos los hombres». Y por úl-
timo, concluye definiendo así: «yo creo que la ex-
presión sentido común significa una ley de nues-
tro espíritu, diferente en apariencia según son
diferentes los casos á que se aplica, pero que en
realidad y á pesar de sus modificaciones, es una
sola, siempre la misma, y consiste en una inclina-
ción natural de nuestro espíritu á dar un asenso á
ciertas verdades no atestiguadas por la conciencia,
ni demostradas por la razón y que todos los hom-
bres han menester para satisfacer las necesidades
de la vida sensitiva, intelectual y moral».
Fijémonos en esta tan característica definición
y en el análisis que le precede y veremos como
Balmes, el filósofo (??) del sentido común, sentía
todo lo que de instintivo y pasivo, todo lo que de
irreflexivo é irracional tiene e^e sentido que se
endereza á satisfacer necesidades, es decir, á un
fin pragmático. ¿No dijo acaso este mismo sacer-
dote católico catalán que al mundo real hay que
considerarle y tratarle tal como es en sí, positi-
vo, práctico, prosaico? («El Criterio», capítu-
lo XXII, libro III).
CONTRA ESTO Y AQUELLO
95
Yo diría, y lo he dicho antes de ahora, que el
sentido común es el que juzga con los medios co-
munes de conocer y en vista de una finalidad prác-
tica, y que así en un paraje donde sólo un sujeto
conociese y usase el telescopio y el microscopio
rechazarían los demás sus afirmaciones, por con-
trarias al sentido común, juzgando ellos á simple
vista, y que, por otra parte, el sentido común de-
muestra ó cree demostrar todo lo que nos hace
falta para vivir.
Entre los ejemplos que Balmes presenta de sen-
tido común es el de que si uno pretendiese sacar
de un gran montón de arena un grano muy peque-
ño que en él se hubiese metido, revolviéndolo lue-
go, los circunstantes se mirarían desconcertados
exclamando: ¡qué despropósito! ¡no tiene sentido
común! Y aquí, como se ve, no se trata si no de un
caso de probabilidad, sujeto á cálculo, de la pro-
babilidad de sacar un número dado entre uno, dos,
tres ó mil millones.
Aquí tenemos á Cournot, el gran matemático
especialista en el cálculo de probabilidades, agudo
economista y sutil y profundo pensador francés; á
Cournot, cuyo crédito parece que ha vuelto á en-
trar en alza. Oigámosle lo que en su libro Consi-
deraciones sobre la marcha de las ideas en los
tiempos modernos nos dice acerca del sentido
común.
En el capítulo V del libro III de esta penetrante
obra, hablando de la psicología, escribía Cournot:
«Privado de este medio de comprobación, confina
do en el estudio de una especie única en su géne-
96
MIGUEL DE UNAMUNO
ro y hasta á menudo de una variedad única, el psi-
cólogo se ve reducido á apelar en todo caso
(«opportune, importune») á la opinión común. Pero
el sentido común dice que la ballena es un pez ó
por lo menos que se parece más á un pez que no á
un cuadrúpedo, y en esto el sentido común se en-
gaña: la ciencia que se llama zoología lo demues-
tra. El sentido común le encentra trá á un baobá
más analogía con una encina que con una yerba
como la malva, y la botánica condenará aquí la
opinión del sentido común. Que se nos cite un
caso en que la psicología corrija así al sentido co-
mún creeremos en la psicología científica».
Acaso hoy podrían citársele á Cournot casos de
éstos que pide y hasta cuando escribía eso, ha-
cia 1870, podía haberlos encontrado. Pero véase
cómo para Cournot lo característico de la ciencia
es corregir al sentido común. Hay que hacer no-
tar, sin embargo, que si el sentido común afirma
que la ballena se parece más á un pez que no á un
cuadrúpedo, no se equivoca al afirmarlo. Exterior-
mente, en lo que con- los sentidos comunes apre-
ciamos, así es. No es posible que nadie afirme que
la ballena, que no tiene patas, se parece más á un
cuadrúpedo que á un pez. Cournot anduvo torpe
al decir cuadrúpedo donde debió decir mamífero,
que no es lo mismo. El error del sentido común
sería concluir de la analogía externa á la interna.
Como es exacto que el baobá y la encina son am-
bos lo que llamamos árboles y la malva no lo es.
Pero aun con estas exageraciones paradójicas, el
criterio dominante en Cournot me parece más pro-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
97
fundamente filosófico que el criterio dominante en
Balmes, esta especie de escocés-catalán.
He dicho exageraciones paradójicas. Y es que
lo que llamamos paradoja es el más eficaz correc-
tivo de las ramplonerías y perogrulladas del senti-
do común. La paradoja es lo que más se opone al
sentido común, y toda verdad científica nueva
tiene que aparecer como paradoja á los del senti-
do común en seco.
En el segundo Congreso científico de Ginebra
de 1905 presentó G. Vailati una memoria sobre
«El papel de la paradoja en el desarrollo de las
teorías filosóficas», de la cual es el siguiente
párrafo: «La paradoja es siempre el efecto de una
definición más exacta de los conceptos, definición
que introduce un desacuerdo entre estos concep-
tos y la significación equívoca del término corres-
pondiente en el lenguaje común».
En el lenguaje común... El lenguaje común, en
efecto, es el del sentido común, formado por las
necesidades prácticas de la vida y enderezado á
servirlas. No es cosa suya la precisión científica.
Por lo cual tiene la ciencia que empezar por for-
marse un lenguaje propio y hasta una especie de
álgebra, como la de la química, con sus fórmulas.
Entre la palabra corriente y usual bencina y la
fórmula química con que se la representa media
un abismo.
Pero es claro que el sentido común tiene su
campo, como le tiene el suyo la paradoja. Cuando
un bachiller pedante enuncia gravemente que el
frío no existe, no hace sino soltar una enorme ton-
7
98
tería, porque el pueblo al hablar de frío, no ¡supo-
ne teoría alguna ni menos que su causa sea con-
traria á la del calor, sino supone sencillamente
una sensación y una causa, sea la que fuere, de
esta sensación.
El sentido común tiene, sin duda, su campo,
que no es precisamente el filosófico; pero la para-
doja tiene también el suyo. Y si aquél es lo colec-
tivo, lo común, éste es ó empieza por ser lo indi-
vidual, lo propio. La paradoja es el más genuino
producto del sentido propio. Y es, por lo tan-
to, el más eficaz elemento del progreso, ya que
por lo individual se progresa. El cambio es siem-
pre de origen individual; una masa, en cuanto
masa, no cambia sino de posición respecto á otras
masas.
La historia toda del pensamiento humano podría
reducirse al conflicto y juego mutuo entre el sen-
tido común y el propio, entre la perogrullada y la
paradoja, entre el instinto práctico y la razón es-
peculativa.
Y hay también una paradoja práctica ó moral.
Y si el cristianismo fué un escándalo para los pa-
ganos, según San Pablo, es porque fué una enor-
me paradoja. Y á medida que ha ido desparadoji-
zándose, acomodándose al sentido común moral,
ha ido descristianizándose, como lo vió muy bien
aquel terrible danés que se llamó en vida Kierke-
gaard.
Muchas veces se ha hecho notar lo profunda-
mente paradójico del cristianismo. Y sin entrar en
lo de <> credo, quia absurdum», en el mero campo
CONTRA ESTO Y AQUELLO
99
moral es muy exacta la observación del profesor
Bousset, de Gotinga, de que no. entenderemos
bien ciertas palabras de Jesús mientras no nos
demos cuenta de que tomadas unilateralmente, á
la letra, son paradójicas. ¿Qué si no paradoja es
aquello de que si el ojo derecho te hace tropezar,
te lo saques? ¿Y lo de presentar la otra mejilla al
que nos golpeare en una? ¿Y lo de ser más difícil
entrar un rico en el reino de los cielos que hacer
pasar un camello por él ojo de una aguja, ó en-
hebrar por éste un calabrote (según se traduzca)?
¿Y aquello otro de que no puede ser discípulo de
Cristo el que no odie á su padre y á su madre y á
su mujer y á sus hijos y á sus hermanos y á sus
hermanas?
El honrado P. Scio, en las notas que puso á su
traducción castellana de la Biblia, dice al llegar á
este último pasaje (Lucas, XIV, 26), que «abo
rrecer á sus parientes no quiere decir quererlos
mal, sino detestar sus máximas y su conducta,
cuando son opuestas al Evangelio». Nota henchi-
da, sin duda, de sentido común, pero en la que no
resplandece, ciertamente, una gran comprensión
del terrible sentido de las palabras de Jesús,
pronunciadas cuando se esperaba el próximo fin
del mundo. Y la terribilidad de ese sentido es
una terribilidad permanente por que el fin del
mundo está de continuo inminente para cada uno
de nosotros. De donde el principio de no apegar
nos á los afectos de la carne, los que la muerte
rompe.
¡Adonde me ha traído el comentario de Bal-
100
MIGUEL DE UNA MUÑO
mesl El cual, por cierto, jamás se dejó llevar á
semejantes terribilidades. Su fuerte dosis de sen-
tido común, práctico catalán, le apartó de todo
misticismo. No había en él la estofa de un San
Juan de la Cruz, el castellano. Vich no es Fonti-
veros. No hay sino leer en el capítulo XXVIII de
la ética de su Filosof ía elemental las páginas que
dedica á la inmortalidad del alma y los premios y
penas de la otra vida. Todo es del más sosegado
sentido común: falta el soplo del misterio Es una
disertación retórica y hasta elocuente. «La inmor-
talidad nos encanta», dice con encantadora senci-
llez. Oídle: «Y este deseo inmenso que vuela á
través de los siglos, que se dilata por las profun-
didades de la eternidad, que nos consuela en el
infortunio y nos alienta en el abatimiento; este
deseo que levanta nuestros ojos hacia un nuevo
mundo, y nos inspira desdén por lo perecedero,
¿sólo se nos habría dado como una bella ilusión,
como una mentira cruel, para dormirnos en brazos
de la muerte y no despertar jamás? No, esto no es
posible: esto contradice á la bondad y sabiduría
de Dios; esto conduciría á negar la Providencia,
y de aquí el ateísmo».
Ved en este párrafo, que no carece de una cier-
ta elocuencia vulgar y de lugares comunes — los
propios del sentido común — el instinto sustituí-
do á la razón para servir á las necesidades prácti-
cas del orden moral. Se busca consuelo más que
verdad.
El hombre, al tratar de esto, se exalta. «¿Quién
nos mece con tantas esperanzas si no hay para
CONTRA ESTO Y AQUELLO
101
nosotros otro destino que la lobreguez de la tum-
ba? ¡Ay, qué trite fuera entonces el haber visto
la luz del día, y el sol inflamando el firmamento,
y la luna despidiendo su luz plácida y tranquila,
y las estrellas tachonando la bóveda celeste como
los blandones de un inmenso festín; si al deshacer-
se nuestra frágil organización no hay para nos-
otros nada, y se nos echa de este sublime espec-
táculo para arrojarnos á un abismo donde durma-
mos para siempre!... Entonces el mundo no sería
una belleza, no el «cosmos» de los antiguos, sino
el caos: una especie de fragua donde se elabora
en confusa mezcla Jos placeres y los dolores; don-
de un ímpetu ciego lo lleva todo en revuelto tor-
bellino; donde se han reservado para el ser más
noble, para el ser inteligente y libre, mayor cú-
mulo de males, sin compensación ninguna; donde
se han reunido en síntesis todas las contradiccio-
nes: deseo de luz y eternas tinieblas; expansión
ilimitada y silencio eterno; apego á la vida y muer-
te absoluta; amor al bien, á lo bello, á Jo grande
y el destino á la nada; esperanzas sin fin y por
dicha final un puñado de polvo dispersado por
el viento». Y acaba estas nobles páginas últi-
mas de su ética, henchidas de la elocuencia del
sentido común, diciéndonos que la existencia
de otra vida la enseña la razón — lo que es dudo-
so— nos lo dice el corazón — lo que es muy cier-
to— lo manifiesta la sana filosofía — ¿cuál es la
sana? — lo proclama la religión, y así lo ha creí-
do siempre el género humano. Esto último, que
debe de ser lo de más fuerza para un filósofo de
102
MIGUEL DE UNAMUNO
sentido común, es algo que la historia desmiente,
¡Pero con qué íntima y recogida emoción, con
qué palpitaciones de corazón y de espíritu leía yo
estas elocuentes consolaciones allá, en los melan-
cólicos albores de mi mocedad, en este mismo
cuarto en que ahora escribo estas líneas!
LA VERTICAL DE LE DANTEC
Libro más divertidamente cómico y á la vez más
representativo que éste de Félix Le Dantec, en-
cargado de cursos en la Sorbona, sobre el ateísmo
— «L'Athéisme» — , no espero poder volver á leer-
lo en mucho tiempo.
Y no es que me escandalice el ateísmo del se-
ñor Le Dantec; ¡muy lejos de eso! Es muy libre
de ser ateo y allá Dios se las entienda con él. Ni
voy á hablar de su ateísmo, que es como el ateís-
mo de otra porción de ateos; y muy respetable sin
duda. Voy á hablar del cientificismo de este for-
midable biólogo señor Le Dantec, á quien no le
faltan — ¡y cómo habían de faltarle! — admirado-
res. Pero dejemos los juicios para después de nues-
tro examen.
Empecé á leer este libro para distraerme y ma-
tar el rato. Todo iba bien mientras el autor nos
explica cómo él es ateo y no puede menos de serlo
y lo es de nacimiento, casi ab ovo, por una espe
cié de determinismo biológico. Lo cual es muy
ameno, y no sé si discutible. Pero hete aquí, que
104
MIGUEL DE UNAMUNO
al llegar á la página 27 , me encuentro con este
párrafo:
«Descartes, que era matemático, sabía, sin em-
bargo, que ciertas cantidades pueden crecer inde-
finidamente sin pasar jamás de un límite dado, ó
si se prefiere, que ciertas curvas tienen una asín-
tota (asymptota) horizontal.» ¡Asíntota horizon-
tal!— me dije. Creía no leer bien. ¡Asíntota hori-
zontal!
Invito á cuantos sepan matemáticas á que me
indiquen en qué se diferencia una asíntota hori-
zontal de una vertical ó que viene de sesgo. Sin
duda alguna, el libro en que el formidable señor
Le Dantec estudió geometría analítica tenía pin-
tada alguna rama de hipérbole con su asíntota re-
presentando la horizontal respecto á la posición en
que se coloca un lector. No tenía sino haber dado
un cuarto de vuelta al libro y hete ya la misma
asíntota representada vertical.
Pero lo divertido no es esto. Lo divertido es que
este publicista de biología, profesor de la Sorbo-
na, formidable ateo y más formidable cientificista
— lo cual no quiere decir hombre de ciencia, ni
mucho menos — , ignora, así, ignora que las nocio-
nes de horizontalidad y verticalidad, así como las
de arriba, abajo, delante, detrás, á la derecha y á
la izquierda, no son nociones geométricas ni de
ellas se necesita en geometría. Son nociones que
más bien podrían llamarse fisiológicas; dicen rela-
ción al espectador. Cualquier chiquillo, aunque no
sea biólogo ni ateo ni determinista ni haya estu-
diado en la Sorbona, sabe que aquello que teñe-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
105
mos ahora á la derecha, con sólo dar media vuel-
ta, se nos pone á la izqaierda.
«¡Pues si es precisamente lo que luego dice Le
Dantec!» — exclamaría algún lector que le haya
leído. Y yo le replico: no, no es eso lo que dice.
El señor Le Dantec supone al vulgo de los morta-
les unas nociones que no posee; el señor Le Dan-
tec es uno de esos pedantes que andan diciendo
que el frío no existe. Vamos á verlo.
«¿Diréis que el color existe, que existe el soni-
do?», pregunta el ateo. Y yo respondo: claro que
sí, pues que veo el uno y oigo el otro. Y me con-
testa: «Os responderé que el color resulta del en-
cuentro de ciertas condiciones ambiantes y de un
ser vivo capaz de ser impresionado, pero que es
preciso que haya dos factores para que el color
exista, á saber: un estado particular de lo que los
físicos llaman el éter 3 un hombre que vea. Ahora
bien, tenemos una idea tan absoluta del color que
no podemos imaginar al color como no existente,
aun cuando todos los seres vivos se destruyeran.»
¿Puede darse superficialidad más ramplona? Llá-
mele usted á la causa objetiva ó externa del color
como usted quiera, y crea usted en el éter más
que en lo que ve, ó en Dios, siendo así que el éter
es, por lo menos, tan hipotético como Éste, siem-
pre resultará que la sensación existe y que la tal
sensación es tan real, y hasta tan objetiva, como
el supuesto éter. ¿O es que yo no soy objeto y no
es objeto lo que en mí pasa? Y como si los seres
vivos se destruyeran, podría continuar esa causa
continuaría el color. Otra cosa equivaldría á afir-
106
MIGUEL DE UNAMUNO
mar que, destruida — si es que su total y absoluta
destrucción cabe, cosa que no lo sé — la concien-
cia, se destruiría todo lo que en ella se refleja.
¿Quién sabe cómo es la realidad exterior, en sí»
fuera y aparte de nuestra representación de ella?
El formidable biólogo ateo no ha pasado por Kant;
su cientificismo es de lo más infilosófico, es decir,
de lo más grosero que cabe.
La tontería — porque no es más que una tonte-
ría— es del mismo género que aquella otra de que
el frío no existe y parte de la gratuita suposición
de que el vulgo cree que el frío es una cosa objeti-
va, independiente en absoluto de nosotros, y
opuesta á otra cosa que se llama calor. Y no hay
tal cosa. El vulgo — es decir, el vulgo no cientifi
cista y no ateo — no supone nada de eso. Se limita
á decir que hace frío cuando lo siente y cuando
siente calor á decir que lo hace; y tiene razón, y
no hay que calumniar al vulgo. ¿Que el frío resul-
ta de una diminución en tales ó cuales movimien-
tos moleculares ó como sea? Bien; lo mismo da. Es
como si yo dijese que el hielo no existe; que no es
más que agua congelada. Pero hay que seguir con
Le Dantec, porque ahora viene lo bueno.
Ahora entra en su incomparable ejemplo de la
vertical. ;Oído á la caja! Habla de la vertical abso-
luta. ¿Absoluta? ¿qué es esto? Yo no lo sé , y creo
que Le Dantec tampoco. Veamos primero: ¿á qué
llamamos vertical? Llamamos vertical á la línea de
la plomada, á la de un grave cuando cae. No es,
pues, una noción geométrica, sino física, ó más
bien fisiológica. La vertical dice relación á la po-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
107
sición normal del espectador, cuando está de pie.
Es una cosa que se siente. Y llamamos todos ver-
tical á la trayectoria de un grave que cae sin obs-
táculo, y á todas las que íe sean paralelas en
el espacio. Ni más ni menos. Volvamos á Le
Dantec.
«Tengo laidea innata de esta vertical», nos dice.
¿Innata? Luego este formidable biólogo cree en las
ideas innatas. Bueno es saberlo. Pero, ¿qué enten-
derá por idea innata? El mismo prevé la dificultad,
y nos dice que si no queremos disputar sobre esto,
si esa idea no le es innata, esto es, si no le vie-
ne por herencia de un error ancestral largamente
acreditado, ha nacido en él, naturalmente, por la
constatación errónea de la superficie plana de la
Tierra. ¡Qué de cosas, Dios mío! (Perdón por ha-
ber invocado á Dios en este caso.) ¿Qué tendrá
que ver la noción de verticalidad con si la Tierra
es plana ó es redonda? El bueno de Le Dantec
cree, sin duda, que para las gentes la noción de
verticalidad viene de la de horizontalidad, que es-
timamos ser vertical la perpendicular á un plano
horizontal. ¡Pedantería, pedantería, pedantería!
Sea redonda, como parece ser que es, sea plana
la Tierra, siempre será para cada uno de nosotros
vertical la línea de la plomada y siempre serán
horizontales el plano y las líneas de este plano
perpendiculares á la vertical ó que con él forman
ángulo recto, siempre será horizontal todo plano,
como el de una mesa de billar, donde el nivel lo
señale. Y ese plano horizontal es un plano ideal.
El plano ideal del mar, el que formaría si estuvie
108
AliGUIiL DE UNAMUNO
se en perfecta y absoluta calma, es el de una su-
perficie curva, convenido; pero tenemos, no ya
sólo la noción, sino el sentimiento de una super-
ficie plana, tangente al punto de la curva terres-
tre en que nos hallamos, y á esto le llamamos
horizontal.
Y ello es tan real y tan objetivo como cualquier
noción rigurosamente geométrica.
«Tal vez hay gentes — escribe el formidable
biólogo — que no conciben vertical la absoluta,
como hay ateos » Pero si la vertical se siente, se-
ñor Le Dantec, ¡se siente'
Y Dios también se siente. Lo que hay es que el
señor Le Dantec, ni sabe bien lo que es una ver-
tical, ni menos sabe lo que es Dios. Porque esto
es lo que de su libro resulta; que no tiene la más
remota idea de qué es lo que llamamos Dios mu-
chos de los que en El todavía creemos.
«Ahora bien — prosigue — la idea de la vertical
absoluta es matemáticamente absurda; hay tantas
verticales como puntos hay en la superficie de la
Tierra...» ¡Evidente! Para cada observador hay su
vertical, y todas las líneas, que son infinitas, á
ella paralelas. ¿Y por eso no es absoluta? ¿Qué es
eso de absoluto? Por ese procedimiento me com-
prometo á demostrarle que nada real es absoluto.
Todo es, pues, relativo. Convenido; pero, ¿y la
relatividad misma, no es también relativa? ¿No es-
tamos, llevados por estos cientificistas pedantes,
jugando con las palabras?
Pero lo gordo es lo que sigue á los puntos sus-
pensivos que dejé arriba, y es esto; «La (vertical)
CONTRA ESTO Y AQUELLO
109
de mi antípoda es contraria de la mía.» ¡Estu-
pendo! El formidable biólogo divide las verticales,
á lo que parece, en verticales que van de arriba
abajo y verticales que van de abajo arriba. Ya lo sé
para en adelante, gracias á este amenísimo ateo;
tengo en mi casa dos escaleras contrarias , aque-
llas por las que bajo y aquellas otras por las que
subo. A lo cual podrá decirme cualquier Le Dan-
tec de aun menor cuantía, que la escalera de mi
casa es algo real, concreto, tangible y visible,
mientras que la vertical ó línea trayectoria de un
grave que cae sin obstáculo, no es sino una línea
ideal. Tanto más en mi favor. El grave cae de
arriba abajo, claro está; pero la línea ideal que
recorre, ni cae ni sube, ni va de arriba abajo, ni
de abajo arriba.
Casi me da vergüenza, lectores míos, de entrar
en estas explicaciones, y no lo haría si no supiese
los estragos que hace el cientificismo, sobre todo
en los que no tienen una sólida educación cientí-
fica y en los que no han disciplinado su mente con
una seria y austera filosofía, con aquella filosofía
perenne de que habló, creo que Leibnitz, y viene
viviendo y acrecentándose, juntamente con la
idea de Dios, á través de los siglos. Y da pena ver
gentes que hurtan su espíritu á las fecundas fati-
gas del trato con esa filosofía perenne, y se pren-
dan de cualquier pincha-ranas que nos hable de
asíntotas horizontales y no más que porque va
contra Dios y contra las más seculares y proba-
das concepciones humanas. Al tan famoso odium
theologicum hay un odium antitheologicum ó
110
MIGUEL DE UNAMUNO
contratheologicum que se le contrapone. Pero
volvamos á Le Dantec.
El cual dice más adelante, en la pág. 31: «Aun
admitiendo que se pudiera demostrar que no hay
Dios, como se ha demostrado que no hay vertical
absoluta...» Y esto se me aparece como lo que
suelen hacer los predicadores jesuítas — especie
de Le Dan tees de la otra banda, — después que
disparan un argumento, y es que añaden: «Que-
da, pues, evidentemente demostrado que, etc.»,
por si acaso el oyente no lo había advertido. Lo
mismo que el pintor famoso que puso al pie de un
bicharrajo mal perjeñado: Esto es un gallo.
Me he propuesto no seguir al formidable biólo-
go descubridor de las asíntotas horizontales en su
tesis central de ateísmo. ¿Para qué, si empiezo por
decir que el señor Le Dantec no tiene apenas idea
de qué es lo que entienden por Dios los creyentes
ilustrados? Con que hubiera dicho: «no sé qué es
eso de Dios» y ello es verdad que no lo sabe, se
habría ahorrado todo el libro. El formidable bió-
lo no sabe qué es Dios, pero sabe en cambio que
«la conciencia moral está más desarrollada en las
abejas ó en las hormigas que entre los hombres, á
juzgar cuando menos por el orden perfecto de su
vida social» (pág. 34). Cuéntase que oyendo un
discípulo de Plinio decir á éste que el elefante ve
crecer la yerba, exclamó: ó Plinio ha sido elefante
ó algún elefante se lo ha contado á Plinio. Y este
formidable Le Dantec que del orden perfecto (¿?)
de la vida social de las abejas y las hormigas de-
duce que tienen una conciencia moral más des-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
111
arrollada que la del hombre como de los movi-
mientos de los planetas, podría deducir que éstos
conocen las leyes de Copérnico; este mismo des-
cubridor de las dos verticales, la que baja y la que
sube, nos dice poco más adelante (pág. 56) que
sus hermanos creyentes «rehusan á las hormigas,
que son tan pequeñas, la idea misma de Dios.» ¿A
quién se le ocurre ni rehusar ni atribuir á las hor
migas ni esa ni otra idea alguna? Pero de estas
imputaciones gratuitas está lleno el libro del ho-
rizontal biólogo, que se finge unos creyentes fan
tásticos ó sólo tiene en cuenta los pobres aldeanos
Cándidos é ignorantes de su nativa Bretaña. (Tie
ne buen cuidado en decirnos que es bretón, pai-
sano de Chateaubriand, de Lamennais, de Re-
nán...)
¡Qué idea tiene de los creyentes! «Orar es la
más importante ocupación de los creyentes», nos
dice poco después, y hace seguir á esta formida-
ble afirmación unas líneas en que demuestra igno-
rar qué es y qué significa la oración para los cre-
yentes que no sean los aldeanos sus coterráneos
sobre cuya mentalidad no le ha elevado su biolo-
gía toda.
Y más vale dejar todo lo que sigue y entre ello
lo de qae ño cree que el tigre tenga la idea de
Dios y otras amenidades del mismo calibre ¿Para
qué seguir?
Pues de estos formidables cientificistas están
hoy llenas nuestras bibliotecas económicas y de
avulgaramiento. No hace mucho que en un ar-
tículo, largo como suyo, nos hacía saber el señor
112
MIGUEL DE UNAMUNO
Moróte que no existen ni la idea del tiempo ni la
del frío, que son... ¡anticientíficas! Y como no es
de creer que nuestro fecundo publicista quisiese
decir lo que dijo, esto es, que no existen las
«ideas» de tiempo y de frío, pues que de ellos ha-
blamos, habrá querido decir, supongo, que no exis-
ten ni el frío ni el tiempo, lo cual es más ameno y
más «ledantequesco» todavía. Ya Marinetti, el fu-
turista, mató no hace mucho, en un célebre ma-
nifiesto— amenísimo también — al tiempo y al espa-
cio, diciendo así: ¡Ayer murieron el tiempo y el
espacio! Con que ahora maten á la lógica ya que-
damos libres de los tres tiranos del espíritu, pues
eso de que no pueda uno estar á la vez en todas
partes, que no pueda vivir á la vez ayer, hoy y
mañana, y que no pueda sacar de un principio la
conclusión que más le agrade, es decir, que no
podamos ser infinitos, eternos y absolutamente li-
bres, es bien fuerte cosa. Pero no, á la lógica no
pueden matarla, y por bien clara razón.
¿Todo esto es sólo ameno y ridículo!5 No: todo
esto es triste, muy triste. Debajo de ese cientificis-
mo nada científico, debajo de toda esa gárrula y
ramplona pedantería asoma bien claro el odiitm
antitheologicum > no menos dañino que el odium
theologicum, y, en realidad, la misma cosa que él.
Con esas patochadas con disfraz de ciencia se
está envenenando á pobres espíritus ansiosos de
saber y halagando malas pasiones. Y todos esos
biólogos horizontales, ya sea Le Dantec, ya sea
Haeckel — que aunque algo más serio tampoco lo
es mucho ni menos ignorante de lo que trata de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
113
combatir, como puede verse por su archisuperficial
libro sobre Los Enigmas del Universo — forman
una especie de asociación ó masonería internado
nal, con aduanas en las fronteras, se traducen y
celebran los unos á los otros y prentenden ceirar
el paso al conocimiento de los pensadores serios
y bien intencionados, libres de sectarismos y de ra-
bias— sea la rabia teológica ó sea la antiteológica —
á los filósofos que se adhieren á la filosofía pe-
renne. Y así hay quien se extasía con Haeckel y
apenas si conoce á Darwin, y admira á Le Dantec
sin haber estudiado debidamente á Claudio Ber-
nard. Verdad es que ni Darwin ni Claudio Bernard
se propusieron nunca, que yo sepa, demostrar que
no hay Dios ó que le hay.
Estos cientificistas metidos á filósofos y teólo-
gos— ó antiteóiogos, que es igual — están haciendo
un vulgo cientificista y horizontal, más vulgo aún
que el otro. Porque el vulgo sencillo y á la bue-
na de Dios dice que hace frío cuando le siente y
que se va el tiempo, y no se mete en filosofías res-
pecto á lo que sean ó no sean objetivamente el
frío y el tiempo, mientras que el otro vulgo, el
vulgo adulterado por malas lecturas pésimamente
digeridas, cree creer en el éter más que en sus
propias sensaciones y se traga cualquier cosaza,
más ó menos horizontal, de cualquier biólogo con
tal que confirme sus prejuicios y sus supersticio-
nes, tanto ó más supersticiosas que las del otro
vulgo y sin la disculpa de las de éste.
j.Y qué Cándido es este vulgo adulterado por el
cientificismo! De vez en cuando recibo alguna
8
114
MIGUEL DE UNAMUNO
carta de algún incógnito lector cientificista en que
me dispara, empleando tal vez para ello una do-
cena de pliegos, los más resobados y asenderea-
dos lugares comunes de la ciencia y la filosofía
más baratas. «No es posible que este señor piense
así y diga estas cosas si no porque ignora todo
esto», deben de pensar. Porque hay personas tan
candorosas , que cuando se encuentran con al-
guien que no piensa como ellos en un punto dado,
suponen que es porque no tiene los datos y cono-
cimientos que tienen ellos sobre el tal punto y no
se les pasa por las mientes la idea de que acaso
tenga todos esos datos y conocimientos y otros
más. Y si llegan á sospechar tal cosa, al punto le
piden á uno que les ilustre, como si fuese posible
dar todo un curso. El teorema 121 se apoya en el
120, éste en el anterior y así sucesivamente, y hay
veces en que habría que explicar los 120 teore-
mas. Y hay quienes escriben obras doctrinales de
conjunto y hay quienes hacemos ensayos sueltos,
más para suscitar y sugerir problemas que para
desarrollarlos.
Y conviene decir, por conclusión, que si hay
una biología, y una fisiología, y una geometría,
y una sociología, hay también una teología, tan
ciencia en su método como otra cualquiera. Y que
tan absurdo es que un Le Dantec cualquiera se
meta á escribir del ateísmo sin haber saludado la
teología, como que un teólogo se meta á hablar
del plasma germinativo ó de la herencia biológica
sin haber saludado la biología
Ocasiones sobradas tendré, por desgracia, de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
115
volver sobre este mismo tema, uno de mis favori
tos. Y los horizontales todos, biólogos y no biólo-
gos, quedan libres de decir que no soy más que
un redomado retrógrado, un jesuíta disfrazado.
¡Como ellos saben lo que piensan las hormigas!...
EL ROUSSEAU DE LEMAITRE
Acabo de leer, y con grandísimo interés por
cierto, las diez conferencias que dedicó, creo que
en la Sorbona, Julio Lemaítre á Juan Jacobo Rous-
seau (Jules Lemaítre, Jean Jacques Rousseau.
París, Calmann-Lévy).
Sabido es que las tales conferencias tuvieron
un gran éxito, y que han dado lugar á no pocas
polémicas.
En el fondo, las tales conferencias han tenido
tanto de político como de literario, y han sido un
acto más de la reacción discreta y razonada con-
tra los últimos excesos del jacobinismo francés.
Debo declarar que me es muy poco simpático
este jacobinismo, y que pareciéndome muy bien
la labor de un Combes, un Waldeck-Rousseau y
hasta la de un Clemenceau, me causan pena de-
claraciones como las que lanzó desde la tribuna el
ministro Viviani, jactándose de que se le hubiera
arrancado al pueblo la fe en otra vida ultraterrena.
Pero si el dogmatismo racionalista, la ridicula
fe en que la Ciencia y la Razón bastan y la falta
de espiritualidad del jacobinismo me son poco sim-
118
MIGUEL DE UNAMUNO
páticos, no me lo es más el conservadorismo ar-
chidiscreto y el escepticismo elegante del neoca-
tolicismo literario francés. Me repugnan esos ca-
tólicos volterianos y nacionalistas que defienden
el catolicismo porque va ligado á las grandes figu-
ras de la literatura francesa, y sobre todo, porque
el protestantismo les parece germánico. No creo
posible mayor mezquidad de punto de vista.
He querido siempre á Rousseau; le he querido
tanto cuanto me ha sido odioso Voltaire. He que-
rido siempre al padre del romanticismo, y le he
querido por sus virtudes evidentes y hasta por sus
más evidentes flaquezas; he querido siempre á esa
pobre alma atormentada, que á pesar de profesar,
por defensa propia, el optimismo, es el padre del
pesimismo. Y en esto no se para Lemaitre, ni me
parece haber visto bien que á pesar de las apa-
riencias, Rousseau, el padre espiritual de Ober-
mann, fué siempre un sombrío pesimista, un ne-
gad or del valor de la vida.
Lemaitre juzga á Rousseau con gran severidad,
hasta con dureza, y le carga en cuenta casi todos
los que él estima males que han asolado á Fran-
cia. Y en el fondo, ¿sabéis cuál es la acusación
principal que contra él dirige? La de ser extranje
ro. No lo dice expresamente así más que dos ó
tres veces; pero se lee entrelineas.
« Esta sinrazón — dice en la conferencia déci-
ma— esta subordinación total del juicio á la sen-
sibilidad, le coloca en un lugar único en nuestra
literatura. Comparadle, no digo con los grandes
escritores del siglo xvn, sino con Voltaire, con
CONTRA ESTO Y AQUELLO
119
Montesquieu, con Buffón, hasta con el aventuroso
Diderot. i Qué sensatos se os aparecerán! ¿Por
qué no decirlo? Innumerables páginas de Rous-
seau desbordan de un absurdo ingenuamente in-
solente. Os he hecho ya notar que sus más decidi-
dos partidarios se ven á menudo obligados á inter
pretarlo y á confesar que lo interpretan; no hay
que considerar, dicen, lo que dice, sino lo que
ha querido significar, y que es profundo ó sublime.
Ahora bien: Rousseau es el único de nuestros clá-
sicos (si es que puede dársele este nombre) que
necesite de una interpretación tan complaciente
y tan radicalmente trasformadora del texto. Los
demás pueden engañarse; dicen lo que dicen y no
otra cosa. Entre sus audacias ó sus caprichos les
queda su razón. Se mantienen en la tradición fran
cesa. Rousseau,- este interruptor de tradiciones;
Rousseau, este extranjero, inserta en nuestra his-
toria literaria un fenómeno, un monstruo.»
Y más adelante, al final de su última conferen-
cia, dice: «He adorado el romanticismo, he creído
en la Revolución. Y ahora pienso con inquietud
que el hombre que no sólo ciertamente, pero más
que nadie, creo, resulta haber hecho ó preparado
entre nosotros la Revolución y el romanticismo
fué un extranjero, un perpetuo enfermo, y por úl-
timo, un loco. »
¡Un extranjero! He aquí el mayor delito para
este francés francisante Un extranjero, es decir,
i un bárbaro! Y, además, un loco. Y un loco en
cuanto extranjero.
¿Qué? ¿Os choca esto último que digo? Pues oid
120
MIGUEL DE ÜNAMUNO
al mismo Lcmaitre, que os dice que las partes más
sanas de Rousseau son aquellas en que hubiera
reconocido á sus abuelos parisienses y católicos.
Es decir, que la locura de Rousseau le venía de
lo que tenía de no francés. Sabido es, en efecto,
que la razón es un privilegio de la raza francesa —
M. Pierre Lassere os dirá que es privilegio del
francés ser entusiasta sin hacer el primo, sin ser
«dupe» — y que los demás pueblos no gozan de
ella sino en cuanto se dejan influir por el espíritu
francés.
Y estos hombre-, henchidos de la más ridicula
petulancia colectiva, petulancia que se nutre de
la ignorancia de los demás y hasta de la incapaci-
dad de comprenderlos; estos hombres nos habla-
rán del orgullo de Juan Jacobo.
M. Lemaitre se cuida del lugar que Rousseau
ocupa en la literatura francesa y duda de si puede
ó no llamársele un clásico de ella; pero no se le
ocurre pensar cuál sea su lugar en la literatura
universal, y si es posible que signifiquen muy poco
ó no signifiquen nada en ello tal ó cual clásico
francés, su Bossuet, verbigracia, que á los no fran-
ceses nos resulta sencillamente insoportable.
Al final de su sétima conferencia dice Lemai-
tre: «Pues este hombre, que ha escrito él solo más
tonterías, mucho más que todos los demás grandes
clásicos juntos, es también el que ha abierto á la
literatura y al sentimiento más caminos nuevos...»
Y es natural. Leed entre los maravillosos ensayos
de William James («The will to believe and other
essys») el titulado Los grandes hombres y su am-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
121
tiente («Great raen and their environment»), y
veréis cómo os explica que la absurda física de
Aristóteles y su lógica inmortal, fluyen de la misma
fuente. En cambio, no he encontrado ni una sola
tontería en las diez conferencias de Lemaitre;
pero, en cambio, tampoco me ha abierto una sola
senda y no me ha servido más que para admirar-
me de cómo el «bon sens» puede ahogar tocio pro-
fundo sentido de comprensión íntima.
En otro pasaje nos dice que sí, que Roseau es-
taba loco, sin duda, y en seguida añade con su
buen sentido habitual: «¡Y cuántos hombres no
lo estarían á nuestros ojos, Dios mío, si los cono-
ciéramos, si escribieran libros y si entre su desva-
río tuvieran algún genio!» Y he aquí por qué no
se le puede conocer á Lamaitre su locura: porque
no tiene ni un átomo de genialidad.
Leéis las diez conferencias, rebosantes de «bon
sens¿, y no podéis por menos de ir diciendo: ¡es
verdad, tiene razón este señor profesor!; pero al
concluirlas y traer á vuestra memoria al Rousseau
de vuestros años juveniles, exclamáis: «¡e pur si
muove!»
Cuando Lemaitre quiere explicarse cómo Rous-
seau, á pesar de sus contradicciones, de sus para-
dojas, de sus absurdos, despertó el entusiasmo de
tantos y llegó á ser un ídolo como no pudo serlo
el antipático y razonable Voltaire; cuando ve todo
esto no se le ocurre sino acudir á la estupidez, á
lá «bétise» humana, que no se entusiasma ni con
Bossuet ni con Augusto Comte, que parecen ser
dos de Los santones de Lemaitre y sus congéne-
122
MIGUEL DE UNAMUNO
res. Y esto de la «bétise», ó ele la estupidez, es
una explicación de una profundidad inaudita ; es
una explicación sencillamente «béte».
¡Pobre Rouseau! En el fondo de los ataques que
á este protestante ginebrino dirige el profesor pa-
risiense y catolizante — no me atrevo á llamarlo
católico, — no hay sino un horror ála pasión y un
culto á la razón. Aunque el buen hombre proteste
de lo primero y nos quiera hacer ver que la sen-
sibilidad no es la sensiblería romántica, ni la pa-
sión el desenfreno.
Siempre en el seno del catolicismo ha habido
dos tendencias. Una, la genuinamente religiosa,
la cristiana, la mística si se quiere, la no perverti-
da por el moralismo mundano, la que floreció en
los jansenistas, en Francia — en aquellos nobles,
profundos y santos jansenistas, — la que muestra el
lado por donde el catolicismo puede entenderse y
concordarse con las demás confesiones cristianas,
y de otra parte la tendencia política, la específica-
mente católica, la escéptica. Los católicos de la
primera tendencia han sentido simpatía por Rous-
seau, aun deplorando los que estiman sus horrores
y aversión á Voltaire, mientras que los católicos de
la segunda tendencia han temido á Rousseau y se
han recreado con las «polissoneries» de Voltaire.
M. Lemaitre p^re:e acercarse á este segundo y
horrendo catolicismo volteriano, resucitado por
motivos políticos, y sobre todo por francesismo, á
este catolicismo nacionalista que es la ruina de
toda verdadera piedad. Y este catolicismo se está
poniendo en moda en Francia.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
123
Cuando hace poco, en respuesta á la «enquéte»
que ha abierto el Mercure de France sobre si asis-
timos á una disolución ó á una evolución de la idea
y del sentimiento religioso, vi que el poeta Fran-
cis Jammes contestaba: «Asistimos á la disolución
de todo lo que no es el catolicismo», no se me
ocurrió sino exclamar: «farceur! poseur»! Y en el
mismo número— en el cual iba también mi respues-
ta— contestaba Lemaitre: «Confieso que no sé
nada de ello». Lo cual puede ser verdad y puede
ser «pose» de escepticismo.
Por supuesto, á pesar de estos «dilettanti» de
catolicismo y de estos execradores del romanticis-
mo y de la Revolución, la obra del «affaire», la
obra de la separación de la iglesia y del Estado, la
obra de la Revolución, en fin, sigue, Y en esa
obra alienta el espíritu del ginebrino, del descen-
diente espiritual de la Reforma, y á esa obra han
contribuido los hijos de la Reforma, esa animosa y
austera minoría de nietos de hugonotes que son la
sal del espíritu religioso francés. Y es de esperar
que salvarán á Francia del catolicismo escéptico y
del racionalismo agnóstico y que Francia será
cristiana.
La lectura del «Rousseau» de Lemaitre, la lec-
tura de «Le romantisme francais» de Lasserre, que
Lemaitre recomienda, me han llenado el ánimo de
tristeza y de irritación; de tanta tristeza y tanta
irritación como me llena la lectura de cualquiera
de los libros de Jules de Gaultier ó de otro de la
secta. Es el nihilismo católico que avanza, y un ni-
hilismo frío, seco, raciocinante. La suprema preo-
124
MIGUEL DE UNAMUNO
capación de estos desdichados parece no ser «du-
pes», no dejarse coger de primos.
Y me acuerdo de nuestro Don Quijote, de aquel
glorioso Caballero de la Fe, honrosísimo blanco de
todas las burlas, ludibrio de las gentes todas y á
quien un niño podía engañar, de aquel prodigio de
valor que supo arrostrar impávido el ridículo.
Cuando el temor de hacer el ridículo se apode-
ra de un individuo ó de un pueblo están perdidos
para toda acción heroica.
Pilatos quiso hacer un saínete del juicio de Je-
sús de Nazaret y convertir su pasión en farsa, le
puso cetro de caña y manto y le presentó al pue-
blo, diciéndole: «¡He aquí el hombre!» Pero el pue
blo necesitaba tragedia, y aulló: «¡Crucifícale!» Y
Pilatos es hoy la execración de las gentes.
Las conferencias de Lemaitre están henchidas
de ironías fáciles, pero no hay en ellas un sólo
acento de profunda indignación ó de profunda pie-
dad, de odio verdadero ó de verdadero amor. Y
se ve desde luego que el buen señor es capaz de
todo menos de sentir á Rousseau, el extranjero.
¡El extranjero! Sí, el extranjero fué el principal
promotor de la Revolución. Y así sucede siempre,
la vida nos viene de fuera. Incluso á los fran-
ceses.
ROUSSEAU, VOLTAIRE
Y NIETZSCHE
Las conferencias de M. Lemaitre sobre Rous-
seau, de que ya aquí mismo tengo tratado, y el
libro de M. Lasserre sobre el romanticismo fran-
cés, han tenido la virtud de poner una vez más
poco menos que de moda entre ciertos intelectua-
les al inagotable ginebrino.
Todos cuantos aman el recuerdo de Rousseau,
reconocen que no están destituidos de fundamento
los reproches que se le dirigen, pero creen, por
otra parte, que no es la buena fe la que de ordi-
nario los dicta. Y esto es claro en el caso de Le-
maitre.
En el número del Mercare de France, corres-
pondiente al 15 de este mes de Junio, acabo de
leer un trabajo de Luis Dumur sobre los detracto-
res de Juan Jacobo, y en él encuentro, como no
podía menos de ser, no pocos de los puntos de
vista que indiqué en la correspondencia que al
mismo asunto dediqué en estas columnas. M. Du-
mur hace hincapié en el hecho de que los detrac-
tores franceses de Rousseau le echan en cara,
126
MIGUEL DE UNAMUNO
sobre todo, el haber sido suizo y no francés, y
protestante y no católico de origen.
Por lo que al primer punto respecta, hace notar
M. Dumur que el francés es un producto del cru-
zamiento de un celta, un romano y un germano, y
que el ginebrino es un producto análogo, descen-
diente de una tribu celta (los alóbrogos), de una
colonia romana y de un pueblo germano (los bur-
gundos). Añade que, por el contrario, un bearnés,
un bretón, un provenzal y hasta un gascón, no
tiene esta triple ascendencia, entrando en ellos
razas desconocidas al resto de Francia, como son
los ligures, los íberos, los griegos y los fenicios, y
que son mucho menos franceses que un ginebri-
no, un valdense ó un walón.
He aquí una cuestión delicadísima, como todas
las que se refieren á etnología. En cuanto se habla
de razas y sangres, y de su pureza ó su mezcla,
reclamo siempre en mi ayuda todo el repuesto de
escepticismo que en mí puede haber. Rara vez se
fundan en verdadera ciencia las consideraciones
que de la raza se sacan, siendo casi siempre con-
sideraciones basadas en pasión. Creo que en pocas
cosas tenemos el camino más expedito que lo te-
nemos en cuestiones de razas, porque aquí pode-
mos estar seguros de una cosa, y es de que no se
sabe nada de cierto. Y no es poco sab.er. En el
caso de Rousseau, sin embargo, se sabe que des-
cendía de una familia parisiense.
Acostumbro sustituir la consideración de la
raza con la de la lengua, porque si es difícil, acaso
imposible, determinar la raza á que un europeo
CONTRA ESTO Y AQUELLO
127
pertenezca, es una cosa facilísima la de averiguar
en qué lengua piensa. Y la lengua es, he de repe-
tirlo una vez más, la sangre del alma, el vehículo
de las ideas, y Rousseau pensaba y se expresaba
en francés correcto y genuino.
En cuanto á lo de haber sido protestante. M. Du-
mur se revuelve contra la especie de que la Re-
forma no fuera francesa y hace notar cómo eran
franceses cuantos llevaron el protestantismo á Gi-
nebra, exceptouno. Francés fué el primero: Farrel;
francés fué Froment, y francés fué sobre todo, el
gran Calvino, una de las cabezas de la Reforma. Y
Calvino, como hace notar muy bien M. Dumur, fué
uno de los franceses más franceses, con todas las
cualidades que distinguen á la inteligencia y al
temperamento franceses. Francés fué aquel picar-
do de espíritu claro, lógico, artista, aquel dialécti-
co y aquel organizador, aquel político admirable y
admirable escritor «que renovó la lengua con la
misma maestría con que renovó la teología» y
ciertamente, su libro de la «Institución» es, á la
vez que un monumento á la teología cristiana, un
monumento de la lengua francesa.
Esto que sucede en Francia, en que unos cuan-
tos señores que se han declarado católicos — cató-
licos volterianos que no creen en Dios ni el Dia-
blo— por «chauvinisme» ó patriotería, por france-
sismo, por estimar que lo protestante es germáni-
co y antilatino, esto mismo sucede, aunque en me-
nor escala, también en España. Pues en España
también hay quienes maldicen del protestantismo,
no por lo que tenga de heterodoxo, desde el pun-
128
MIGUEL DE UNAMUNO
to de vista de la iglesia católica romana, sino por lo
que dicen que tiene de no español, de exótico, de
extranjerizante. Y si en Francia el protestantismo
tiene una tradición nobilísima — recuérdese á Cal-
vino, á Coligny, á Guizot, á tantos otros — no deja
de tenerla también en España. Yo creo que nues-
tros místicos españoles del siglo XVI preludiaron
una verdadera Reforma española, indígena y pro-
pia, que fué ahogada en germen luego por la in-
quisición.
Claro está que al hablar así del protestantismo
no me refiero á ese protestantismo de secta y de
capilla abierta, con sus pastores á sueldo de cual-
quier sociedad más ó menos bíblica. Los adheren-
tes de este protestantismo suelen ser, entre nos-
otros, más fanáticos y más estrechos de criterio
que los católicos. Acostumbran negar el dictado
de cristianos á los que, como los unitarianos, no
admiten la divinidad de Jesucristo, y en punto á la
autenticidad de los libros sagrados llegan á extre-
mos verdaderamente ridículos Están tan cerrados
como los católicos, si es que no más, á las conse-
cuencias obtenidas por la exégesis verdaderamen-
te científica y por los trabajos bíblicos que han
ilustrado hombres como Baur, Strauss, Harnack,
Holtzmann, etc.
Pero , dejemos esto y volvamos á Rousseau.
Es un hecho que á los ojos de esos neocatólicos
literarios franceses de la laya de los Coupée, Ba-
rrés, Maurras, Lemaítre, etc., halla Voltaire mu-
cha más gracia que Rousseau. Y en el fondo, el ca-
tolicismo de los intelectualistas modernos es de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
129
fondo volteriano, esto es, conservador. Entre nos-
otros mismos, aquí en España, el catolicismo polí-
tico de los moderados y conservadores — de un
Moyano ó un Cánovas del Castillo — fué un catoli-
cismo volteriano.
A este respecto creo conveniente trasladar aquí
lo que el gran Carducci escribía en su estudio so-
bre el Dante, Petrarca y Boccaccio. Escribía así:
«Considerando, por vía de parangón, cuál fuese
el poder de Petrarca en su tiempo y cuál la dife-
rencia entre su ingenio y el del Dante, veremos
que el paso dado por Boccaccio no estaba exento
de riesgos y dificultades. Imaginaos que D'Alem-
bert, en vez de soplar el fuego de la discordia en-
tre los dos hombres más grandes del siglo xvill,
hubiese escrito á Voltaire para animarlo, dejando
de lado sarcasmos, á que admirase y alabase á
Juan Jacobo; que Melanchthon hubiese escrito algo
parecido á Erasmo cuando éste rompió con Lute-
ro, espantándose su elegancia por la dura audacia
del fraile. Imaginaos algo de esto, lectores, y fi-
guraos las respuestas que probablemente habrían
recibido. Verdad es que Dante había muerto y el
Petrarca no era culpable, si es que lo era, más que
de silencio. Sin embargo, la respuesta de Petrar-
ca es tal, que parecería yo injusto al dudar de que
Erasmo y Voltaire la hubieran hecho igual en se-
mejante caso. Pero, antes de leerla, entendámo-
nos un poco, si os agrada. Dante, Lutero, Juan Ja-
cobo, son como los grandes rebeldes de sus res-
pectivos siglos, hasta cuando parece que se obsti-
nan en defender la autoridad. Petrarca, Erasmo y
9
{fe-/ i
130
MIGUEL DE UNAMUNO
Voltaire son, en el fondo, conservadores, si se me
permite aplicar á ingenios tan elegantes estas me-
táforas de la revolución, y lo son hasta cuando
llegan á la parte tribunicia ó de demolición. Entre
los unos y los otros hay antipatía de naturaleza, y
los segundos guardan un secreto miedo de los pri-
meros, de donde procede su recato, su suspicacia
y las restricciones en el modo de tratarlos y de
discurrir sobre ellos»
En este pasaje de Carducci está perfectamente
indicada la diferencia entre los verdaderos revo-
lucionarios y los que sólo lo son de apariencia. De
un lado los espíritus religiosos, los hombres de pa-
sión y de fe, los de entusiasmo: el Dante, Lutero
y Rousseau; y del otro lado los espíritus escépti-
cos, los hombres de raciocinio y de duda: Petrar-
ca, Erasmo y Voltaire.
Y es que el elemento más genuina y eficazmen-
te revolucionario, es decir, progresista, el resorte
más enérgico de todo progreso es el entusiasmo
religioso, es la fe, y el elemento más genuina y
eficazmente conservador, cuando no reaccionario,
la rémora más grande á todo progreso espiritual, es
el sentido racionalista. Es la ilusión lo que hace
avanzar á los pueblos.
Todos los volterianos enemigos de Rousseau
son, en el fondo, tan conservadores como lo era
Voltaire mismo. Faltos de toda creencia religio-
sa, de toda fe en la trascendentalidad de la vida,
creen, sin embargo, que la religión puede ser un
arma política y que es un medio de contener á las
muchedumbres.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
131
Se me dirá que también los racionalistas pueden
ser hombres de fe y que hay quienes la tienen en
la razón misma. Sin duda alguna, pero éstos, en
el fondo, no son tales racionalistas. La razón en
que ellos creen no es razón, como no es ciencia la
ciencia en que creen los cientificistas.
Conozco adorador de Nietzsche — y ¡qué estra-
gos ha hecho este hombre funesto en la legión de
espíritus faltos de cultura filosófica! — que se cree
libre de toda ilusión trascendente, cuando no hace
sino vivir de ilusiones y de los fantasmas que le
sugirió aquel desgraciado poeta y soñador que,
para defenderse de su ingénita y jamás vencida
debilidad, inventó la sofistería de la fortaleza.
En el tercer volumen de su gran obra sobre la
Reconciliación y la Justificación, decía Ritschl,
que la oposición entre la ciencia materialista y el
cristianismo no es sino la oposición «entre el ins-
tinto de la religión natural fundido en la observa-
ción científica, y de otro lado, la concepción cris-
tiana del universo». Lo cual quiere decir, que no
es la ciencia lo que se opone á la religión, sino que
es la religión pagana, ó más bien, el sentimiento
religioso pagano, disfrazado de ciencia, lo que se
opone á la religión cristiana.
En rigor, no hay nada más menos científico que
los ataques que á nombre de la ciencia se dirigen
al cristianismo. A los dogmas de éste — del cristia-
nismo dogmático, se entiende — se oponen otros
dogmas, no menos dogmas, y no menos extrarra-
cion al men t e construidos .
Un libro como el famoso Fuerza y materia, de
132
MIGUEL DE UNAMUNO
Büchner, pongo por caso, es de lo menos científico
y de lo más religioso — religioso pagano — que pue-
de darse, empezando porque los conceptos mismos
de fuerza y de materia, tal y como Büchner los
concibe y los aplica, son conceptos místicos y muy
poco racionales.
Y no vengamos á hombres como Nietzsche, por-
que sus calumnias gratuitas y absurdas contra el
Cristo y el cristianismo no han podido hallar aco-
jida y asenso más que entre personas profunda-
mente ignorantes de lo que es y lo que significa
el Cristo, y que jamás se han tomado la molestia
de leer con atención y sin prejuicios los Evangen-
1 lios. El desdichado soñador llamó ladrón de ener-
gías al Cristo, que es quien más energías ha des-
pertado, y él, por su parte, ha contribuido más
que nadie á que se crean genios no pocos ma-
jaderos y que se figuren tener almas de leones,
por haber aprendido sus aforismos, legión de bo-
rregos que, por espíritu rebañego, se han aparta-
do del grueso del rebaño.
En el breve, pero sustancioso estudio que de-
dica Papini á Nietzsche en su libro que ya antes
os he recomendado, II crepúsculo dei filoso fi,
después de poner de manifiesto, citando pasajes
evangélicos, lo gratuito y arbitrario de los ataques
de Nietzsche al Cristo, añade: «Pero su odio al
cristianismo derivaba, en parte, de una especie de
rivalidad ó de miedo que se puede sorprender en
ciertos de sus pensamientos. Lo combatía por una
especie de rencor contra aquella tentativa de
sustituir nuevos vencedores á los antiguos. Por
CONTRA ESTO Y AQUELLO
133
una extraña y anacrónica solidaridad, Nietzsche
gustaba de los fuertes de tipo pagano , y me atre-
vo á insinuar que las críticas que dirigió contra el
cristianismo tienen un motivo semejante á aquel
que atribuye al cristianismo, y es el miedo».
Siempre he creído que Nietzsche fué un hombre
dominado por el miedo, por el miedo de morirse
del todo, miedo que le hizo inventar lo de la vuel-
ta eterna y miedo que le hizo arremeter contra el
cristianismo, ya que no lograba ser cristiano. El
fué quien dijo que en el fondo sólo ha habido un
cristiano, y éste murió en la cruz. Y antes que él,
otro hombre que se le parecía en ciertas cosas,
pero que, en conjunto, le era muy superior, Kier-
kegaard, el gran teólogo y soñador danés, alma
atormentada y heroica , había escrito que la cris-
tiandad está jugando al cristianismo. Pero Kierke-
gaad fué un hombre demasiado sincero para ha-
berse popularizado.
Pero todavía puede uno simpatizar con el alma
de Nietzsche aun abominando de sus enseñanzas y
cobrar cariño y admiración — hijos de piedad una
y otra — á aquel espíritu de torturas que vivió en
lucha perpetua con la Esfinge, hasta que la mirada
de ésta le derritió el sentido arrebatándole la ra-
zón. Pero con quienes es muy difícil simpatizar,
es con los nietzschenianos, sobre todo con los na-
cidos y criados en nuestros países católicos, donde
la ignorancia en materias religiosas es la ley ge-
neral.
Y desgraciado del pueblo en que se agosta ó se
hiela el hondo sentimiento religioso que ha produ
134
MIGUEL DE UNAMUNO
cido esos grandes rebeldes como el Dante, Lutero
y Juan Jacobo. La causa del progreso espiritual
está perdida en tales pueblos y muy pronto las cla-
ses cultas de ellos pierden el apetito de vivir,
cayendo en las formas del tedio disfrazado y en
toda clase de deportes, entre los que se cuenta la
política. Porque la política en estos desgraciados
pueblos, cuando no es un medio de medrar y de
satisfacer concupiscencias ó codicias personales,
es un deporte, un verdadero juego. El ideal ha
desaparecido por completo.
Mi buen amigo, el joven uruguayo Alberto Nin
y Frías, que no siente vergüenza de profesar á
todos vientos su cristianismo, se me lamenta de la
indiferencia con que es acojida la labor suya y de
otros animosos compañeros suyos, y déla rabia
con que le atacan los nietzschenianos y anticris-
tianos de por allá. Y yo le aconsejo que no haga
caso de los espíritus rebañegos que, no encon-
trando su humanidad se han agarrado á lo de la
sobrehumanidad, y que siga tranquilo y confiado
su labor constante. Esa moda pasará y en cam-
bio hace ya veinte siglos que, en una ú otra for-
ma, no ha dejado de estar de moda siempre el
Cristo. Y los que más abominan de El están, sin
saberlo ni quererlo, más vivificados de lo que
creen por su doctrina.
Lo horrible, lo verdaderamente horrible, es el
escepticismo volteriano, el que ha hecho esos con"
vertidos franceses á los que tan justamente fusti-
gaba Gourmont en el «Epílogo» del número de
primero de este mes de junio, del «Mercure de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
135
France». Son convertidos que se convierten para
vender un libro. Eso no es más que literatura y
cristianismo á lo Chateaubriand , es decir, come-
dia. Se prendan de la Virgen. Y á este propósito
dice Gourmont, que no sabe si Pascal, que tenía
inteligencia de hombre, nombra una vez siquiera,
con reverencia particular, á la Virgen Santísima.
Y como en mi «Vida de Don Quijote y Sancho» he
discurrido sobre lo que este culto idolátrico á la
Madre de Jesús significa y vale en su fondo , no
me parece bien repetirlo ahora aquí.
Y así los individuos y los pueblos, después de
errabundas divagaciones por los más extraños
campos, vuelven siempre á los eternos principios
de la eterna fe y de la esperanza eterna que son la
sustancia de la vida espiritual.
ISABEL Ó EL PUÑAL DE PLATA
Una de las mayores desgracias que á una nación
cualquiera puede sobrevenirle es la de que se
ponga en moda literaria. Y esta desgracia le está
cayendo, no sé en expiación de qué culpas, á Es-
paña. Desde hace algún tiempo verbenean, que
es una desolación, los libros escritos en el extran-
jero, en la «docta» (!!!) Europa, sobre nuestra
España. Unos son impresiones de viaje, otros es-
tudios sociólogos — y éstos los más terribles, por-
que nada hay tan desecante como ese galimatías
de vulgaridades á que se da el pomposo nombre
de ciencia (!!!) sociológica — y otros, en fin, nove-
las y hasta poemas. Han caído sobre nuestra le-
yenda, ó mejor sobre nuestras múltiples leyendas,
con frecuencia contradictorias las unas de las
otras, toda casta de literatos impotentes á la hus-
ma de lo exótico. ¡Y qué de cosas se escriben,
cielos santos! Voltaire puso en moda á los chinos,
Montesquieu á los persas, Chateaubriand á los na-
chez y no sé quiénes nos están poniendo en moda
á los españoles. Y ponerlo á uno en moda, es que-
rer ponerle en ridículo. Menos mal que nos reímos
138
MIGUEL DE UNAMUNO
de ellos más aun que ellos puedan reírse de nos-
otros.
Mas entre los engendros ultrapirenaicos, á costa
de nuestro pueblo, dudo que se haya podido pro-
ducir otro más deliciosamente disparatado que el
que acaba de perpetrar un tal Pascal Forthuny
bajo el título de «Isabel ou le poignard d'argent»,
novelucha truculenta, donde hay muertes repen-
tinas, incendios, asesinatos, jesuítas y conventos.
Un verdadero modelo en su género.
El apellido Forthuny, á pesar de la hache que
á la te se sigue, es un apellido genuinamente ca-
talán, y el nombre Pascal, ó Pascual, también tie-
ne mucho de ello. Además, el libro va dedicado á
un Domingo Solé, que sin duda será quien más le
haya sugerido al autor los cien mil desatinos de
que ha llenado su libre] o. Pero aunque catalán al
parecer, en realidad el Forthuny es francés, y
muy francés, aunque no en lo bueno, sino más
bien en lo malo. Ha estado en España, no cabe
duda, y en esta pecadora Salamanca, donde pone
el escenario de su novelucha, y ha aprendido al-
gunas palabras españolas conque empedra su pro-
sa francesa, sin traducirlas ni subrayarlas, ó más
bien «cursivearlas». Así vemos que sabe lo que
quieren decir alcarraza, conserjería, peluquería,
paseo, ventana, corral, aguardiente, feria, corrida,
criada, navaja, etc., etc., aunque ignore que en
español no se dice ni Guilhem de Castro, ni Te-
resia, ni otras cosas por el estilo. Aunque la ver-
dad es que á un «artista» del fuste de Forthuny
(Pascal) no se le pueden exigir conocimientos lin-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
139
güísticos. Le es muy lícito, pues, presentarnos á
su héroe, el salmantino Lorenzo Sánchez, premia-
do por un trabajo de comparación entre los idio-
mas vasco, bretón y céltico, y un dicccionario de
las raíces comunes á los «tres« idiomas. Si se tra-
tara de un lingüista habría que echarle al corral —
es una de las palabras españolas que el autor co-
noce— por ignorar que el bretón es una rama de
los idiomas célticos y que hablar del celta como
de un idioma distinto del bretón es hablar del in-
do-europeo como distinto del alemán ó de la len-
gua romántica como distinta del italiano, del es-
pañol ó del provenzal, y lengua por sí. Y en cuan
to á esa misteriosa comunidad de raíces que Pascal
Forthuny, y no Lorenzo Sánchez, ha descubierto
entre el vascuence y el bretón, obra es tal descubri-
miento, no ya moderno, de un razonamiento que no
tiene vuelta de hoja. Cual es éste: En Francia no
se hablan sino dos idiomas que no sean de origen
latino, dos solos idiomas de que un francés que no
sea de los países en que se hablan no logre enten-
der ni palabra apenas, y son el bretón y el vas-
cuence, «ergo» el bretón y el vascuence son her-
manos. ¿Cómo van á poder diferenciarse profun-
damente dos cosas que yo no diferencio porque
no las entiendo? ¿Cómo van á poder hablarse en
Francia dos lenguas igualmente ininteligibles para
un francés puro, sin que sean en el fondo la misma
lengua? Fuera de mí no hay sino la confusión.
Y no vaya á creerse el lector que esta conside-
ración sobre el fantástico parentesco entre el bre-
tón y el vascuence sea algo episódico y digresivo
140
MIGUEL DE UNAMUNO
aquí, i no! En este detalle se denuncia la psicolo-
gía toda del autor, cuya incapacidad no ya para
sentir, pero ni aun para comprender el alma espa-
ñola es notoria. Para el señor Forthuny no hay
más vida, ni más progreso, ni más cultura, ni más
alegría, ni más porvenir que el suyo, el que cree
ser el de su pueblo; todo lo demás es muerte, in-
movilidad, atraso, tristeza y tradición. No se le ha
pasado siquiera por la mollera que pueda haber
otro desarrollo de vida, es decir, otra vida que la
suya. El potro está condenado á muerte, á inmo-
vilidad y á vegetar en la memoria del pasado, por-
que va derecho á hacerse caballo en vez de ir,
como debiera, á hacerse toro; por lo menos, así
piensa el ternero.
La acción de «Isabel ó el puñal de plata» tras-
curre, como os decía, en esta pecadora Salaman-
ca en que habito y vivo y trabajo hace ya veinte
años y á la que no conocía hasta que el señor For-
thuny ha venido á descubrírmela. Trascurre en
esta Salamanca «madre de las virtudes, de las
ciencias y de las artes», repite el autor, en esta Sa-
lamanca, que si hiciera caso á los Lorenzo Sán-
chez, ó sea á los Forthunys, «podría constituir aca-
so un día en el cuerpo español, con la Barcelona
del este, las dos meninges de inteligencia y de
progreso á que todos los otros miembros obede-
cieran». Gracias, señor Forthuny, gracias, muchas
gracias en nombre de Salamanca, pero... no me-
recemos tanto. Y no es modestia.
El señor Forthuny ha estado en Salamanca y
por ciertos detalles se deduce que en época de fe-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
141
6
rías, de fines de Agosto á mediados de Setiem-
bre, en época en que yo no estoy aquí. Os juro
que no le conozco y os juro también que si hubie-
se estado conmigo se habría tal vez ahorrado los
disparates de su libro, es decir, se habría ahorra-
do el libro. Pero... ¡quiá! ¿venir á España y no es-
cribir un libro sobre ella? y un libro conforme á la
idea preconcebida que de España se tenía, por su-
puesto, ya que sólo se vino á corroborar esa idea,
cerrando los ojos á cuanto no lo confirme. Es de-
cir, cerrándolos no, antes más bien no viendo aún
con ojos abiertos.
El señor Forthuny estuvo en Salamanca, en
efecto, y tomó ciertos datos y noticias en su «car-
net» de viaje. Sabe que el tren de Medina llega á
las 4,33 de la mañana, aunque esta hora pueden
cambiarla antes que publique la segunda edición
de su novelita; sabe que hay un hotel del Pasaje,
una señora rica y soltera á la que se le conoce por
el nombre de la Pollita de Oro, un diario que se
llama El Adelanto, de cuyo sentido se informó
bastante bien, una calle del Doctor Riesco; el se-
ñor Forthuny sabe respecto á Salamanca bastan-
tes detalles que también sabemos su vecinos y
moradores , pero sabe también otras varias cosas
que ignoramos, como que Alfonso Rodríguez — su-
pongo será el P. Alonso Rodríguez, jesuíta y uno
de los primeros prosistas de nuestro siglo clásico —
fué jefe de la universidad; que fray Luis de León
— ¡y este sí que es descubrimiento! — fué fundador
de ella, que son frailes los colegiales del colegio
de Irlandeses, que la iglesia de San Esteban tiene
142
MIGUEL DE UNAMUNO
torres, que los dominicos anclan descalzos, que la
catedral vieja tiene criptas, que hay aquí una gi-
ralda... etc., etc. Pero estas son menudencias.
Puede el visitante de un pueblo equivocarse en
cien detalles y cojer el alma del pueblo, así como
un libro de historia cabe sea una gran mentira
siendo verdaderos sus datos todos y ser una gran
verdad plagada de inexactitudes de detalles. Y en
esto de haber sorprendido el alma de Salamanca
sí que es portentoso Forthuny.
En este libro que lleva por subtítulo «La trage
dia de las dos Españas», había que escojer la
ciudad española más trágica y más atrasada, la
más reaccionaria, la más levítica. Y es claro, en
toda España «cindadela arcaica de los prejuicios,
de los enceguecimientos, de los enervamientos, de
los entorpecimientos, de las incuriosidades, trin-
chera de las fes que han muerto , último baluarte
en que se obstinan en no conocer nada del mundo
exterior, pueblo nacido demasiado tarde en un si-
glo demasiado joven», en una España tal, la
ciudad muerta por excelencia tenía que ser Sala-
manca. Isabel le dijo al autor que no creía, fuera
de los malditos catalanes, en la sinceridad de un
español que invoque los tiempos nuevos. ¡Esto de
tiempos nuevos tiene la mar de gracia! La pobre
Isabel, la del puñal de plata, la que después de
matar con él á su amante, nadie sabe por qué y
menos que nadie el señor Forthuny, se mete monja
en Alba de Tormes, la pobre Isabel no había sali-
do nunca de Salamanca, que si hubiese salido de
ella habría visto que cualquier otra ciudad españo-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
143
la es mucho más levítica y más reaccionaria y más
presa de eso que Forthuny entiende por pasado
que ésta su ciudad natal, y desde luego muchísimo
más que ella cualquier ciudad catalana.
Al bueno de Forthuny le tomaron aquí de primo
y se quedaron con él dándole la castaña. (Tres
giros que á pesar de sus conocimientos en caste-
llano de seguro no entiende). Y es que se fió, sin
duda, de algún viajante ó comisionista catalán que
resultó ser su compañero de posada. Y ese comi-
sionista le hizo creer que en las librerías de Sala
manca sólo se vende lo que los jesuítas quieren,
cuando se vende hasta las obras de otros Forthu-
ny; que los nobles irlandeses, unos pacíficos estu-
diantes que con nadie se meten, ocupándose sólo
en seguir sus estudios, paseai y jugar al «foot-
ball», intrigan para comprar librerías (!!!); que los
jesuítas — ¡oh, el coco! ¡el coco! — compran á des-
dichados para que asesinen á otros; que un guar-
dia civil se mete en una taberna á echar unas co-
pas— en Francia se ve alguna vez soldados borra-
chos, en España ¡jamás!; — que al que manifiesta
aquí ideas racionalistas se le aisla y huye la gente
de él como de un apestado; que la mayoría de los
obreros de esta ciudad comulgan todos los años y
precisamente el 25 de Diciembre; que... ¡Le hizo
creer tantas cosas! Y en Salamanca, precisamente
en Salamanca, en esta Salamanca que creo cono-
cer algo por habitar, vivir y trabajar en ella hace
veinte años, y que es una de las ciudades de es
píritu más abierto, de mayor tolerancia para todas
las ideas, una de las ciudades de España en que
144
MIGUEL DE UNAMUNO
más se lee y de todo, una ciudad en que desde
hace tiempo, desde los tiempos del cantón, la ma-
yoría es republicana. Esto último lo sabe Forthu-
ny, se lo dijo el comisionista, su lazarillo, pero le
dijo también que el ejército, la guardia (¿cuál?), la
iglesia, la mujer, la tradición, la pereza neutralizan
el número y que si «esta banda de imbéciles» —
así llama Lorenzo á los republicanos salmantinos —
no estuvieran desunidos, hace tiempo que se ha-
bría visto algo nada menos que en la Península.
¡Aquí de la meninge aquélla!
¿El argumento de Isabel? ¿Para qué os he de
contar ese argumento? No le tiene. Todos aque-
llos horrores melodramáticos, jesuítas que com-
pran un asesino, un dominico «descalzo» (!!) que
en plena iglesia denuncia por su nombre á Lorenzo
Sánchez — , cosa absolutamente inverosímil, y más
tratándose de los dominicos de Salamanca — muer-
tes repentinas, asesinatos, noches de pasión en
que — prepárense á oir un delicioso galimatías —
los amantes «quedaban suspendidos en medio del
infinito, desencarnados, reencarnados en el éter
imponderable del maravilloso himen» — ¿qué tal? —
todo eso no es argumento. Todo es, en el fondo
tenebroso y secreto como aquellos caminos «se
cretos» también, que en el templo dominicano d
San Esteban, llevan por galerías del claustro a
coro, y cuyo secreto conoce aquí todo el mundo
Y todos estos males que nos asedian, y de cuy
existencia ni nos habíamos dado cuenta, ¿por qu
los tenemos así encima? Por obstinarnos en seguir
siendo españoles; ni más ni menos. Si España ve-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
145
geta aparte, «la pobre y magnifica España, entera-
mente desnuda, apartada por sus amos del mara-
villoso banquete de ideas en que los pueblos ase-
guran, en una porfía de emulación, el renacimien-
to de su genio»; si España es y será «el convento
inaccesible donde unas viejas, en la sombra, im-
plorando á Dios, hacen abortos»; si España no
tiene porvenir es porque en Arapiles, en vez de
derrotar lord Wéllington á Marmont, no derrotó
Marmont á lord Wéllington. Los Arapiles figuran
también en esta novela; en el que fué campo de
batalla, tiene lugar una entrevista nocturna entre
Isabel y Lorenzo, entre las dos Españas. Qué pro-
fundo simbolismo, no sé si desencarnado ó reen-
carnado y si suspenso en medio del infinito, en
el éter imponderable del maravilloso himen!
Esta pobre y «magnífica» — ¿á qué conduce jun-
tar estos dos epítetos? — España está perdida, irre-
misiblemente perdida, «es un cuerpo sin pensa-
miento», está muerta, «est morte, bien morte», si
no se echa en brazos de los republicanos y de los
catalanes. Tal es la moraleja. Los republicanos y
los catalanes son los que saben admirar á Francia
y tomarla por modelo; ellos son los verdaderos
patriotas. El pobre Lorenzo Sánchez, víctima del
puñal de plata de Isabel, su amante, sufría en esta
España de las pelotas vascas, de los «banderillos»
(¡sic!) y de las bebidas frescas, ¡horror! ¿Cómo va-
mos á tener porvenir, cómo vamos á entrar en
el concierto de las naciones cultas, con Francia
la cabeza, si nos entercamos en seguir jugando
á la pelota y en beber refrescos, «des boissons
10 .
146
MIGUEL DE UNAMUNO
fraiches», en vez de ajenjo, cuando hace calón
Oídle á Lorenzo Sánchez, es decir, oíd á For-
thuny, ó mejor dicho, oíd al comisionista, proba-
blemente catalán y republicano, que sirvió aquí de
lazarillo ciego al autor de «Isabel»; oídle:
«Es en Francia, es en Inglaterra, donde he sa-
bido que era un buen español. He visto el mundo,
verdad, y vosotros habéis vivido bajo las torres de
la catedral nueva. Os lo juro por Dios, soy más
castellano que vosotros. Porque conozco la sonri-
sa socarrona — «le sourire narquois» — de los otros,
de los extranjeros cuando hablan de España; por-
que he oído cómo se burlaban de nuestra patria
de guitarras, de seguidillas y de toreros, por esto
es por lo que sueño en una resurrección de nues-
tra vieja raza española...»
¡La sonrisa burlona! — «¡le sourire narquois!» —
¡Pobre Lorenzo! Pero yo le aseguro á Lorenzo, ó
á Forthuny, ó á su lazarillo, que ahora que empe-
zamos á conocer mejor á Europa, empezamos tam-
bién á reimos de ella, y que acabaremos riéndo-
nos, no con la¡ sonrisa burlona de Voltaire, sino
con la terrible risa de Cervantes. El pobre Loren-
zo Sánchez, llevando clavada en el corazón como
un puñal, aunque no de plata, como el de su aman-
te, esa sonrisa burlona, miraba al puente de hierro
de la Salud, «por donde se va á otros países».
Fíjense bien en esto, en un puente áe hierro de
un ferrocarril por donde se va á otros países. ¡Y
por ese puente de la Salud se va ante todo al ex-
reino, y hoy República de Portugal, á Oporto, á
Lisboa, donde se puede tomar un barco de vapor
CONTRA ESTO Y AQUELLO
147
que le lleve á uno á Londres, á Hamburgo, á Ná-
poles, á Buenos Aires, á Nueva York, al Havre y
de allí á París ó á Babia! Sí, por ese puente puede
ir uno á celebrar una entrevista con Pascual For-
thuny, descubridor de la tragedia de las dos Espa-
ñas que se representa en esta muerta ciudad de
Salamanca, que podría llegar á ser, con Barcelona
en el este, una de las dos meninges de inteligen-
cia y de progreso á que todos los otros miembros
obedecieran. ¿Y si luego suspendiésemos esa me-
ninge en medio del infinito, en el éter impondera-
ble del maravilloso himen?
La que llamaremos novela acaba con una visita
de los reyes á Salamanca y una aclamación popu-
lar en la Plaza Mayor. Y entonces, hasta Hernán-
dez, catedrático de francés y de historia y uno de
!os progresistas afectos á Lorenzo — por algo era
catedrático de francés— grita: «¡Viva el rey! ¡Viva
Carlos Quinto! ¡Viva Felipe Tercero! ¡Viva María
Cristina! ¡Viva Alfonso Trece! ¡Viva el Escorial!
¡Viva España! ¡Viva el rey!» Lo que faltaba allí era
alguien que gritara: «¡Viva la meninge! ¡viva el
éter imponderable! ¡viva el hímen maravilloso!
¡viva Marmont!».
Acabemos. Al frente de este libro, y como dig-
nísimo pórtico de él, aparecen retraducidas al
francés unas palabras de Salmerón, en que este
funestísimo repúblico calumnió una vez más á su
patria diciendo que es hostil al progreso — ¿á qué
progreso? — palabras que recuerdan las de aquel
triste discurso que dejó caer en el Congreso el
4ía 9 de Junio de 1902 y en que pedía que nos
14S
MIGUEL DE UNAMUNO
pongamos á la cola y al servicio de Francia , con-
tentándonos con que nos dé, «no lo que constituye
un hueso, que no tenemos ya ni dientes para roer,
sino algo en lo cual la carga se compense con el
beneficio», y recordaba, con la oportunidad que lo
distinguió siempre, la expulsión de los moriscos.
De «Isabel ó el puñal de plata» no hay sino to-
marlo á chacota y reirse con algo más que sonrisa
burlona entre sorbo y sorbo de esos refrescos que
nos tienen tan á mal; pero de discursos como aquel
incalificable que el 9 de Junio de 1902 pronunció
el que de seguro ha sido el patriota español mode-
lo según los Forthunys, de éstos no cabe reirse. Si
oímos con calma tales cosas en casa, ¿qué no dirán
fuera de nosotros? Y esto, lo que digan, es lo que
menos debe importarnos. Hay algo peor.
LA CIUDAD Y LA PATRIA
Otra vez he de apoyarme en hechos históricos
leídos en la Historia Constitucional de Vene-
zuela, del señor Gil Fortoul. Leyéndola tomó for-
ma concreta en mi mente, saliendo de la nebulosa
en que se revolvía por concretarse y aclararse,
una suposición respecto á un problema político que
ha tenido que preocupar á cuantos hayan medita-
do en las visicitudes del desarrolla político de las
naciones hispanoamericanas. ¿Por qué las repúbli-
cas americanas de lengua española son hoy — con
Panamá y Cuba — diez y ocho y no diez y seis ó
veinte? En pocos años, muy pocos, se formaron
diez y seis naciones. ¿Y por qué no más?
La historia nos explica cómo la Banda Oriental
del Uruguay se hizo una nación independiente y
no se hizo tal Entre Ríos; pero la historia no nos
pone muy en claro la razón íntima de eso. Un car-
lyliano, uno que rinda culto á los héroes, podrá
explicarlo por la superioridad de tal caudillo sobre
tal otro, y asegurar que el Uruguay fué obra de
Artigas y el Paraguay del doctor R. Francia; pero
siempre habrá muchas gentes'que no se satisfarán
150
MIGUEL DE UNAMUNO
con tal explicación. Otros acudirán á razones de
geografía, de clima y suelo, pero tampoco tales
razones convencen siempre. Soy de los que rinden
más sincero homenaje de admiración y simpatía
ni talento brillarte y á la imaginación cálida y á la
par fresca — dos cosas que en la imaginación no se
excluyen — del gran poeta Zorrilla de San Martín;
pero no me pueden convencer aquellos ingeniosos
y patrióticos esfuerzos que hizo en su discurso al
inaugurarse la estatua ecuestre del general Lava-
lleja, para demostrarnos que el Uruguay tiene que
ser una nación independiente con la voluntad, sin
la voluntad y hasta contraía voluntad de los orien-
tales, por ser una patria subtropical y atlántica.
Hoy, después de más de tres cuartos de siglo
que las naciones hispanoamericanas están, en su
mayoría, constituidas, la historia ha creado en
ellas tradiciones haciéndolas patrias, pero siempre
queda en pie para la mayor parte de ellas el pro-
blema sociológico y político del origen de su cons- *
titución. Y no creo que ayude á resolverlo del todo
el remontarnos á la constitución de las colonias.
Claro está que tanto la acción de los caudillos,
y el que unos fuesen más fuertes que otros, como
la geografía y otras, explican en parte el hecho,
pero siempre queda margen para otras explicacio-
nes. Y la lectura del primer tomo de la Historia
Constitucional de Venezuela, del señor Gil For-
toul, me ha hecho fijarme en un factor al que de
ordinario no se le da todo el relieve que á mi jui-
cio merece.
La gran Colombia que formó Bolívar el Liber-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
151
tador se dividió, ya en su vida, en la actual Co-
lombia, Venezuela, el Ecuador y aun Bolivia, así
como más tarde se deshizo la confederación perú-
boliviana de Santa Cruz. El señor Gil Fortoul nos
cuenta cómo Páez, el llanero venezolano, no se
formaba idea exacta de la «patria grande», pre-
ocupándose ante todo de los asuntos caseros de
su «patriecita» — como decía Soublette — de los lla-
nos de Barinas y Apure. Lo mismo les pasaba á
no pocos de los caudillos argentinos.
Y eso es enteramente natural. El sentimiento
de patria, de patria grande, de patria histórica,
con una bandera y una historia común y una re-
presentación ante las demás patrias, siendo por
ellas reconocida como tal, es un sentimiento de
origen ciudadano. Nace, y si no nace, se robuste-
ce en las ciudades. El campo no engendra sino
sentimientos regionales, de agrupación informe.
El federalismo es rural en su origen, ó si no ru-
ral enteramente, producto de pequeñas villas, de
burgos reducidos; el unitarismo nace en las gran-
des metrópolis.
Aun hay más, y es que, contra un prejuicio muy
generalizado, aseguran observadores agudos y
desapasionados que los pueblos de los campos, los
aldeanos, campesinos, llaneros, etc., se diferen-
cian entre sí menos que el pueblo bajo de las ciu-
dades, que un labriego castellano y un peasant
inglés ó un paysan francés se parecen más que el
chulo de Madrid, el cockney de Londres y el obre-
ro parisiense. Lo que distingue á dos pueblos son
sus grandes ciudades, y en torno á una gran ciu-
152
MIGUEL DE UNAMUNO
dad es como, ante todo y sobre todo, se forma una
patria.
El patriotismo nacional es civil, es un sentimien-
to de origen ciudadano. Y no se olvide que civili-
zación deriva de civis , de donde deriva también
ciudad, civitas.
En la citada obra del Sr. Gil Fortoul puede
verse cómo el elemento más activo en la separa-
ción de Venezuela de la gran Colombia fué Cara-
cas, la ciudad, donde se formó un partido «des-
contento de ver la capital en Bogotá y adversario
de la forma centralista de la constitución de Cúcu-
ta» (pág. 390). A lo que hace observar el autor
(pág. 394): «Obsérvese que este espíritu de inde-
pendencia de la municipalidad de Caracas, imitado
después por otras, revela que renacía bajo la re-
pública la tradición de los ayuntamientos españo-
les... Ulteriormente veremos que la vida política
regional tiende á concentrarse en la capital de la
provincia ó estado, ó más bien en su gobernador ó
presidente; de tal suerte que el régimen federati-
vo, según el concepto especialísimo que de él se
forman los pueblos sudamericanos (lo mismo Ve-
nezuela que Nueva Granada, y Méjico y la Re-
pública Argentina), contribuye al fin á substi-
tuir la autonomía municipal con un vigoroso y
tenaz centralismo en el gobierno regional.» Si-
gue narrando los sucesos y mostrándonos cómo la
opinión de la clase oligárquica, porque el pue-
blo era pasivo, sólo se preocupaba de lograr la
autonomía de la antigua capitanía general, lle-
gando la municipalidad de Caracas , en 2 de Oc-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
153
tubre de 1826, á convertirse en verdadero parla-
mento político.
Sigue contándonos cómo el partido revolucio-
nario de Caracas y Valencia estaba resuelto á no
cejar en su empeño de dividir la república, y en
la página 414 llega al fondo del problema con estas
palabras: «Apenas había ley de la república que
se cumpliese eficazmente en Venezuela; y puede
afirmarse que á este respecto, su unión con Nueva
Granada fué más bien motivo de atraso que de
progreso. La universidad de Caracas y las escue-
las— no obstante la protección que Bolívar quiso
dispensarles á las últimas cuando desde el Perú
subvencionó á Lancaster para plantear aquí su sis-
tema de educación — vivían de un modo precario,
por la irregularidad con que se pagaban los suel-
dos de los profesores y porque los fondos de que
podía disponer Colombia para fomentar la instruc-
ción científica se empleaban casi todos en los ins-
titutos de Colombia» Y en otro pasaje dice el se-
ñor Gil Fortoul, hablando de Bolívar: «Quiso tor-
narse árbitro de los destinos de la América espa-
ñola, y fracasó en su empresa de juntar en un haz
político países separados por distancias inmensas,
sin caminos, casi desiertos.» Y aquí, en esto de las
distancias inmensas, de la falta de caminos y de
los desiertos, aquí estriba el peso todo del proble-
ma. Los caminos son tan necesarios á la unidad de
una nación como las venas y las arterias al cuerpo
humano.
Sarmiento, en su «Facundo», libro lleno de vis-
lumbres, dijo que el mal de la República Argenti-
154
MIGUEL DE UNAMUNO
na era su extensión , pero esto dicho así, en seco,
necesita ser aclarado. Porque extensos son los Es-
tados Unidos. El mal de la Argentina en tiempo
de Sarmiento era más que su extensión, lo poco
poblada de ésta y la dificultad y largura de las
comunicaciones. Cuando las comunicaciones de
los distintos lugares de una nación con su capital,
con la residencia del gobierno, son difíciles, la
vida nacional se hace difícil también, Y he aquí la
conclusión á que quería llegar, y, es que uno de
los factores capitales en la formación de las nacio-
nalidades americanas fué la esfera de acción de las
grandes ciudades. Toda región ó territorio cuya
ciudad capital tuviera que depender para su vida
económica y social de otra capital colocada en
mejores condiciones, tenía que ser región ó terri-
torio dependiente. Y de aquí, el que yo crea, con-
cretándome para ejemplificar mi aserto al caso de
la Argentina y el Uruguay , que el haberse hecho
la Banda Oriental una nación independiente se
debe más que á Artigas ó Lavalleja y á los Treinta
y Tres, y más que á ser ella subtropical y atlánti-
ca, á Montevideo. Montevideo hizo el Uruguay,
porque Montevideo, con su puerto en el Atlántico
y á la boca del Plata, no dependía para su vida
económica y social de Buenos Aires. Por el puerto
de Montevideo podían y pueden entrar y salir
mercancías de toda clase sin tener que pasar por
Buenos Aires. Y reconociendo el valor de otros
factores — en algunos casos grandísimo — puede
decirse que Buenos Aires hizo la Argentina, Mon-
tevideo el Uruguay, Valparaíso y Santiago Chile,
CONTRA ESTO Y AQUELLO
155
Lima el Perú, Bogotá Colombia, Caracas Vene-
zuela, Guayaquil el Ecuador, etc.
¿De qué proviene aquí, en España, la fuerza del
regionalismo catalán, lindero á las veces con el se
paratismo , sino de que Barcelona tiene más vida
propia que Madrid, más población y verdadera
independencia económica?
Si las ciudades del interior de la República Ar-
gentina no hubiesen necesitado del puerto de
Buenos Aires para su más perfecta vida económi-
ca, tal vez hubiésemos tenido alguna ó algunas re-
públicas más, y Güemes, López ú otros habrían
hecho lo que hizo Artigas. Obsérvese que las na-
ciones americanas se formaron casi todas, á lo
largo de las costas, supeditadas á algún puerto,
excepto cuando un vasto «hinterland» les permitía
crearse una capital interior , ó cuando su vida era
muy sencilla, muy «robinsoniana » , como sucedía
con el Paraguay.
La influencia de las grandes ciudades en la for-
mación y cimentación de las nacionalidades es de-
cisiva. Una vez más he de repetir que el patriotis-
mo es ante todo ciudadano. Y hasta en el caso
de un Rosas, que puede á primera vista parecer
un símbolo de la campiña y un representante
de los rurales , hay que ver que era un ciudada-
no de origen y que asentando su dictadura en
la ciudad, asentó, de hecho, la dictadura de la
ciudad. Y cuanto más una capital se diferencia
de otra capital, más se diferencian dos naciones.
Los ayuntamientos de dos capitales pueden hacer
por la inteligencia cordial de dos naciones tanto,
156
MIGUEL DE UNAMUNO
por lo menos, como sus gobiernos respectivos.
En el libro mismo que suscita estas líneas se dice
que la «municipalidad» de Quito envió á Bolívar
al Perú, en Julio de 1826, comisionados con ins-
trucciones reservadas contra la constitución de
Cúcuta y la unión con Colombia; y el 28 de Agos
to el pueblo de Guayaquil reasume su soberanía y
entrega su suerte á Bolívar. Es decir, que así como
Caracas hizo Venezuela, Quito y Guayaquil, su
puerto, hicieron el Ecuador.
Y hay más, y es que si las grandes ciudades —
grandes relativamente — con vida independiente
hicieron las naciones americanas, el no ser lo bas-
tante grandes y el haber entre aquéllas otras que
les estaban supeditadas en mayor ó menor grado
no pocas con cierta vida propia y radio de acción
propio también, fué lo que produjo aquel especia-
lísimo federalismo sudamericano de que tanto se
ha disertado y sobre el cual un folleto publicado
en Caracas ya en 1828, decía: «¿Por qué delirio
quieren algunos extinguir el gobierno central de
la nación, para multiplicar este mismo sistema
«unitario», según la denominación de moda, en di-
versos puntos de la república?... La federación
vendría á ser el mismo centralismo, no sólo res-
pecto de la nación con los estados, sino de éstos
con las provincias, ciudades ó pueblos que los
compongan... Podríamos llevar hasta el infinito
la multiplicación del gobierno central, y jamás
llegaría á realizarse la federación.» A lo que aña-
de el señor Gil Fortoul, como comentario, que en
ese párrafo se prevé el sistema que adoptaría Ve-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
157
nezuela en 1864: «Federalismo en la constitución
y centralismo en la práctica». O sea una descen-
tralización del unitarismo, que es á lo que viene
á reducirse el federalismo hispanoamericano, hijo
del español.
Las ciudades han hecho las patrias. Hablaba
como un sabio, creo, Mosquera, cuando en la se-
sión del 21 de Abril de la convención de Ocaña,
en 1822, contesta á Santander que hablaba de que
la diversidad de climas y costumbres se oponía
al centralismo, diciéndole que la diversidad de
costumbres es pura imaginación, que en América,
de Méjico á Buenos Aires, todo es igual, hasta los
resabios (v. pág. 429). Podrá haber en esto más ó
menos hipérbole, pero en el fondo lo creo exacto.
Aquí, en España, ponderamos las diferencias de
carácter, costumbres y modo de ser que separa á
unas regiones de otras, y, sin embargo, los ex-
tranjeros declaran que no las ven tan marcadas
como nosotros las vemos. Y ahí pasará algo pare-
cido entre las distintas naciones. Y eso que ahí
todas hablan en castellano, y en un castellano,
pese á argucias, muy uniforme, mientras aquí sub-
sisten el vascuence, el catalán y el gallego. Como
que por fuerza han de ser más uniformes pueblos
formados por la mezcla de los mismos elementos.
Claro está que la influencia de la sangre negra
dará un tono especial á ciertas naciones en que
abundaron los esclavos africanos y que las dife-
rencias entre los diversos elementos indígenas
influirán algo, pero estos factores creo sean de
menos peso que se les supone.
158
MIGUEL DE UNAMUNO
En esas naciones en formación, el elemento ca-
racterizador y diferenciador tiene que ser la ciu-
dad. Y á la ciudad, se me dirá, ¿qué la diferencia?
Esto merece ya capítulo aparte. Y antes de poner-
me á tratar de ello he de recomendar á mis lecto-
res que sepan el inglés, la lectura del ensayo de
W. James, el gran pensador norteamericano, sobre
los grandes hombres y su ambiente — «The great
men and its environment» — ensayo publicado en
el libro que lleva por título: The will to believe
and other essays.
Y antes de terminar he de advertir á alguno de
mis lectores que no soy un tan hombre de libros
como él se figura, que no he vivido mi vida toda
metido en Salamanca — de donde no soy — , que he
corrido un poquito el mundo, y que el ir á Madrid
y meterme en eso que llaman la vida — no sé por
qué — sospecho no habría de acrecentar mi expe-
riencia ni hacerme variar de puntos de vista esen-
ciales. Y, por último, que al llamar buen hombre
al gran Sarmiento — á quien pocos han hecho más
justicia que yo — arguye que mi admiración á su
genio no empece mi cariño al hombre, tal como á
través de sus escritos se revela. Y es por lo que\
empleé esa frase que suena cariñosa y familiar.
«LA EPOPEYA DE ARTIGAS»
«La Epopeya de Artigas; Historia de los tiem-
pos heroicos del Uruguay»; así se titula esta última
y tal vez la más hermosa obra de Zorrilla de San
Martín, que me ha acompañado en estas últimas
noches de este crudo invierno. Al amor de la ca-
milla, y alternándola con el viejo Herodoto, la
he leído.
Epopeya... y así es, una epopeya, un poema épi-
co en prosa, pero en prosa poética. Como tal poe-
ma hemos de considerarla primeramente, para de-
jar al examen de subsiguientes artículos sus aspec-
tos más genuinamente históricos y sociológicos,
su doctrina sobre la lucha de la democracia arti-
guista contra el patriciado unitario porteño, y su
doctrina sobre el origen y justificación de la patria
oriental que es toda una doctrina sobre las patrias
en general.
Como epopeya, como obra de poesía y arte ante
todo, ya que para guiar fantasías y manos de ar-
tistas fué principalmente escrita y á los artitas está
dedicada.
Al frente de la obra figura un decreto del presi-
160
MIGUEL DE UNAMUNO
dente de la República Oriental Williman, de fecha
10 de Mayo de 1907, en que éste acuerda se erija
en la Plaza de la Independencia un monumento á
la inmortal memoria del general José Artigas,
«precursor de la nacionalidad oriental, procer in-
signe de la emancipación americana», llamando á
ello á los escultores uruguayos y extranjeros, y en
el art. 40 del decreto se designa al doctor Juan
Zorrilla de San Martín para que de acuerdo con
las instrucciones del gobierno, prepare una memo-
ria sobre la personalidad del general Artigas y los
datos documéntanos y gráficos que «puedan nece-
sitar los artistas».
Se ha escrito, pues, esta obra ante todo páralos
artistas, para los escultores, si bien sea ello un
pretexto para haberla escrito. Con la sacramental
fórmula de «amigos artistas» empiezan las confe-
rencias que constituyen la epopeya.
Y la epopeya es ya un monumento, «aere peren-
nius», más duradero que el bronce. Dudo mucho
que artista alguno del cincel pueda erigir á la me-
moria y al culto de Artigas un monumento, en
mármol ó bronce, más sólido y más poético que
éste. El monumento que el presidente Villiman
decretaba está ya en pie. Y canta como una esta-
tua no puede cantar.
Y este monumento pretende ser una guía para
el otro.
Precisamente en estos mismos días he estado
leyendo otra obra miliar, de hito, sólo que ésta
en el campo de la estética, Es el «Laoconte ó so-
bre los límites entre la pintura y la poesía», de
CONTRA ESTO Y AQEELLO
161
Lessing, una obra de que habrán oído hablar casi
todos mis lectores, que conocerán muchos de ellos.
El libro de Lessing se abre con unas observacio-
nes de Winckelmann y una discusión de si el fa-
mosísimo grupo escultórico de Laoconte y sus dos
hijos ahogados por la serpiente se inspiró en la
descripción que del caso nos hace Virgilio en la
Eneida, ó si Virgilio se inspiró en esa ú otra aná-
loga obra de arte, ó ambos independientemente
uno de otro, en la leyenda viva. Y de aquí se si-
gue una doctísima y muy aguda disertación sobre
los límites respectivos entre las artes plásticas y
las de la palabra. Pues ni la pintura es poesía
muda, ni la poesía pintura que habla.
Debo haceros gracia de los penetrantes análisis
de Lessing, aunque no estará de más que los leáis,
ó volváis á leerlos quienes los hayáis ya leído,
puesto que aún persigue á la poesía el descripcio-
nismo y á la pintura el literatismo, aún se pretende
hacer poesía pictórica y pintura ó escultura lite-
raria.
Y esto no lo traigo aqui á despropósito. Al mis-
mo Zorrilla de San Martín, excelso poeta, lo que
á las veces le perjudica es una cierta confusión
entre los límites infranqueables de los campos de
los diversos sentidos estéticos. Gusta de mezclar
los términos del mundo auditivo y del visual. Apli-
ca con harta frecuencia el epíteto musical á cosas
visibles y no sonoras, y aunque metafórico, puede
desviar la recta percepción artística, no ya vulgar.
Nos habla de «pensamiento musical», de «corazón
sonoro», de «silencio que mira», de «músicas in-
11
102
MIGUEL DE UNAMUNO
visibles al oído de los corazones armoniosos», de
llenar el tallado mármol con palabras melodiosas.
Todo lo cual es muy poético y muy sugerente,
pero ...
Al final de esta su obra, nos da Zorrilla una de-
finición del arte, definición poética más que esté-
tica, pero definición al fin. «Fundir palabras viejas
en aleación vibrante», para infundirles la juven-
tud de los dioses; «cincelar ó laminar esa divina
substancia hasta transformarla en instrumento so-
noro, capaz de acordarse al diapasón de un alma
melodiosa, eso es arte». ¿Lo ves? Fundir.'., cince-
lar... laminar... y luego lo sonoro, el diapasón y la
armonía.
Y aun admitido esto, ¿es el Artigas de Zorrilla,
siendo tan poético cual es — y no digo que tan ver-
dadero— es, digo, escultórico? Propendo á creer
que es más bien pictórico. El arte literario de Zo-
rrilla tiene más de pictórico que de escultórico,
más colorido que línea.
Le ayuda, además, á un escultor una obra así,
por excelsa que ella sea? y la de Zorrilla lo es en
altísimo grado. Dudo mucho que á Rodín, para ha-
cer su Sarmiento, le sirviera gran cosa el conoci-
miento del hombre espiritual. Debió de ver su
rostro inconfundible, su expresión corporal llena
de vida, y esto le bastaría. Es la de Sarmiento una
hermosa cabeza para un artista. Y basta. En ella
y sólo en ella debe de ver el escultor su alma.
«La palabra humana — escribe Zorrilla en la con-
ferencia XIX — tiene que ser sucesiva, y la suce-
sión, hija del tiempo, es el atributo de la limita-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
163
ción, de la impotencia. Lo infinito es simultáneo;
el tiempo y el espacio son apariencias». Y dice
Lessing en su «Leoconte» que en la poesía se des-
arrolla una acción sucesiva en la serie del tiempo
y que en esto consiste su preeminencia sobre la
pintura y la escultura. Precisamente por desarro-
llarse la palabra humana en tiempo se puede ex-
presar con ella lo que con la pintura no se expre-
sa, si bien ésta expresa á su vez cosas á aquélla
negadas.
El monumento escultórico á un héroe no puede
sino recordarnos su historia, su heroísmo. El que
lo contemple sin saber nada de esa historia no
puede ver en él lo heroico del hombre.
El heroísmo es acción más que actitud: aunque
dé raíces eternas se manifiesta en tiempo. El de-
fecto principal de las figuras históricas que nos ha
dejado Taine es, lo he dicho antes de ahora, que
están concebidas en un cierto modo escultórica-
mente, esto es, estáticamente, en un momento
dado. Falta en ellas proceso evolutivo, vida, á pe-
sar del evolucionismo de su autor. Parten de una
definición ; apenas tienen contradicciones íntimas.
Son una ecuación psicológica desarrollada, no una
vida.
Afortunadamente para Zorrilla, su héroe, «su»
Artiga?, no resulta, á pesar de sus esfuerzos, es-
cultórico. Hay en él acción, más que actitud. Por
mucho que prodigue los epítetos de eternidad y
quietud, aquel hombre se mueve, aspira, vive.
Al final de la obra, al hablar Zorrilla de la muer-
te solitaria de Artigas en el Paraguay, nos dice
164
MíGUEL DE UNA MUÑO
que es la muerte de un impasible y estampa este
hermosísimo pensamiento! «la esperanza es atri-
buto del tiempo; en la eternidad no existe». Muy
hermoso, ¿no es verdad? Pero, ¿es así? ¡Ah, tal vez
no! Tal vez la eternidad misma -no es más que es-
peranza, esperanza sustancial, y ésta madre de la
fe y la fe madre de Dios. Esperemos, pues, aun-
que sólo sea... ¡á la esperanza misma!
¿Pero todo esto qué importa? ¡Importa, sí! Le
mandó á Zorrilla su patria que escribiese la guía
para un monumento escultórico al padre Artigas y
ha escrito el monumento mismo, ;pero no escultó-
rico, no! ¿Que ha de servir de poco ó de nada á los
escultores? Acaso mejor. ¡Mejor, sí!
El modo de hacer Zorrilla su Artigas en nada se
parece al modo de hacer Taine su Napoleón. Taine
era un crítico y un filósofo sistemático, muy gran-
de en su campo, pero no en rigor un historiador;
Zorrilla es, ante todo y sobre todo, un poeta. ¿Y un
historiador? Paréceme que con poesía se llega
mejor á la entraña , á la verdad verdadera de la
historia, que no con filosofías sistemáticas. Miche-
let es más verdadero que Taine. No depende de
la documentación.
El guía principal de Zorrilla en su técnica, y él
no nos lo oculta, es Carlyle, otro poeta, el de los
héroes y el culto al heroísmo. Alguna vez le llama
«el inglés» , así á secas. Esta obra del gran poeta
en lengua castellana está llena de frases carlyles-
cas. Unas veces es el hombre real , otras el dios
interior; ya el ancángel rojo, ya el dragón alado
que pasa por el aire como un meteoro, ya... ¿A
CONTRA ESTO Y AQUELLO
165
qué seguir? ¡Y no me extraña, no! Esas frases re-
sonantes se os quedan prendidas á la memoria
como la hiedra al muro. Yo he sufrido su fascina-
ción. Cuando acabé de traducir su «Historia de la
Revolución Francesa», traducción en que procuré
respetar la retórica toda — porque es, sí, retórica —
de Carlyle, casi todo lo que yo escribía me resul-
taba carlyüano. Salí de aquello, como he salido de
otras cosas , pero aun le llevo dentro. Y sea á la
buena de Dios.
De frases carlylescas está llena esta Epopeya de
Artigas, pero está mucho más llena de frases san-
martinescas , de frases del mismo Zorrilla de San
Martín , de aquellas sonoras y henchidas que vie-
nen rodando por sus escritos desde el «Tabaré».
Hay frases de esas que valen por todo un poema.
Y descripciones... digo, no, narraciones, narracio-
nes poéticas que justifican ampliamente lo de epo-
peya. Aquella marcha de Artigas con su pueblo al
Hervidero , aquellos sus últimos años en el Para-
guay, aquel retrato poético, no pictórico, de don
Gaspar Rodríguez de Francia.
Este misterioso don Gaspar Rodríguez de Fran-
cia, esta esfinge... pero dejemos ahora lo de la es-
finge paraguaya, porque tenemos que hablar muy
largo de ella. Es casi toda una filosofía; es desde
luego toda una sociología. Volvamos á las poéticas
frases sanmartinescas .
Y no os choque el que así me detenga en las
frases. El mérito de una obra poética ni el de una
meramente literaria, no depende de las frases, si
no más bien de su enlace; pero los más grandes
1G6
MIGUEL DE UNAMUNO
poetas, y hasta los más grandes pensadores, han
sido forjadores de frases. Por una frase vive la me-
moria de un hombre; por una «frase inconsútil»
como llama Zorrilla á aquella de Artigas: con li-
bertad ni ofendo ni temo. Cada uno de los siete
ya legendarios sabios de Grecia era autor de una
sentencia que iba para siempre unida á su nombre.
Y esta sentencia pasaba á ser proverbio, que co-
rría de boca en oído y de oído en boca á través de
las generaciones de los hombres. El que deja á su
pueblo un proverbio, un proverbio inmortal, una
frase inconsútil, le deja más que un poema, el ger-
men de muchos poemas. Arvers vive en la litera-
tura francesa no más que por un soneto, el llama-
do soneto de Arvers. Y este Arvers es Arvers el
del soneto, el del soneto de Arvers. Pero yo os di-
go que muchas veces una frase , un verso de un
soneto, es más que el soneto entero ; pues éste no
se escribió sino para sustentarla, para que le sirva
de marco. Lo sé muy bien porque lo sé de expe-
riencia propia.
Y los grandes forjadores de frases , de frases in-
consútiles, de expresiones únicas é indestructibles,
han sido los grandes apasionados, los grandes poe-
tas. A dos de ellos cita en su obra nuestro autor y
son dos hombres de fuego , San Agustín y Pascal.
Y las frases inmortales del uno y del otro son como
las frases que la pasión irrumpe, bloques de lava,
frases hechas de antítesis, paradojas para el común
de los mortales.
Zorrilla es un gran forjador de frases. Y las
suyas brotan del contexto de su narración y son
CONTRA ESTO Y AQUELLO
167
como el coronamiento de ella , y no superpuestas
ó añadidas. No viene el contexto á justificar la
frase, sino que ésta lo resume y corona. O son to-
ques pintorescos. Cuando nos habla de los pesares
domésticos de Artigas, del dolor que la muerte de
su mujer le causara, nos dice que «Artigas había
perdido para siempre á su esposa; pero no la espe-
ranza de recobrarla. Y ésta no hacía otra cosa que
diluir en los años el dolor de las horas aciagas». Y
agrega: «las horas nos quedan para llorar los ins-
tantes». ¡Oh, para los que nos pasamos la vida me-
ditando en la esperanza y esperándola!
Otra vez nos dice que desdeña «los templos sin
más dios que la muchedumbre», más allá que «el
que vence con morir es invencible», frase de cris-
tiano, tal vez que «el pasado no está detrás de nos-
otros como suele creerse, sino delante; lo que ha
muerto nos precede, no nos sigue». Exacto; acaso
el presente, la realidad, no es sino el pasado pug-
nando por hacerse porvenir.
Y otras veces son frases descriptivas, pero de
descripción poética, como la quería Lessing. En el
retrato que Zorrilla nos hace de aquel hombre es-
fíngico, de aquel doctor Francia que durante tan-
tos años guardó, fiel perro vigilante, la siesta de
su pueblo velando por que nadie se la cortara, nos
dice que tenía unos ojos «sin patria ni sexo», y
luego, que muerto ya, su mirada estaba «más llena
de muerte que cuando estaba viva». Pero de esta
esfinge paraguaya, cuyo retrato es de lo mejor que
«La Epopeya de Artigas» contiene, ya os hablaré.
Y al retratar en otra parte al gaucho— del que tan
168
MIGUEL DE UNAMUNO
egregio retrato nos dejó ya en su discurso al inau-
gurarse la estatua de Lavalleja — nos dice de él que
«como se ven las alas en el pájaro que camina, se
percibe el caballo en el gaucho que anda á pie».
Y ésta es una de esas descripciones poéticas tales
cuales Lessing las quería, de las que no pretenden
ser pictóricas. Leed la agudísima crítica que Les-
sing hace de la descripción de una hermosa mu-
jer en el Ariosto.
Guerra Junqueiro nos habla una vez de
prados tao mimosos, que quizera a gente
convertirse en ave para os nao calcar.
Y esto vale por cien descripciones de inventa-
rio, como aquellas que con su característico senti-
do antipoético hacía aquel Zola á quien tan en ex-
ceso leímos y admiramos hace unos años y á quien,
acaso con no menos exceso, tan poco leemos y
nada admiramos hoy ya. Su descripcionismo se ha
hundido como se han hundido sus ridiculas pre-
tensiones de hacer la novela... experimental. Lo
que no se tiene sobre su propio pie se cae pronto.
Mas si execro así del descripcionismo, de la ma-
nía de describir por describir, pretendiendo acaso
rivalizar con la pintura, no es que condene la des-
cripción ni mucho menos. Zorrilla tiene en ésta su
«Epopeya de Artigas» espléndidas descripciones,
como aquella del éxodo del pueblo oriental si-
guiendo á Artigas al campamento de Purificación.
«El cuadro es homérico», no¿ dice á la mitad de su
espléndida descripción, y así es.
CONTRA ESTO Y AQUELLO 169
Estoy considerando esta obra de Zorrilla de San
Martín como una obra poética, como lo que ella se
titula, una epope}'a, una epopeya en prosa, con un
valor sustantivo é intrínseco en sí y por sí y no
como una guía para los escultores. Pero esta obra
es á la vez obra de historiador, obra de sociólogo
y obra de patriota. Y en cierta parte también — la
justicia es el supremo homenaje — obra de aboga-
do. Zorrilla en ella sustenta sus tesis, Así es y así
tiene que ser.
Hay primero una tesis histórica y es la de la
lacha de Artigas, encarnación de la democracia
americana, según su cantor, contra el patriciado
unitario porteño, los Rivadavia, Posadas, Alvear,
Pueyrredón, Sarratea... los mismos Belgrano y
San Martín, en el fondo monárquicos y poco ó
nada creyentes en la capacidad de su propio pue-
blo para gobernarse, republicana y democrática-
mente, por sí mismo. Y luego otra tesis, tesis his-
tórica y sociológica, sobre la existencia de la Ban-
da Oriental del Uruguay como nación indepen-
diente. Y de una y de otra tesis quiero deciros
algo para sacar de ello enseñanzas generales.
Puedo considerarlas no sólo á través de mis lec-
turas de historia americana y argentina en espe-
cial, sino también á través de lo que hoy pasa en
esta mi patria. Porque aquí, desde hace un siglo y
algo más, desde aquel tiempo del afrancesamien-
to de nuestros intelectuales, desde aquellos tiem-
pos en que Belgrano estudió en esta Universidad
de Salamanca, foco entonces de enciclopedismo
afrancesado, y San Martín y Alvear se educaron y
170
MIGUEL DE UNAMUNO
formaron en nuestro ejército español, desde en-
tonces subsisten los «europeizantes», nuestros uni-
tarios, los que no creen en la capacidad de nues-
tro pueblo para gobernarse por sí. «Mire con rece-
lo á ese Rivadavia, que no en vano ha pasado tan-
tos años en Europa», cuenta Zorrilla que escribió
Adams, el ministro de Monroe en los Estados Uni-
dos, á su cónsul en Buenos Aires. Y esto lo com-
prendo muy bien, ¿no he de comprenderlo? Creo
que en más de un respecto acaso esta vieja Espa-
ña está más cerca, mucho más cerca de esa Amé-
rica que del resto de Europa, á la que geográfica-
mente dicen que pertenecemos.
Y también esa otra tesis patriótica uruguaya
puedo verla á través de nuestras cosas. Y no te-
máis que hiera sentimientos sagrados.
En este otro problema, además, creo tener un
cierto mayor derecho á intervenir ya que Zorrilla
de San Martín me hace el honor de discutir, y
aceptar en parte, completándola, una tesis que en
estas mismas columnas sostuve, la de la formación
de las nacionalidades hispano-americanas en tor-
no á grandes núcleos urbanos económica y social-
mente independientes.
Mas una y otra cosa, y acaso alguna más, exi-
gen correspondencias aparte.
TAINE, CARICATURISTA
De las varias revistas que recibo de la América
de lengua española, una de las que hojeo siempre
con más interés y complacencia, es la Revista de
letras y ciencias sociales, de Tucumán, que diri-
ge Don Ricardo Jaimes Freyre, y redactan los
doctores Julio López Mañán y Juan B. Terán.
Debo, además, no pocas deferencias á esa revista,
donde con frecuencia se reproducen y comentan
frases mías.
En el número de esta revista, correspondiente
al 10 de Enero de este año, se comenta el que yo
llamara á Hipólito Taine un «portentoso falsifica-
dor y sistemático caricaturista», y se oponen á
esta juicio mío reparos muy discretos. «Taine,
dice el redactor T. de la revista de Tucumán, era
un generalizador y un filósofo, un filósofo y no un
biógrafo, un modelo de filósofo de la historia».
grega que yo encuentro que la síntesis de Taine
ha mondado lo pintoresco, lo irregular de las im-
presiones concretas.
No, no es esto. Taine no sintetiza, sino que es-
coje los rasgos que concuerdan con la idea aprio-
172
MIGUEL DE UNAMUNO
rística que se ha forjado de un individuo y los
pone de relieve, dejando en la penumbra ó en la
sombra los demás. Los hombres no son para Taine
hombres, sinos casos de ejemplificación de teorías
abstractas. En su libro de De V intellingence, está
la clave de sus trabajos históricos y críticos.
En rigor, Taine no creía en la individualidad ni
en el alma personal, y sus personajes, si bien se
mira, carecen de alma.
No hay sino compararlos con los de Michelet,
aquel historiador portentoso, lleno de visión y de
entusiasmo, ó con los de Carlyle. Michelet, sí, Mi-
chelet sentía á los hombres y los resucitaba ante
nuestros ojos. Claro está, como que es suya aque-
lla enérgica y entrañable exclamación: ¡mi yo, que
me arrebatan mi yo!
Casi ninguno de los llamados filósofos de la his-
toria es buen historiador. Para historiar es menes-
te dejarse de un lado la filosofía y que los hechos
mismos hablen y filosofen ellos: y mucho más tra-
tándose de una filosofía tan seca, tan geométrica,
tan fríamente cartesiana, tan poco histórica como
era la filosofía de Taine.
Caricaturista, sí. ¿Qué es lo propio de la carica-
tura? Lo propio de la caricatura es acentuar los
rasgos diferenciales de un individuo , atenuando y
hasta haciendo desaparecer los demás. Y, sin em-
bargo, un hombre es humano y es vivo, por lo
que tiene de común con los demás. El hombre
triste sin sus alegrías no sería hombre, como no lo
sería el alegre sin sus tristezas. Las flaquezas de
los fuertes, las decisiones de los indecisos, los
CONTRA ESTO Y AQUELLO
173
rasgos de valor de los cobardes y los momentos
de cobardía de los valientes , las simplezas de los
genios, y las genialidades de los simples, todo
esto, las contradicciones íntimas de los hombres,
es lo que hace que nos parezcan hermanos y se
atraigan nuestra simpatía. Nunca late nuestro
corazón con más amor hacia el Cristo que al leer
el relato de su desaliento en el olivar. Sin eso, no
sería hombre.
Y en los personajes de Taine suelen estar siste-
máticamente excluidas estas diferencias. Le sirven
para demostrar una tesis. Sus biografías , sus re-
tratos de personas, hacen parangón con los tra -
bajos de psicología de Ribot. El mismo rígido é
implacable mecanismo, la misma lógica de concep-
tos abstractos. Los hechos que expone Taine son
un revestimiento de conceptos previos: no salen
las ideas de los hechos sino que vienen éstos, há-
bilmente seleccionados, á corroborar aquéllas.
Y no es que allí falte lo pintoresco ni la impre-
sión concreta, no. Taine, que era á su modo un
soberano artista, sabía dar la pincelada pintores-
ca, sabía reproducir la impresión concreta. Pero
es cuando concurrían á corroborar su tesis; en
otro caso prescindía de ellas.
Taine nos ha dejado magníficas esculturas lite-
rarias, pero la escultura no es la verdad. La escul-
tura nos presenta á un hombre en una edad de su
vida, en una posición, en un gesto, en un momen-
to. Y el hombre pasa por diversas edades, posi-
ciones, gestos y momentos. Cierto es que Taine
traza la vida de sus personajes siguiéndolos á tra-
174
MIGUEL DE UNAMUNO
vés de sus vicisitudes, pero si se le lee atentamen-
te se verá que va á tiro hecho, á fijarlos en una
actitud y en un momento. Sus hombres son ideas
encarnadas, ideas más ó menos complejas, pero
ideas, en fin.
«Era un filósofo y no un biógrafo», dice el redac-
tor de la revista tucumana. Pues quien no es un
biógrafo mal puede ser un buen historiador, y
Taine escribió historia. Con muy profundo senti-
do,— lo he dicho antes de ahora, — agrupó Sarmien-
to en torno á la figura de Facundo la historia de la
lucha entre la civilización y la barbarie en la Ar-
gentina, y agrupó Mitre en torno á las figuras de
Belgrano y San Martín la historia de la emancipa*
ción sudamericana.
Aprovecho el recuerdo. Ahí está Sarmiento, que
en visión histórica y fuerza de expresión plástica
no es inferior á Taine, superándole en otros con-
ceptos así como cede ante él en muchos. También
Sarmiento era un caricaturista , también su « Fa-
cundo» es una caricatura, como lo es siempre, en
mayor ó menor grado, todo retrato verdadera-
mente artístico. También Sarmiento acentuó unos
rasgos de su héroe y atenuó otros. Y así es como en
su Facundo nos ha dejado un retrato imperece-
dero de Rozas, pero un retrato caricaturesco.
Y aquí he de hacer una breve digresión, para
hacer notar que la caricatura no implica necesaria-
mente lo grotesco y lo cómico. Hay deformaciones
épicas, que engrandecen al deformado.
Los retratos que Sarmiento nos ha dejado de
Facundo, de Rozas, de Aldao, del cura Castro, de
CONTRA ESTO Y AQUELLO 175
don Domingo de Oro, son, sin duda, soberanas de-
formaciones, son verdaderas caricaturas, pero ¡qué
diferencia con las deformaciones de Taine! Este,
el francés, deformaba fríamente, con regla y com-
pás, según un sistema de coordenadas, con arreglo
á una psicología mecanicista , mientras que el ar"
gentino deiormaba con calor, por amor ó por odio,
por pasión. El uno deformaba, caricaturizaba con
la cabeza; el otro con el corazón. Y yo me quedo
con el segundo.
Y aquí está de otra parte Mitre, cuya «Historia
de San Martín» estoy ahora leyendo con singular
agrado. No tiene Mitre la genialidad bravia y ro-
busta de Sarmiento, pero su labor de marcha más
lenta y más apacible, acaba por ponernos ante los
ojos figuras vivas. Figuras crepusculares, un poco
borrosas de suyas, figuras de menos relieve, pero
de más simpática humanidad. Ni Belgrano ni San
Martín se prestaban á la caricatura; uno y otro
eran héroes plutarquianos , modelos de serenidad
moral, pero no de genialidad mental, como el mis
mo Mitre lo reconoce. Si recordamos el paralelo
que Taine precisamente estableció entre los proce-
deres de Shakespeare y de Balzac, veremos que,
guardadas proporciones, Sarmiento se valía del
primero y Mitre del segundo.
Pero uno y otro, los argentinos, escribían movi-
dos por patriotismo pasional y era la pasión, impe-
tuosa y bravia en el uno, contenida y serena en el
otro, lo que guiaba sus plumas. Eran de raza es-
pañola al cabo. Mientras que Taine es un per-
fecto ejemplar del espíritu intelectualista fran-
176
MIGUEL DE UNAMUNO
cés, frío, geométrico, «desabusé», cartesiano.
Ad virtiéndole en cierta ocasión á Taine de los
peligros que podían seguirse de las consecuencias
que los franceses sacasen de sus «Orígenes de
la Francia contemporánea», dicen que contestó:
«cuando yo escribo no pienso que haya franceses
en el mundo*. (Pudo añadir que ni hombres). He
aquí una frase que no concibo ni en boca de Sar-
miento ni en boca de Mitre. No puedo figurárme-
los escribiendo sin tener en cuenta que hubiese
argentinos en el mundo.
Cita luego el redactor de la revista tucumana
un juicio de Lecombe que dice de Taine que es el
prosador más animado é imaginativo que haya
entre los franceses. Imaginativo, sí, mucho, pero.. .
¿animado? Alma es lo que encuentro que les falta
á sus personajes. Hablan, razonan— como razonar,
razonan demasiado acaso — obran, pero el alma no
se les descubre.
«Es en prosa el equivalente de Hugo», añade
Lecombe. ¡Por Dios! no tanto, no, no tanto. To-
mándolo con cautela puede uno fiarse de Taine;
de Hugo no. Taine deformaba por sistema, Hugo,
por ignorancia. Precisamente estoy leyendo la
«Leyenda de los siglos» y regocijándome con la
acumulación de despropósitos históricos del padre
Hugo. Tenía una radical impotencia para com-
prender la historia. Sentía predilección por los
asuntos españoles y, en efecto, no puede hablar
de España sin soltar algún disparate. Su geogra-
fía, su historia, su toponimia españolas son diverti-
dísimas de puro desatinadas. Baraja nombres, su-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
177
cesos y lugares con la mayor desaprensión. Y en
el fondo Hugo es tan frío y tan sistemático como
Taine, aunque aquél sea un ignorante y éste no.
Porque Taine se enteraba bien antes de hablar de
algo, y Hugo no se tomaba la molestia de ente-
rarse.
Nadie pone en duda las severas virtudes de es-
tudioso y de hombre de Taine, ni la acendrada
sinceridad de sus ideas. Puede un hombre ser es-
tudioso, sincero y amante de la verdad, y ser fal-
sificador y caricaturista. Su genio mismo le impul-
saba á ello. No creo que Taine se pusiera adrede
unas gafas verdes ó rojas para ver los objetos de
uno ó de otro color, no; sino que su especial dalto-
nismo le impulsaba á ver como veía. Es un escri-
tor profundamente subjetivo, pese á su objetivis-
mo profesional. Lo mismo que le pasa á Flaubert.
Y esto es muy frecuente en escritores franceses.
Preocupados de no dejarse cojer de primos, que
decimos en España, «de n'étre pas dupes», de ver
las cosas sin ilusiones ni prejuicios pasionales, de
salirse de sí mismos, de hacer obra severamente
impersonal y científica, caen en un profundo pre-
juicio y son presa de una ilusión; de la ilusión de
la objetividad. Su facultad hipercrítica acaba por
destruir la realidad concreta, y en vez de hechos
nos dan ó leyes congeladas ó polvo de hechos.
Cuajan en témpanos la corriente fugitiva ó redu-
cen á polvo el hecho bruto. Y de aquí la singular
sensación de vacío y de desaliento que su litera-
tura nos deja. Y es que en ella, con pocas y muy
nobles excepciones, falta pasión.
12
178
MIGUEL DE UNAMUNO
Algo diría sobre el juicio — juicio muy discreto
y complaciente — que de mí hace el redactor de la
revista tucumana y algunos reparos le pondría á
lo de considerarme moralista y comentador — fun-
dado, creo, en mi «Vida de Don Quijote y San-
cho», mi obra cardinal hasta hoy — algo diría de
esto si no fuese porque me he trazado como regla
de conducta el no juzgar los juicios que de mí,
como escritor, se hagan, ni aun cuando sean tan
razonados y tan de buena fe y benévola simpatía
como es el juicio á que me refiero. Tomo de ellos
cuenta é influyen en mi ulterior producción, pero
jamás los ratifico ni los rectifico.
De paso habla el redactor de la revista tucu-
mana de la originalidad sustancial de Spencer.
¡Cuánto habría que reparar á esto! Spencer es
otro pensador tan peligroso como Taine, por ser
igualmente sistemático. Tuve yo también mi épo-
ca de spencerismo, y sin duda me enseñó mucho
el ingeniero filósofo inglés; pero, afortunadamen-
te, salí pronto de su encanto. Y como no es cosa
de alargar este comentario, no me detengo á
desarrollar un punto que acaso sorprenda á mu-
chos, y es el de la incapacidad metafísica de Spen-
cer. Basta compararle con Stuart Mili; basta cote-
jar las superficialísimas críticas de Kant, conteni-
das en los Primeros principios — obra en lo fun-
damental de una endeblez é inconsistencia mani-
fiestas— con las profundas disquisiciones de Stuart
Mili en su Examen de la fisonomía de Hámilton*
Ocasiones tendré de volver sobre esto y sobre
los estragos que creo ha hecho en la mentalidad
CONTRA ESTO Y AQUELLO
179
hispanoamericana — lo mismo que en la española —
ese positivismo mecanicista y geométrico que es-
tuvo en moda hace veinte años y fué el credo de
la mesocracia intelectual. Sólo se salvaron acá y
allá los que sentían arder pasiones en su pecho,
pasiones que mantuvieron, en una ú otra forma, el
fuego sagrado de la ilusión trascendental.
Ni la de Taine ni la de Spencer pueden ser filo-
sofías para pueblos que vierten su pensar en len-
gua española. Estos tienen otra alma, alma que en
pocas obras habrá sido mejor analizada que en la
Historia da civilisagao Ibérica, del portugués
Oliveira Martins.
Yo sé que muchos de mis lectores de allende el
océano se revolverán á esto de que meta en un
mismo cuño de alma á los pueblos todos de len-
gua española, y acaso alguno hasta á que llame
española á la lengua en que les hablo y me entien-
den perfectamente; pero yo sé á qué atenerme y
sé, como lo he dicho muchas veces, que pocas
veces se me aparecen los americanos más radical
y profundamente españoles, ó si se quiere ibéri-
cos, que cuando, como en el caso del gran Sar-
miento, gustan de renegar de España. ¿No rene-
gamos acaso de ella siete veces al día los españo-
les estrictos?
Repito que ahora está poniendo ante mi vista,
vivo y actuante, á San Martín su eminente bió-
grafo Mitre, y ¡cómo me acuerdo de nuestros
héroes castizos ante ese castizo héroe que des-
pués de haber hecho aquí la guerra contra los
fianceses invasores, fué á su patria á libertarla y
180
MIGUEL DE UNAMUNO
hacerla campo libre á la actividad de los hijos de
los pueblos todos, incluso el español! Y el héroe
se me aparece en toda su apacible complejidad,
sin salientes violentos, sin relieves pronunciados,
pero con todo su sano equilibrio y con todo el ca-
lor de humanidad con que ha sabido presentárnos-
lo su ilustre historiador.
A PROPÓSITO DE JOSUÉ CARDUCCI
Ya lo sabéis, ha muerto Josué Carducci, el más
grande poeta italiano que quedaba vivo y el más
grande acaso del mundo entero en el tránsito del
siglo xix al XX. Somos, por lo menos, muchos en
creerlo.
El duelo que Italia ha ofrecido á la memoria de
su poeta, ha sido digno de Italia y digno de Car-
ducci. Pocas veces, ni en lugar ni en tiempo al-
guno, se habrá visto una manifestación más con-
corde y más grandiosa.
Para juzgar la obra poética y la obra crítica de
Carducci, será menester que pase algún tiempo y
que se haya asentado el polvo que levantó con su
soplo airado, serenándose el cielo. Para Italia era
el poeta civil por excelencia, el poeta de la patria,
el poeta de la unidad italiana, Será menester que
lo juzguen extranjeros y que su obra acabe de ha-
cerse universal.
Al entusiasmo patriótico de los italianos que
han llegado á ponerlo en su panteón al lado del
Dante, se ha unido la pasión sectaria y hasta la
manía anticristiana, manía que se alimenta del
182 MIGUEL DE UNAMÜNO
más lamentable desconocimiento de lo que en su
espíritu y esencia el cristianismo es En estos días
ha llegado á decirse en Italia que el himno á Sa-
tanás, de Carducci, es el exponente de su obra
toda poética, y que quien rechaza aquél, tiene que
rechazar éste, No se me ocurre rechazar el himno
á Satanás, que sólo pudo escandalizar á los sim-
ples que no quisieron penetrar en su fondo — un
fondo nada anticristiano — pero sí conviene re-
cordar que el mismo Carducci dijo de ese su him-
no, escrito á sus veinticinco años, que jamás salió
desús manos «guitarrada» («chitarronata») más
vulgar, salvo cinco ó seis estrofas.
Todo poeta, todo escritor, atrae la atención de
sus contemporáneos, no por lo mejor suyo, no por
sus producciones más íntimas y más personales,
sino por aquellas otras que á razón de circunstan^
cias del momento producen más escándalo ó más
entusiasmo pasajero. A raíz de la muerte de Leo-
pardi, de lo que más se hablaba era de su canto á
Italia, y hoy estamos de acuerdo todos en que no
es ese su canto más leopardiano. Lo mismo suce-
derá con Carducci.
¡ Qué modelo de carrera la de este ardiente y
noble poeta! Hay que seguirla desde que en 1856,
siendo profesor de retórica en el Liceo de San Mi-
niato al Tedesco, publicó, á sus veintiún años, la
primera edición de sus rimas, con el honrado pro-
prósito de pagar sus deudas, hasta que frisando en
los setenta y dos acaba de dormirse en la sombra
que no acaba, en su querida Bolonia, en cuyo cam-
posanto deseó descansar de la vida.
CONTRA ESTO Y AQUELLO 183
Cuando publicó aquél su primer libro de rimas,
hubo crítico que lo acusó de «falta absoluta de
toda posible facultad poética». Y de hecho el libro
no gustó. Carducci tuvo que fraguarse su gloria
golpe á golpe, contra la indiferencia primero, con-
tra la hostilidad después. Su espíritu rebelde y
desdeñoso no se plegaba á acomodamientos fáci-
les, y su poesía alta, serena y fuerte, no era de las
que entran fácilmente en un público que rehuye
manjares jugosos.
Carducci, desdeñoso y fuerte como el Dante,
despreciaba la blandenguería romántica que do-
minaba el ambiente espiritual cuando su alma em-
pezó á respirar. No podía resistir el manzonis-
mo, aunque siempre respetó la noble figura de
Manzoni. Y como el cristianismo se le aparecía en
torno bajo la investidura católica manzoniana, se
revolvió contra el cristianismo también. De aquí
su paganismo .
Siendo estudiante saltó una vez de la camas
para salir á la puerta á gritar: «¡viva Giove!»
«¡abasso il successore!» en respuesta á un amigo
que le cantaba lo de
«Dormi, fanciul, non piangere,
Dormi, fanciul celeste,. »
Y toda su vida permaneció fiel á esto que podría
llamarse su paganismo, rechazando á los curas,
pidiendo morir bajo los cantos del padre Homero.
¿Quién no conoce su famosa poesía «En una iglesia
gótica» donde se lee aquello de que los templos
184
MIGUEL DE UNAMUNO
cristianos excluyen al sol y que el cristianismo faja
de tedio al alma? ¿Quién no conoce su canto á las
fuentes de Clitumno en que pide que el sauce llo-
rón, «il pian gente salcio», sea sustituido por la
negra encina, «l'ilice ñera», símbolos el uno del
cristianismo y el otro del paganismo?
Habría, sin embargo, mucho que hablar de ese
paganismo y de ese cristianismo. Por ahora he de
limitarme á indicar que cuanto en el cristianismo
repelía á Carducci — y lo mismo pasa con Nietzs-
che — era, sobre todo, el elemento de origen paga-
no que se ha introducido en él. Carducci amaba á
Francisco de Asís, y Carducci, en su hermosa poe-
sía á la iglesia de Polenta, ha engarzado en ritmo
suavísimo la salutación del Ave María. ¿Contradic-
ción, diréis? ¡No, contradicción no! En las alturas
serenas y luminosas de la poesía no hay contradic-
ciones posibles. Allí todos los grandes espíritus se
abrazan.
He citado á Nietzsche al hablar de Carducci;
mas esto no se interprete en el sentido de que los
junto. Aprecio al poeta italiano mucho más que al
desesperado pensador germánico. En el fondo las
razones, ó mejor dicho, los sentimientos porque
uno y otro se revolvieron contra el cristianismo,
son muy diversos. Y contra el cristianismo de hoy,
oficial y ritual, se revolvió antes que ellos, con
otros muchos, aquel excelso espíritu danés que se
llamó Kierkegaard, alma profundamente cristiana.
Este dijo aquella terrible frase: la cristiandad jue-
ga al cristianismo.
Mas dejando ahora esta cuestión espinosa y vol-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
185
viendo á Carducci , hay que hacer notar el carác-
ter de su lírica.
Carducci, el poeta civil, no es el egoísta que se
encierra en su torre de marfil á cantar sentimien-
tos personalísimos ni á molestarnos con cosucas
que sólo á él le importan. Este gran poeta moder-
no, el más grande, el más poeta y el más moderno
de los poetas modernos, es el menos modernista,
en el sentido que ordinariamente se da á este mote
tan poco'envidiable. Carducci, que odiaba la «usa-
da poesía» y que odiaba sobre todo y ante todo la
vulgaridad, es un poeta popular en el sentido alto
y duradero de esta palabra. No que sus poesías
anden en boca de lo que suele llamarse por anto-
nomasia pueblo , no ; sino que con ellas ha contri-
buido á fraguar un pueblo. Cantó sentimientos de
su patria. Su alma vibraba con el alma de lo mejor
de su pueblo.
A raíz de nuestro desastre, aquí en España, me
decía el gran poeta portugués Guerra Junqueiro:
«Ustedes no tienen un poeta, porque han recibido
un golpe y no se ha oído la queja melodiosa; el
reponerse, la cura, es cuestión de tiempo, pero el
quejido, el grito de dolor, esto es del momento».
Y diciéndole yo : « Acaso tengamos poetas , pero
no son patriotas», me replicó: «No, no es posible;
si un hombre no siente lo que tiene en derredor,
lo concreto, lo tangible, la patria, podrá ser un gran
filósofo, un gran pensador, un gran sociólogo, pero
un poeta no». Y él, el mismo Guerra Junqueiro,
acaso nunca ha llegado á mayor intensidad poéti-
ca que en su poema «Patria», grito de indignación
186
MIGUEL DE UNAMUNO
y de sinceridad que le arrancó la vergüenza de
Portugal.
Ya sé que andan por ahí jóvenes rimadores, más
ó menos melenudos, que sonríen compasivamente
cuando de patria se habla y que no se les cae de
la boca la palabreja «emoción» y la torre de
marñl. Hacia estos tísicos del alma sintió siempre
un soberano desdén Carducci, y basta leer sus in-
vectivas á un heiniano de Italia.
Sí, á Carducci se le ha acusado de desdeñoso
hacia la juventud. ¿Acusarlo? Eso no es una acu-
sación. Tenía motivos sobrados al ver cómo deser-
tando del «maiora canamus!» se ponen á cantar no
ya las cosas menores, sino las mínimas, y se nos
vienen con la milésima sonata á los pies de Laura
ó con elegías á Pierrot ó á Colombine, ó con insí-
pidos y pálidos recuerdos versallescos ó con unos
faunos, sátiros y centauros anémicos traducidos
del francés bulevardero, ó con cualquier otra gan-
sada por el estilo. Ese hombre que esculpía sus
pensamientos en estrofas severas, las mejores de
ellas sin rima, ¿cómo iba á deleitarse en esos juegos
malabares, de versos vacíos de sentido en que sólo
se busca un fugitivo halago al oído carnal?
De buena gana os diría algo respecto á la técni-
ca carducciana y á sus tan discutidos metros; pero
tengo en prensa un tomo de poesías — os lo anun-
cio ya; creo me ha de ser permitido esto — y como
entre ellas hay más de una compuesta en la misma
horma, por ahora me callo. Y en ese mismo tomo,
en el que á mis poesías originales hago seguir
cinco ó seis traducidas , van dos de Carducci.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
187
¿Cómo este poeta, el más grande, repito, según
muchos creemos , de la segunda mitad del pasado
siglo, ha influido tan poco en España y en la Amé-
rica de lengua española? Siendo como es el italia-
no mucho más afín que no el francés al castellano,
y siendo su prosodia nuestra prosodia, parecía lo
natural que los grandes poetas italianos hubiesen
influido en los nuestros más que los franceses.
Además, la poesía italiana, es, por lo común, más
poesía, quiero decir, más poética que no la france»
sa. A ésta le sobran ciencia, habilidad, artificio y
espíritu lógico formal. Son demasiado buenos
geómetras y demasiado buenos críticos para ser
buenos poetas.
¿Cómo es, podría uno preguntarse, que para una
vez que veamos citado, comentado ó imitado en-
tre nosotros Carducci, vemos diez, quince ó veinte
veces citados, comentados ó- imitados Musset ó
Verlaine? Yo lo atribuyo sobre todo á la debilidad
de nuestros estómagos mentales , y permitidme lo
rudo de la frase. Entre nosotros adquieren más
favor los que nos obligan menos á fijarnos y los
que menos nos dicen; los que nos mecen en vago-
rosos ensueños sin consistencia y á las veces sin
forma.
Carducci es un poeta discursivo, ilativo. En sus
cantos hay un argumento lírico, en sus cantos hay
una idea dominante, clara y precisa, que va des-
arrollándose procesionalmente y con soberana
pompa. Por esto pudo prescindir de la rima; por-
que la asociación poética de las imágenes y pensa-
mientos es interna y es robusta.
188
MIGUEL DE UNAMUNO
Fijaos, en efecto, en que hay poetas que necesi-
tan de la rima para no perderse en la más absolu-
ta incoherencia, en el cinematografismo más des
cosido, en una cháchara deshilvanada. Conozco
poesías en castellano — y de las que citan corno
ejemplo los adeptos de cierta escuela — en que si
se quitan las lañas de la rima, se desparrama todo
aquello.
Carducci, como verdadero gran poeta, es un
poeta traductible. No le ocurre lo que á nuestro
Zorrilla. Poned á Zorrilla en inglés, alemán ó
francés, despojándole del halago del sonsonete, y
decidme cuánta poesía queda en aquel aluvión de
lugares comunes literarios y en aquel desfile de
imágenes imprecisas ó revenidas de purb viejas.
En cambio Campoamor, por ejemplo, sean cuales
fueren sus fallas en otro respecto, es traductible.
Y Carducci lo es enteramente, como es traducti-
ble el Dante, como lo es Homero, como lo es Sha-
kespeare, como lo es Goethe. Lo que cantan es
de suyo poético; sus cantos están formados con
materia poética. Y es poética la forma interna de
ellos/
Lo cual no quiere decir ¡claro está! que no sea
bellísima y armoniosa la versificación carducciana.
No tiene, sin duda, esas cadencias arrastradas y
muelles que se canturrean, más que se recitan,
lánguidamente á la hora de tomar el ajenjo. Su
música es una música robusta. Ni violines versa-
lleses ni caramillos pánicos.
Y no vaya á creerse por esto que Carducci no
tiene delicadezas. Las tiene y de las más delica-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
189
das, como lo son siempre las de los fuertes. No
hay, en efecto, ternuras más tiernas ni blanduras
más dulcemente blandas que las de los vigorosos
y recios. Las flores más fragantes son las del de-
sierto ó las que crecen bravias entre las rendijas
de las rocas. El toque más delicado es el de un
gigante. Si Oto ó Efialte os cogieran y os levan-
taran en sus manos, no sentiríais el toque; tan sin
esfuerzo lo harían. Los niños se sienten mejor,
más á sus anchas, en los brazos de los hombres
robustos que no tienen que hacerse violencia al-
guna ni tienen que apretarlos para mantenerlos
seguros.
Leed la bellísima composición de Carducci á la
boda de su hija, aquélla en que habla del «vulgo
vil de Italia», y ved si el amor paterno puede hablar
un lenguaje más robustamente tierno. Y como és~
Las otras composiciones.
La labor de Carducci no es muy copiosa. No ha
sido poeta tan fecundo como Víctor Hugo, pongo
por caso de fecundidad. Y sus composiciones son
todas relativamente cortas. Nada de poemas en
varios cantos ó de novelas en verso, nada de dra-
mas. La verdadera inspiración lírica es de vuelo
alto y firme, sí, pero corto.
Y además, y esto no debe olvidarse, Carducci
no se constituyó en un profesional de la poesía,
no fué un literato de esos quq se creen obligados
á escribir versos con cierta regularidad de tiempo.
Su ocupación principal y primaria fué su cátedra
de literatura italiana en la universidad de Bolonia,
y después, sus trabajos de crítica é investigación
190
MIGUEL DE UNAMUNO
de textos antiguos Y sólo cuando se sentía hen-
chido de concepción poética era cuando hacía
versos.
De aquí su posición respecto á la poesía, á la li-
teratura y al arte en general, tan distinta de la po
sición ordinaria en aquellos que por haber hecho
rimas que han obtenido algún aplauso, se creen
con derecho á menospreciar otras actividades. De
una carta que Carducci dirigió en 1887 al director
del «Resto del Carlino», traduzco este sustancio
so párrafo:
«Dije que está bien que Italia no tenga, al me-
nos por ahora, una producción literaria conforme
la pretenden muchos. Me explicaré. Creo firme-
mente ser dañosa para el vigor moral de un pueblo
la demasiada literatura; creo que la demasiada li-
teratura perdió á Grecia y enerva hoy á Francia;
creo que Italia, teniendo, como tiene, que cobrar
fuerzas, necesita de muy otras cosas que de exci-
tantes ó deprimentes neuróticos, y la literatura mo-
derna no puede dar otra cosa. La imposibilidad de
que saliese en Italia una novela que se pueda leer
era para mí una prueba y un consuelo, prueba de
que á este pueblo le queda aún una fibra de los
antiguos ríñones, y era una esperanza para el por-
venir. Ahora siento que aquella querida imposibi-
lidad va disminuyendo de día en día. Me disgusta.
Nuestros padres pusieron barra á la caponera de
la arcada; ¿por qué queremos mantener abierto en
demasiados periódicos un mercado de vulgariza-
ción de los últimos excrementos del romanticismo
en prosa y en verso?»
CONTRA ESTO Y AQUELLO
191
El que escribía estas palabras tan sensatas era
el primer literato de Italia, ó mejor dicho, el pri-
mer humanista.
Esta noble, nobilísima palabra, esta palabra de
abolengo que parece trasportarnos al siglo XVI,
entre los esplendores del Renacimiento, esta pala-
bra de humanista es la que mejor cuadra á Car-
ducci.
Muerto este robusto luchador prometeico, le su-
cede en su cátedra, y somos muchos los que cree-
mos que en su primacía en la poesía italiana, Pas-
coli, cuyos cantos, sin el vigor herculino de los
cantos carduccianos, tienen en cambio más morbi-
dez acaso y más serenidad tranquila. Pascoli se in-
clina á las veces más á Leopardi que á Carducci.
Pero mientras este dulcísimo y sereno Pascoli, que
parece ser uno de los que han encontrado la fuen-
te homérica, es casi desconocido entre nosotros, á
todas horas nos están restregando los oídos con el
nombre de guerra de Gaetano Rapagneta, cono-
cido por Gabriele d'Annunzio. Este insoportable
comediante, vano y hueco, es el que para nuestro
vulgo literario — y es el peor de los vulgos — cubre
con su nombre el nombre de Pascoli, del cual dijo
una vez Carducci que era capaz de escribir cantos
que podría firmar Ariosto.
Es una cosa vista la de que no son los poetas, ni
en general los escritores mejores, más jugosos y
más hondos, los que antes consiguen salvar las
fronteras de su patria. Una cosa son los escri-
tores universales y otra los internacionales, ni se
traduce primero lo mejor sino lo más fácil de com-
192
MIGUEL DE UNAMUNO
prensión. Pero de esto de lo universal y lo inter-
nacional en literatura os hablaré otro día y es-
pero entonces engarzar á mis propias reflexiones
y observaciones, observaciones y reflexiones de
Carducci.
SOBRE EL AJEDREZ
Nunca olvidaré — me contaba una vez un cura de
aldea, socarrón y malicioso — nunca olvidaré mi
primera visita á un pueblo «civilizado». Habíame
criado yo en mi aldea nativa, con un tío cura que
me enseñó el latín , y que cierto día me advirtió
me preparase para ir con él á la villa próxima. Era
á Guernica. Llegamos á ella y me llevó al casino,
donde él tenía que avistarse con un amigo. Me
dejó por mi cuenta. Empecé á recorrerlo, todo en-
cogido y medroso, y hubo de llamarme la atención
un grupo de cuatro personas, agrupadas en silen-
cio en torno á una mesita y sin levantar sus cabe-
zas de ella. Su mutismo y su recojimiento atraje-
ron mi atención. Me acerqué al grupo y oí rom-
perse el silencio para que uno de los cuatro ca-
balleros exclamara: «¡Si hace usted eso, le como
el caballo! » y otro le replicó: «en ese caso, le co-
meré yo la torre». Estas palabras me trastornaron.
¡Un señor que dice va á comerse un caballo y otro
que le replica que comerá una torre! Me aparté de
allí, no sin cierto temor no fuese que de mansa se
les convirtiese en furiosa y me tirasen por el bal-
13
194
MIGUEL DE UNAMUNO
cón á la calle, pero pudo más mi curiosidad y
volví á acercarme al grupo. «¡Este peón será
reina!» — exclamó triunfalmente uno de aquellos
señores, y yo miré á todas partes. Me aquietó un
poco el que los demás asistentes al Casino no pa-
recían dar importancia al caso. Me acerqué más
aun y pude ver que tenían un tablero de madera
con cuadrados blancos y negros, y unas piececi-
tas, algunas en forma de castillos y otras con ca-
bezas de caballo que movían de tiempo en tiempo
de un sitio á otro. No quise ver más, sino que me
fui á mi tío y asiéndolo por la sotana, le dije: «¡tío,
vámonos de aquí, vamos á casa!» y todavía al salir
del Casino de Guernica volvía mi mirada á él te-
miendo no saliese con un cuchillo , frenético ya,
el comedor de caballos, ó el de torres. — Tal fué
mi primera impresión de lo que es una sociedad
civilizada — acabó diciéndome el socarrón y mali-
cioso cura de aldea.
Y entonces me tocó el turno de contarle á mi
vez cómo yo, en mis mocedades, había caído bajo
la seducción de la mansa é inofensiva locura del
ajedrecismo y cómo, durante mis años de carrera,
en Madrid, hubo domingo en que invertí lo menos
diez horas en jugar al ajedrez. Este juego, en
efecto, llegó á constituir para mí un vicio, un ver-
dadero vicio. Pero como soy, gracias á Dios,
hombre de recia voluntad, conseguí dominarlo. Y
hoy no lo juego sino de higos á brevas, ó sea de
año á San Juan, y las pocas, poquísimas veces en
que lo juego, no paso de un par de partidas, ó á lo
sumo tres. Se me pasan meses sin tomar un alfil á
CONTRA ESTO Y AQUELLO
195
la mano. Y es que tengo siempre presente aquel
aforismo de que el ajedrez para juego es demasia-
do y para estudio demasiado poco . Y eso que lle-
gué á jugarlo bastante bien.
Recuerdos y reflexiones son estos que se me
ocurren al leer la carta que don José Pérez Men-
doza, presidente del Club Argentino de Ajedrez,
dirige á don Enrique de Vedia, consocio suyo y
rector del colegio nacional central, carta que apa-
rece en el número correspondiente al primer tri-
mestre de este año, de la «Revista del Club Ar-
gentino de Ajedrez».
El señor Pérez Mendoza se dirige al señor Ve-
dia con objeto de que se introduzca el ajedrez en
los colegios. La carta honra á quien la ha escrito,
pues que demuestra cuán en serio toma su ajedrez,
y siempre es digno de todo respeto y todo elogio
el que toma algo en serio, y más en los días que
corremos. Y el que se tome muy en serio un jue-
go, un deporte, es una enseñanza, una adverten-
cia y un reproche para tantos como hay que to-
man en juego las cosas más serias.
No se le oculta al señor presidente del Club Ar-
gentino de Ajedrez lo arduo de llevar á la prácti-
ca su propósito, lo difícil que es encontrar «quien
tenga valor suficiente para desafiar la crítica de
los que sonríen burlonamente cuando no tienen
nada de fundamento que oponer á un propósito»,
y recuerda á este efecto la conmiseración con que
en una época no lejana se les motejaba con aque-
llo de «es miv mbro de la Protectora de Animales».
Pero, como dice muy bien el señor Pérez Mendo-
196
MIGUEL DE UNAMUNO
za, «el tiempo ha transcurrido y todos hacen jus-
ticia á los propósitos de Sarmiento, reverendo
Thompson y otros».
Esta actitud del presidente del Club Argentino
de Ajedrez me es altamente simpática.
Siempre aplaudo á los que, sea por lo que fuere,
afrontan la crítica de los que sonríen burlonamen-
te. Un ejemplo así es siempre fecundo en país
donde la propensión á la burla, al choteo, hace es-
tragos. Eso no es, en el fondo, sino quijotería, y
sabido es que me he constituido en el aplaudidor
profesional de todo quijote.
«Las ideas hacen camino», dice muy bien el se-
ñor Pérez Mendoza. Y para demostrarlo se limita
á citar el caso de la señorita Elina Paso, que se
matriculó para médica en el colegio que el señor
Vedia rige. «Hubo resistencia tenaz para impedir-
lo por los retrasados en ideas, pero más fuerte fué
el empeño y la buena doctrina triunfó, siendo ;al
fin! admitida». Es evidente: las ideas hacen ca-
mino .
«Y usted, que es educacionista y por ende aje-
drecista de raza...» — sigue diciendo al rector del
colegio nacional central el presidente del Club Ar-
gentino de Ajedrez. Pero aquí tenemos que dete-
nernos. Ese «por ende» me ha herido la mente
como una flecha silenciosa en la oscuridad. Eso
de que un educacionista tenga que ser ajedrecis-
ta, la verdad, no acabo de comprenderlo. Yo que,
como he dicho, fui ajedrecista y hasta maniático
del ajedrez en mi juventud, no veo las relaciones
entre el juego del ajedrez y la pedagogía. Pensaré
CONTRA ESTO Y AQUELLO
197
en ello, sin embargo. Aunque por ahora temo tra-
tar á mis alumnos y discípulos como peones, alfi-
les, caballos y torres de ajedrez.
Sigue la carta y en ella pide su autor que se
desarrolle en la juventud argentina la afición al
ajedrez «que ennoblece, porque es caballeresco
en sus propósitos; que es culto porque da motivo
á desarrollar la sociabilidad; que es el más intelec-
tual y educador, porque para practicarlo es nece-
sario poner en ejercicio funciones múltiples de
observación, orden, previsión y tantas otras que
desarrollan la intelectualidad, y sobre todo, más
arriba que todo, que es un medio, si no de extir-
par, de oponerse á la ola que avanza» y que por
desgracia «es difícil, bien que no imposible de con-
tener y que tantos perjuicios trae aparejados en su
propagación: me refiero á las varias formas de jue-
go con apuestas».
Vamos por partes.
Y empezemos por la última: lo de los juegos de
apuestas. En esto, como en aquello otro de afron-
tar las sonrisas burlonas, estoy enteramente al
lado del presidente del Club Argentino de Ajedrez.
Todo lo que en bien de la cultura se haga para
combatir los juegos de envido y azar, incluyendo
en ellos la lotería y las carreras de caballos, sería
poco. Y no es lo peor de tales juegos el que arrui-
nen á unos y enriquezcan á otros sin trabajo, ense-
ñándoles á fiar de la fortuna; lo peor de la afición
á los juegos de azar y envido es que revela una
gran pobreza imaginativa. Suelen caer en ese vicio
aquellas personas que sin una base de educación
198
MIGUEL DE UNAMUNO
intelectual se encuentran con dinero. No saben
qué hacer, la lectura les fastidia, el arte está para
ellos cerrado, y el único modo que tienen de no
aburrirse es jugar. Puede asegurarse que donde el
juego hace estragos la cultura es superficial y más
de apariencia que de fondo. Las emociones del
juego llenan un vacío espiritual que no se llena
con emociones de arte, de ciencia ó de una acti-
vidad útil y culta. Cuando se reúnen personas de
cultura, de ingenio, de ilustración, y sobre todo de
espíritu, conversan, cambian ideas é impresiones, ,
no cartas de baraja. Los tontos, dice Schopen-
hauer, no teniendo ideas que cambiar, inventaron
unos cartoncitos con figuras, y los cambian.
Pero de este mal del juego, que es para mí lo
peor de él, ¿está acaso enteramente exento el
ajedrez?
«Ennoblece, porque es caballeresco», dice el
señor Pérez Mendoza. Sí, no lo dudo, pero he pre-
senciado disputas muy agites ocasionadas por el
ajedrez. Y se comprende. Como los dos jugadores
juegan con los mismos elementos, dispuestos del
mismo modo, no cabe atribuir al acaso la derrota.
El que pierde, pierde porque se descuidó más que
el otro, ó porque juega menos que él. Y así suce-
de que en ningún juego se interesa más el amor
propio que en el ajedrez. Al que pierde un día al
tresillo le queda el recurso de decir que le dió mal
el naipe. No así al que pierde al ajedrez. Y de aq[üí
todo eso de jugar á cara de perro, sin volver las
jugadas, aquello de pieza tocada, pieza jugada. Es
muy caballeresco este juego, sí, pero llega á en-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
199
gendrar verdaderas antipatías, así como engendra
simpatías. El amor propio queda muy al descu-
bierto en él, y lo más educativo que tiene es el en-
señarnos á dominarlo. Pero esto se consigue lo
mismo en una conversación en que juega el in-
genio.
«Es culto porque da motivo á desarrollar la so-
ciabilidad», añade el señor Pérez Mendoza. Según
lo que por sociabilidad se entienda. En mi época
de ajedrecimanía solía yo jugar con un ancianito
que no parecía vivir sino para el ajedrez. Todas las
tardes me pasaba dos ó tres horas jugando con él.
Y jamás supe sino su nombre, que hoy ya no lo re-
cuerdo. No sé de dónde, ni cómo era, ni qué ideas
tenía, ni nada de su vida pasada No nos unía más
que la común afición al ajedrez. Y así se ve que
dos hombres pueden reunirse todos los días, dos,
tres ó más horas, en torno á un tablero, á comer-
se caballos y torres y convertir á peones en reinas
y desconocerse profundamente el uno al otro,
manteniéndose mutuamente extraños. Y en tal
sentido no fué tan falsa como parece la visión que
de la civilización tuvo mi amigo el cura de aldea
socarrón y malicioso.
Mucho de la sociedad civilizada no es más que
la sociabilidad que con el juego del ajedrez se en-
gendra y desarrolla. Dos hombres pueden pen-
sar y sentir del modo más opuesto, ser en el fondo
incompatibles el uno con el otro, y juntarse á jugar
al ajedrez. Un día falta uno de los jugadores, dura
su ausencia unos días y al cabo de ellos vuelve á
su hábito, pero vestido de luto y con aspecto de
200
MIGUEL DE UNAMUNO
cierta tristeza. En esos días ha quedado viudo. Y
puede muy bien ocurrir que su competidor lo ig-
nore. No; no es esa sociedad la que debemos pro-
mover, sino otra más íntima, más espiritual, más
comunicativa. Es comunión, comunión de ideas
y sentimientos, no sociabilidad lo que nos hace
falta. Un club ajedrecista es lo más opuesto á una
iglesia cualquiera, á un centro de comunión espi-
ritual. El ajedrez puede llegar á ser uno de los
medios de juntarse las personas sin comprometer
en esta junta sus almas.
Lo que hay que promover y fomentar es la con-
versación íntima y libre, el cambio de ideas. Hay
quehacer de los casinos verdaderos hogares de
ideas. Hogares, y, á la vez, templos. Dicen que es
de muy buen tono, de la más profunda urbanidad
y cortesía el que en una «reunión de confianza» —
son las reuniones en que menos confianza cabe —
en una sociedad, en un casino, no se hable de lo
más íntimo y vital: de religión. Para mí ese buen
tono, esa urbanidad y esa cortesía, no son sino
signo de muerte. Sociedad en que privan máximas
semejantes no es sino un hormiguero de egoístas,
de aventureros, de superficiales, de escépticos y
de aburridos. Y he aquí por qué odio esas so-
ciedades y huyo de ellas. No quiero ser un hom-
bre de sociedad, un hombre de mundo. El saber
llevar el frac puede llegar á ser una inferioridad
manifiesta.
Paréceme, pues, que para defender á los jóve-
nes estudiantes de la «ola que avanza», mejor
aun que aficionarlos al ajedrez, y aun no siendo
CONTRA ESTO Y AQUELLO
201
del todo malo este remedio, es aficionarlos á otras
cosas, y ante todo al estudio; es, sobre todo, pro-
vocar en ellos las eternas y tradicionales inquie-
tudes de espíritu, las que no dejan vacío que tenga
que llenarse con apuestas al juego de azar.
Y por lo que hace á las funciones de observa-
ción, de orden, previsión, etc., con que el ajedrez
desarrolla la intelectualidad, cedo la palabra al su-
tilísimo Edgar Alian Poe, que en la introducción
á su cuenta sobre Los asesinos de la calle de la
Morgue, decía así:
«Es muy posible que la facultad de resolución
se robustezca con el estudio de las matemáticas y
especialmente de aquella su más elevada rama que
no más sino á causa de sus operaciones retrógra-
das ha sido llamada, injustamente, análisis por ex-
celencia. Pero calcular no es lo mismo que anali-
zar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, cumple
lo uno sin esfuerzo alguno para lo otro. De donde
se sigue que el juego del ajedrez ha sido muy mal
entendido en sus efectos sobre el carácter mental.
No estoy escribiendo un tratado, sino simplemen-
te un prefacio á un relato, prefacio con observa-
ciones sobre el azar. Aprovecho, pues, la ocasión
para afirmar que las potencias más elevadas del
intelecto reflexivo se ejercitan más decidida y
útilmente con el modesto juego de damas que no
con la complicada frivolidad del ajedrez. En éste
último, en que las piezas tienen diferentes y ex-
traños movimientos, con varios y variables valo-
res, se confunde lo que no es sino complejo con lo
profundo, error nada raro. La atención entra aquí
202
MIGUEL DE UNAMUNO
poderosamente enjuego. Si marra por un instante,
se comete un descuido, de que resulta pérdida ó
derrota. Como los movimientos posibles son, no
sólo múltiples, sino complicados, las probabilida-
des de tales descuidos se multiplican y en nueve
casos por cada diez el que vence es el jugador
más concentrado (concentrative) y no el más inte-
ligente (acute). En las damas, por el contrario,
donde los movimientos son «únicos» y no sufren
sino leves variaciones, disminuyen las probabili-
dades de inadvertencia, y quedando, relativamen-
te, sin empleo la mera atención, las ventajas que
obtenga una de las partes las obtiene por un supe»
rior ingenio (acumen). Para ser menos abstracto,
supongamos un juego de damas en que las piezas
se reducen á cuatro damas, y en que, por supues-
to, no cabe esperar descuido. Es obvio que la vic-
toria en este caso no puede decidirse á jugadores
iguales, sino por algún movimiento rebuscado,
efecto de fuerte trabajo intelectual. Privado de
recursos ordinarios, el analista se mete en el espí-
ritu de su contrario, se identifica con él, y no ra-
ras veces ve así, de una mirada, los únicos méto-
dos— á las veces absurdamente sencillos — por los
que puede inducirle á error ó empujarle á un mal
cálculo.»
Esto, como todo lo de Poe, es más ingenioso
que sólido, y en el fondo un tanto paradójico. Pero
la paradoja es la más excelente forma de la ver-
dad desconocida. El mismo Poe reconoce, por lo
demás, que el ajedrez desarrolla la atención. Sólo
que le faltaba añadir que desarrolla la atención,,.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
203
para el ajedrez. Es como las carreras de caballos
que desarrollan la cría de caballos... de carrera, y
los juegos florales que promueven el cultivo de la
poesía... jocoso-floral.
Hay que reconocer, por otra parte, que el
ajedrez es una escuela de psicología práctica.
Viendo jugar á uno varios días me comprometo á
dar un bosquejo de su psicología. Uno juega por
jugar, otro por inventar jugadas, otro para ganar,
uno se distrae, otro cuenta con las distracciones
ajenas, éste charla para confundir á su adversario
y engañarle, aquél parece atender á un lado del
tablero cuando en realidad se fija en otro, etc., et-
cétera. Pero esto pasa con todo juego. Y aun hay
más, y es que creo que el tresillo exige mucha
mayor agudeza, dotes más finas de observador, de
psicólogo, que no el ajedrez. Hay que adivinar lo
que no se ve. Y hay quien á las primeras jugadas
sabe ya las cartas que tiene el contrario, siempre
que conozca á éste. En el tresillo cabe jugar una
jugada mirando á los ojos del contrario; en el
ajedrez hay que mirar al tablero. Como en el tre-
sillo entra por algo el az^r entra también por más
el elemento psíquico, espiritual. Saber servirse del
azar es el supremo arte de la vida.
«¿Conque saber servirse del azar es el' arte su-
premo de la vida? — me dirá aquí, interrumpiéndo-
me, algún lector avisado; — pues entonces lo atrapé
en contradicción. Porque si el arte supremo de
vivir es aprovecharse del azar, ¿por qué condenar
los juegos de azar y envite, los juegos de apues-
ta?» No te falta alguna razón, lector avisado, que
204
MIGUEL DE UNAMUNO
así me objetas, pero de eso ya hablaremos. Y ha-
blaremos de la parcial justificación, y más aparen
te que real, que de esos juegos puede darse...
Porque, en efecto, los juegos de azar responden á
algo más que á llenar un vacío de espíritu; la
pasión por el azar tiene hondas y muy vivaces
raíces. Y bien dirigida, entiéndelo bien, bien diri-
gida, puede dar frutos provechosos.
Y lo que salva al ajedrez de ser una cosa pura-
mente mecánica es precisamente el elemento de
azar que su complicación misma lleva consigo: el
poder contar con los descuidos del adversario.
Pero es indudable que hace falta más cálculo para
idear el modo de dar mate con rey, alfil y caballo,
sin más, no habiéndolo aprendido antes, que no
para empezar y desarrollar un juego. La simplici-
dad del caso abona lo que Poe dice.
El ajedrez tiene, sin duda, alguna de las venta-
jas, pero tiene casi todos los inconvenientes de
las matemáticas. Y yo no encomendaría un asunto
delicado á un puro matemático. Las matemáticas,
dadas sin compensación ni contraveneno, son fu-
nestísimas para el espíritu. Son como el arsénico,
que en debida proporción fortifica y en pasando
de ella mata. Los matemáticos puros, se acostum-
bran á discurrir con el encerado ó el papel y no
con la cabeza. Obsesiónales una falsa idea de la
exactitud. Es, sin duda, mucho más educadora
cualquier ciencia de observación, de laboratorio,
la biología sobre todo, porque en ella hay que
aprender á doblegarse al hecho, que sólo en pe- '
queña parte nos es conocido. Toda célula, por
CONTRA ESTO Y AQUELLO
205
muy conocida que nos sea, cela un misterio: el
triángulo, por el contrario, ó la elipse, como no
es sino un concepto, lo tenemos todo entero en el
espíritu. El que los rumiantes tengan la pezuña
partida, no se sabe bien por qué, además de ser
tan exacto como (a-}-b)2 = a2-f-2ab-{-b2 es mu-
cho más educador. Y en cuestión de juegos, el
tresillo, pongo por caso, es más biológico que el
ajedrez, que tiene más de matemático. El azar es
el misterio, y la fuerza del hombre es saber domi-
nar el azar, es saber servirse del misterio.
He conocido muchos jugadores de ajedrez y he
jugado á"su juego con muchos de ellos. Y debo de-
clarar que la mayor pericia en el juego no coin-
cidía necesariamente con la mayor inteligencia.
Junto á hombres muy inteligentes y grandes ju-
gadores de ajedrez, he conocido ajedrecistas dis
tinguidísimos que eran hombres de una menta-
lidad menos que ordinaria, y he conocido, en
cambio, hombres de ingenio torpísimo, de pési-
mas dotes de observación, de inteligencia confusa
y tarda que jugaban admirablemente bien al aje-
drez. El ser un coloso en el ajedrez, como un Phi-
lidor, un Morphy, un Steinitz, un Tchigorin, un
Golmayo,un Martínez, un Mackenzie, un Lasker...,
no prueba sino que se es un coloso en el ajedrez.
En todo lo demás puede ser coloso, hombre ordi-
nario, ó pigmeo.
Una cosa me ha llamado la atención en los ma-
nuales de ajedrez y en los libros de partidas famo-
sas— muchas de ellas las he vuelto á jugar, libro y
tablero á mano — y es que entre los nombres de
206
MIGUEL DE UNAMUNO
los jugadores famosos, de los grandes maestros
del ajedrez, figura un número de apellidos espa-
ñoles— como Martínez, Golmayo, Ponce, Váquez,
etcétera, — mayor que el que figura entre los nom-
bres famosos en ciencias, artes y letras. ¿En qué
consiste esto?
Algo se me ocurre á este respecto, pero el haber
alargado ya lo bastante este escrito, me impide,
afortunadamente, el decirlo aquí. Tal vez es mejor
para callado.
ARTE Y COSMOPOLITISMO
Mi óptimo amigo y paisano Grandmontagne
creyó bien, á lo que parece, publicar una de las
cartas que en privado le he dirigido, carta en que
con la franqueza que nuestra buena amistad otor-
ga, declaraba yo ciertas opiniones que respecto al
estado de la literatura argentina abrigo, y que no
he hecho públicas por falta de los comprobantes
todos que creo necesarios. Pero debo felicitarme
de ese amistoso celo de mi Grandmontagne,
porque la tal carta me ha valido otra interesantísi-
ma (inédita ésta), del Sr. Martiniano Leguizamón,
y el hacer con este insigne literato conocimiento,
pudiendo así haber saboreado sus Recuerdos de la
tierra , su Calandria y su Montaraz con que ha
tenido la bondad de obsequiarme. Y, como lo que
tales obras y la carta de Leguizamón me sugieren
podría interesar á los habituales lectores de La
Nación, allá van algunas reflexiones acerca del
cosmopolitismo en el arte.
Díceme Leguizamón que se sintió molestado por
el chaguarazo (¡linda palabreja!) que en tal carta
208
MIGUEL DE UNAMUNO
les asesté. Lo siento de todas veras, pero ocasión
se me brinda que ni pintada de remediarlo.
Soy uno de tantos españoles que al cojer una
obra americana queremos nos traiga soplo de la
vida de la tierra y de la gente en que brotó, in-
tensa y verdadera poesía, y no literatura envuelta
en tiquis-miquis decadentistas y en exóticas flores
de trapo. Hace años que leí el hermosísimo Mar-
tín Fierro , al que dediqué un estudio , y Carmelo
Uriarte , mi paisano y entrañable amigo de la in-
fancia, me proveyó de no pocas silvestres flores de
la literatura gauchesca. Remitióme últimamente
las populares novelas de Eduardo Gutiérrez, tan
ricas en primera materia poética, sin desbastar
apenas, y leyendo Juan Moreira^ me decía: ¡que
cantera! Mi buen amigo, el autor del hermoso
Nastasio, Soto y Calvo, me regaló, por su parte,
sus obras y dióme á la vez á conocer las de otros
escritores criollos, Fray Mocho entre ellos. (¡Qué
buenos ratos debo á Un viaje al pais de los ma-
treros!) Y de todo ello nació en mí el deseo de de-
dicar una obra á la actual literatura genuinamente
argentina. Y ahora la carta de Leguizamón me
induce á anticipar, á reserva de ulteriores rec-
tificaciones, algo acerca de las dos principales
tendencias que creo se disputan el campo ahí, algo
acerca de la lucha entre el nacionalismo y el cos-
mopolitismo en literatura.
En una mi carta dirigida á Soto y Calvo, que
este buen amigo ha puesto al frente de su «evoca-
ción de un poema argentino» El genio de la raza,
expuse lo más condensado que me fué posible mi
CONTRA ESTO Y AQUELLO
209
concepto acerca del cosmopolitismo en poesía, y
como en contestación de ello, el crítico que en El
genio de la raza se ocupó desd^ las columnas de
El Pais, del 25 de Junio último, repetía aquello
de que la poesía no tiene límites ni fronteras, no
sabe de razas, de religión, de lengua ni de patria,
que como hija de la sensación, de la imaginación
y del sentimiento es universal, y que el patriotis-
mo en arte es una ficción peligrosa que puede
ocasionar incurable raquitismo en las literaturas
jóvenes y sin tradiciones. ¡Peregrina psicología y
profunda concepción del arte!
De lo que más sabe la poesía de todos los tiem-
pos y de los países todos, es de razas, de religio-
nes, de lenguas y de patrias, como que éstas nu-
tren, abrevan y visten á la imaginación y al sen-
timiento, ni hay cosa que encanije á la poesía más
que un estéril y abstracto cosmopolitismo, lo más
opuesto que cabe á la honda y positiva universa-
lidad. Decíame en cierta ocasión el gran poeta
portugués Guerra Junqueiro, que en España no
debemos de tener poetas, discurriendo así: Han
recibido ustedes un gran golpe; el curar y repo-
nerse de él, cosa es de tiempo, de régimen, de
paciencia y de trabajo; pero la queja, el grito de
dolor, es del momento, y puesto que aquí nadie
se ha quejado con alguna fuerza, que yo sepa, es
que no tienen ustedes poetas en España. Y como
yo le contestara, por vía de argumentación: «ó
que no son patriotas», replicóme al punto: — «No,
no es posible; un pensador, un filósofo, un soció-
logo, puede no ser patriota; pero un poeta, si no
14
210
MIGUEL DE UNAMUNO
siente lo que en derredor tiene, lo concreto y
vivo, con mayor fuerza que lo lejano y abstracto,
será cualquier otra cosa, pero poeta no.» Algo es-
trecho es, sin duda, este concepto, pero encierra
una mayor alma de verdad que el opuesto con-
cepto del crítico de El País.
Aunque lo he dicho y repetido, á repetirlo vuel-
vo: «es dentro y no fuera donde hemos de buscar
al Hombre; en las entiañas de lo local y circuns-
crito, lo universal, y en las entrañas de lo tempo-
ral y pasajero, lo eterno». Fuera de cada particu-
lar recinto no hay sino el espacio geométrico,
abstracción de frías teorías euclidianas ó metaeu
clidianas; fuera de nuestra hora de dolor ó goce
no hay sino el tiempo matemático; la infinitud y
la eternidad hemos de ir á buscarlas en el seno
de nuestro recinto y de nuestra hora, de nuestro
país y de nuestra época. Eternismo y no moder-
nismo es lo que quiero; no modernismo, que será
anticuado y grotesco de aquí á diez años, cuando
la moda pase.
Así como no conozco doctrina que más ahogue
la individualidad que eso que, por antítesis tal
vez, llaman individualismo, tampoco conozco cre-
do que más desconozca la universalidad, la huma-
nidad más bien, que el credo cosmopolita al uso.
Trátase de llegar por él á un hombre común, hom-
bre-tipo, pero es á un hombre esquemático, logra-
do por vía de remoción, que diría un escolástico,
á un pobre bípedo implume que se vista por el mis-
mo patrón en todas partes, á la última moda de
París y de Nueva York, y con el inevitable tubo
CONTRA ESTO Y AQUELLO 211
sobre la sesera. Es decir, el hombre para el traje
y no el traje para el hombre, principio este último
á que obedece el atavío del charro á quien desde
un balcón miro con su gorrilla, sus ceñidos calzo-
nes, su cinto de media vaca y sus polainas para
montar garboso su jaca, tras la vacada ó el gaucho
de ahí con el traje que su vida le hizo.
Humanidad, sí, universalidad, pero la viva, la
fecunda, la que se encuentra en las entrañas de
cada hombre, encarnada en raza, religión, lengua
y patria y no fuera de ellas, no en el abstracto
contratante social de los jacobinos. El genio mis-
mo ¿es otra cosa que lo universal revelándose en
lo individual y en lo temporal lo eterno? Shakes-
peare, Dante, Cervantes, Ibsen, son humanos en
fuerza de ser inglés, florentino, castellano y norue-
go, respectivamente.
Dante ha cobrado la ciudadanía del mundo y de
los siglos porque en puro ser el más italiano de los
trecentistas italianos y el más trecentista de los
italianos trecentistas, llegó á la roca eterna del
hombre de Italia en el siglo XIII, al hombre de to
dos los tiempos y países, al Hombre.
Juzgando Enrique D. Davray en el Mercnre de
France — revista grata á los cosmopolizantes ar-
gentinos, creo — las obras de Rudyard Kipling, ha-
cía constar que sus mejores relatos son aquellos
cuya acción en las Indias pasa ó que se refieren de
algún modo á las Indias, donde vivió Kipling los
años de su infancia y de que ha conservado impre-
siones extremadamente vivas. Y añadía estas no-
tables palabras: «Pero no cabe ser niño en dos paí-
212
MIGUEL DE UNAMUNO
ses diferentes, lo que se comprende bien leyendo
las otras novelas que á cualquier otro asunto se
refieran. Adviértese en ellas en demasía el esfuer-
zo del autor y el aprovechamiento de notas que
yendo de excursión ha tomado, y de observacio-
nes cuidadosamente apuntadas en el cuaderno de
bolsillo». No cabe ser niño en dos países dife-
rentes, ¡admirable comentario! No cabe ser niño
en dos países, y hay que haberlo sido en alguno
y seguir en él, en cierto modo, siéndolo para ser
poeta, pues es el poeta quien más á flor de alma
tiene su infancia. Payró, en el precioso prólogo
que á Montaraz de Leguizamón ha puesto, nos
recuerda muy á propósito que «el escritor nacio-
nal, con el alma de niño que pedía Corot para
ver la naturaleza, debe inspirarse en las cosas que
le rodean, libre é ingenuamente.» Libre é inge-
nua, infantilmente.
Cuando quise yo hacer una obra de arte y poe-
sía, una obra en que vertí diez años de medita-
ciones y contemplaciones y amores, busquéla en
mi país nativo, en la tierra de mi niñez, en mis
montañas vascas, y en aquella lucha entre carlis-
tas y liberales, con cuyos ecos resuena mi infan-
cia cuando me sube á flor de alma cantándome
recuerdos. Mis estudios, mi^ lecturas, mis filoso-
fías, sirviéronme para ver mejor aquel bombardeo
de Bilbao, de que fui testigo y que mi memoria,
como vivísima visión, me pone delante de la ima-
ginativa.
Universalidad, sí, pero la rica universalidad de
integración, la que brota del concurso y choque
CONTRA ESTO Y AQUELLO 213
de las diferencias. Aquí abajo, en medio de la or-
questa, apenas oímos más que las disonancias; pero
allá arriba, en el cielo del arte, óyese la sinfonía
armónica que producen las razas, las religiones,
las lenguas y las patrias, dando sendas notas, vi-
brando en su cuerda propia cada una, con su es-
pecífico timbre.
Dé el pueblo argentino, como los demás pue-
blos, su nota, la que él sólo puede dar, y como
canta Soto y Calvo en El genio de la raza:
Un grano habrá de tu metal nativo
En el venero inmenso de las almas
Que añada gloria á nuestra nueva gloria.
Lo que así no sea acaba en literatura, en el
mal sentido de esta palabra, en literatismo más
bien, en arte libresco de profesionales y para pro-
fesionales tan sólo. El libro es bueno; pero lo es
como el lente, cuando no estando empañado, nos
hace ver mejor la naturaleza á través de él, sin
que á él mismo le veamos.
¡Mezquina cosa la literatura de literatura, al-
quimia de biblioteca, específico de escuela con su
esotérica receta acaso! De toda la inmensa labor
alejandrina, labor genuinamante decadentista, en
la gran literatura universal de los siglos, ¿qué
queda? ¿No es acaso la mayor utilidad de la pintu-
ra de paisajes enseñarnos á embellecer con la mi-
rada el paisaje real? Y en tal sentido, el decaden-
tismo y el exotismo ahí, como en todas partes, han
llevado á cumplimiento una tarea meritoria, justo
214
MIGUEL DE UNAMUNO
es confesarlo, y es la de educar los ojos de no
pocos poetas, para que los vuelvan al campo y á
la vida que les rodea y los descubran, Pero, ¿quién
va á pretender que prefiramos los estudios, por
sabios que sean y por complicada prestidigitación
que exijan del virtuoso sobre el teclado, á las
sonatas en que vibra el aire de la tierra; ahí no el
céfiro helénico, hiriendo la lira eolia, sino la brisa
pampera cernida en el ombú, haciendo sonar la
vieja guitarra de los payadores mentaos? Bueno
es hacer ejercicios, pero para ejercitarse, nada
más. Al pueblo se le da una higa de los esfuerzos
profesionales por vencer la dificultad creada.
Nadie ha olvidado aquello, creo que del Tarta-
rin en los Alpes, de que los souvenirs suizos, las
baratijas con países alpestres, son en París más ba-
ratas que en la Suiza misma, ¡claro, como que está
en París la fábrica! ni nadie ignora que hay dibu-
jantes japoneses que á París han ido á aprender á
dibujar á la japonesa aparisiensada. Es natural, el
esfuerzo del Cerebro del Mundo por unlversalizar-
se es vano, y más de afectación que de sustancia.
No hay con más apariencias de vasta, comprensión
más estrecha que la del francés; hoy, como en
tiempo de Voltaire, digan lo que quieran y crean
lo que creyeren, siguen en el fondo de su alma te-
niendo á Shakespeare por un bárbaro. Léase á
Zola, á Faguet, á Lemaitre, léaseles con cuidado,
léase sobre todo á Taine, el francés que más ha
luchado acaso por ensanchar su comprensión,
léasele juzgando á Carlyle, á Walter Scott, á Dic-
kens, á Wordsworth, y compárese lo que de ellos
CONTRA ESTO Y AQUELLO
215
dice con su espontáneo entusiasmo por el gaulois
Lafontaine, por Racine, por Condillac. Mas esto
me llevaría á otro punto , cual es el de la influen-
cia perniciosa, por lo casi exclusiva, de la literatu-
ra francesa en las literaturas americanas. El hu-
guismo hizo estragos, el mercurialismo los hace
ahora. Puestos á traducir, ¿por qué no verter la
Inocencia de Tonay, v. gr., mejor que ese inso-
portable Belkiss de Eugenio de Castro, libro que
huele á polvillo de biblioteca amasado en aceite
lámpara, y á orientalismo de enésima mano?
Claro es que hay una poesía cosmopolita, sin
aparente sabor de raza, ni de religión, ni de patria,
— sin sabor de lengua, no sé que pueda haberla
como no esté en esperanto — como hay flores de
cultivo de estufa, hermosas de verdad y aun fra-
gantes. Líbreme Dios de excluirla. Pero esa poesía
sólo vive á la sombra de la otra; dejada sola, mo-
riría al cabo, porque es infecunda. Es injerto de
viejo olivo en acebuche. Pero ¡ojo con llamar cos-
mopolita á lo específicamente francés más ó menos
de potencializado!
Parece como que en algunos americanos ha ha-
bido algo así como vergüenza de presentarse ante
el mundo tales como son, temor de que les tomen
por bichos raros, por una especie de avechucho
peregrino bueno para contemplarlo un momento,
objeto de curiosidad, que es lo que los críticos pa-
risienses suelen hacer cuando, en vena de exotis-
mo, se dignan Ajar su atención en un extranjero,
en un bárbaro. Por otra parte,1 lo populoso de las
ciudades y lo ralo de la población campesina han
216
MIGUEL DE UNAMUNO
hecho que no pocos literatos argentinos, criados
en ciudad, padezcan de urbanismo. ¡Cuanto más
que en sus quintesenciados tipos y sus sutilezas
decadentistas veo eterno fondo humano y poético
en la genuina literatura criolla, popular!
Y cuidado que al decir popular no digo popula-
chera. A cuyo respecto es de leer lo que Payró dice
en su ya citado prólogo á Montaraz: «Una obra
nacional no exige para serlo estar escrita en nues-
tra jerga vulgar... la descripción de lugares y es-
cenas, la pintura de sentimientos y pasiones, no
requieren elementos extraños al idioma— mientras
no se trate de cosas no ya sólo peculiares, sino
únicas — y, por el contrario, ostentan más brillo,
plenitud y eficacia, si para su ejecución ha servido
el instrumento perfeccionado y afinado por el uso
de siglos». Así nos presenta Leguizamón en su
Montaraz la vida de sus campos patrios, en caste-
llano genuino, fluido, corriente, limpio, literario
en el mejor sentido de la palabra. Sí, ya lo sé, con
genuino y naturalísimo zumo de vid aireada y so-
leada al campo abierto, hácense, merced á delica-
das decantaciones y á fermentaciones prolijas, vi-
nos exquisitos y raros, mientras el vinazo peleón
con que se regodean los borrachos de taberna ó
pulpería puede no ser más que alcohol de suelas,
palo campeche y drogas indigestas. Ni olvido lo de
Schiller en su hermosa Canción del ponche: «tam-
bién el arte es don del cielo». Pero ¿y la materia
sobre el arte opera? El arte intenámca lo vivo,
pero no da vida á lo muerto, dígase lo que se quie-
ra, ni lo resucita; puede hacer un Aquiles de Mar-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
217
tín Fierro, pero no de un homunculus de retorta;
depura y decanta el zumo de la vid, pero no hace
champaña, ni jerez, ni oporto, en un laboratorio
con simples nada más y por síntesis de química
orgánica, mediante reactivos. Y en laboratorio,
con simples, por síntesis químico-orgánica litera-
ria, con reactivos cosmopolitas quieren hacernos
iliadas. Más cerca está de ellas el Martin Fierro.
No sé si habrá ahí como aquí original que, re-
pitiendo á D'Annuncio, hable del «divino César
Borgia», refiriéndose á aquel famoso tirano del Re-
nacimiento italiano, pero en tiranos — ya que hasta
lo moralmente malo puede ser objeto de arte —
dramatizables, la historia americana nos los ofrece
que dan quince y raya á los Sforzas, Borjas y Mé-
dicis, y en héroes y patriotas rico tesoro. La guerra
del Paraguay, ¿no fué homérica?
El asunto es en realidad inagotable; dejemos
cortada tela, que para una sesión creo que ya
basta.
SOBRE LA CARTA DE UN MAESTRO
Recibo una carta de mi amigo y compañero don
Antonio González Garbín , profesor hoy de la Fa-
cultad de letras de la universidad central de Ma-
drid y que durante muchos años lo ha sido de la
de Granada.
Es el señor González Garbín un anciano vene-
rable y benemérito, hoy casi ciego, que durante
una larga vida ha estado educando silenciosa y
pacientemente á generaciones de jóvenes, en el
amor y el gusto de las culturas clásica , griega y
romana.
Al leer esto es fácil que se encoja de hombros y
deje diseñarse en sus labios una sonrisa alguno de
esos que se figuran que el conocimiento directo y
el trato con aquellos escritores que han amaestra-
do á tantas generaciones es hoy por lo menos su-
perfluo. Pero como yo creo que aunque el conoci-
miento y el cultivo de la antigüedad clásica no con-
tribuyan desde luego á aumentar las rentas de un
país, contribuye y mucho, á apartar á lo más flori-
do de sus intelectuales de los fáciles, pero funes-
220
MIGUEL DE UNAMUNO
tos caminos de la superficialidad, me atengo á creer
que González Garbín ha hecho no poco por formar
caracteres.
Aquel hombre singular, de recio temple y espí-
ritu comprensivo; aquel hombre que parecía arran-
cado al marco del Renacimiento italiano y que se
llamó Angel Ganivet, discípulo fué de González
Garbín y muchas veces le oí hablar de éste con
gran dísima veneración y corno del hombre que
más había contribuido á formar su espíritu.
Y ahora viene lo de la carta á la que en la pri-
mera línea de este escrito me refiero. Y es que en
ella, hablándome González Garbín de ciertas sen-
tencias y originales observaciones — es su frase —
de un escritor español contemporáneo cuyo nom-
bre callo por razón que me reservo, aunque deján-
dola adivinar á los agudos, añade: «Ellas me hacen
recordar á aquel discípulo amadísimo mío Angel
Ganivet en el que perdió la patria española un
gran pensador y un consejero de gran valía, de
nobilísimo corazón. Los maestros pasamos por
ignorados días de luto y de gran aflicción. ¡Yo en
un corto período de tiempo he llorado á mi querido
Angel; á Rafael Torres Campos, que se había con-
quistado merecida nombradía como científico y
pedagogo; y al culto elegante escritor Atienza,
que enaltecía el nombre de España más allá de los
mares!»
Pocas veces he encontrado en carta alguna con
pasaje tan conmovedor en su severa sencillez clá-
sica, y ha de permitirme el venerable maestro que
lo saque al público.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
221
Llevo unos veintitrés años dedicado al magiste-
rio— en esta universidad diez y siete — y son ya bas-
tantes los jóvenes que por mí han pasado y creo
estar en tan buena disposición como el que más
para comprender toda la íntima amargura, toda la
intensidad de afectos que late bajo esta sencillísi-
ma frase: Los maestros pasamos por ignorados
días de luto y de gran aflicción.
Yo, que sé cuánto quería Ganivet á su maestro
Garbín y de cuánto se le confesaba deudor, com-
prendo todo lo profundo de la aflicción que debió
de embargar el alma del maestro al saber la tem-
prana y malograda muerte del discípulo que más
y mejor había de reflejarla. Es un dolor compara-
ble, creo, al del padre que ve morir á su hijo
cuando éste empieza á formar familia y á conti-
nuar en ella la sangre y el nombre de aquél, antes
de que á su vez tenga hijos.
Porque la existencia de nietos que perpetúan su
nombre y su sangre, ha de templar en cierto modo
la pena por la muerte del hijo.
¿En el prestigio de tantos hombres, cuyos nom-
bres la fama lleva y exalta, hasta qué punto entra
la labor oscura de sus maestros?
A las veces salva los mares del olvido en la his-
toria algún maestro venerable, que nada nos dejó
escrito, pero cuyo nombre pronuncian con respeto
los que fueron sus discípulos. Así, el nombre de
Sócrates que Platón y Jenofonte, sobre todo, nos
lo han trasmitido rodeado de inmarchitable gloria
y que con ella persiste á pesar de las fáciles rechi-
flas de Aristófanes. Porque el «titeo», como tiene
22
MIGUEL DE UNAMUNO
origen tan miserable y mezquino, se hunde pronto.
No nos damos bien siempre cuenta de lo que es
esa labor oscura y tenaz, de lo que es la obra de
¡a palabra viva vertida un día y otro día en la in-
timidad del afecto que crea el trato, mirándose
maestro y discípulo á los ojos, sintiéndose mutua-
mente la respiración cálida.
He escrito mucho en los años que llevo de vida
— tal vez demasiado — pero puede ser que si bien
mi nombre se salve, si es que se salva, del olvido,
merced á esos mis escritos, mi espíritu, ó mejor
dicho, aquella parte del espíritu común que se me
confió en depósito, perdure vivo después de yo
muerto , gracias á esa labor oscura y paciente,
de pecho á pecho, gracias á mis discípulos por Es-
paña y fuera de ella derramados.
La frase sencillamente afectuosa de la carta de
Garbín, me trajo á la memoria lo que con un dis-
cípulo me pasó:
Llegó acá, hace ya algunos años, cuando em-
pezaba yo mi magisterio universitario, un mucha-
chito de Arévalo, Mamerto Pérez Serrano, — no
quiero callar su nombre, ya que su alma descansa
en el eterno descanso — que venía á estudiar filo-
sofía y letras. Era muy vivo y muy despierto el
mozo, pero muy pobre. Pretendió una beca y no
la consiguió. Tuvo que seguir su carrera con no
pequeños apuros. Era en mi clase el más adelan-
tado y el que más progresos hacía, y, sin embargo,
no me cabía duda alguna de que apenas estudiaba
fuera de ella. Todo lo tomaba á oído, y había que
verle oir. Verle, digo, porque oía hasta con los
CONTRA ESTO Y AQUELLO
223
ojos. Pasábase buena parte del tiempo libre, ju-
gando al dominó en el café.
Como yo en mi clase he procurado siempre no
sólo enseñar aquella disciplina para cuya ense-
ñanza me tiene aquí el Estado, sino además des-
pertar con esa misma enseñanza el espíritu de mis
discípulos y educarles el gusto y la aspiración á
lo serio, hondo y clásico, me fijé en el jovencito
de Arévalo y puse en su porvenir grandes espe-
ranzas. Y, después que acabó la carrera, siguién*
dolo con el pensamiento y el afecto, como sigue
siempre todo maestro á todo discípulo aventajado,
me preguntaba; ¿qué se habrá hecho de Mamerto?
El pobre Mamerto no tuvo suerte. Tuvo que ir
al servicio militar y se fué con nuestro desgraciado
ejército á Cuba, y después de aquella triste de-
rrota volvió derrotado también, con el alma y el
cuerpo enfermos.
Volvió á su pueblo natal, Arévalo, y volvió á
morir. Y cuando yo supe su temprana muerte,
pasé por uno de esos ignorados días de luto y de
gran aflicción por que los maestros pasamos.
El lector habrá de perdonarme el que le ponga
delante de estos recuerdos tan íntimos y tan per-
sonales; pero ¿es posible acaso dar fuerza á las
reflexiones que estoy ahora exponiendo, como no
sea ungiéndolas con la unción de la intimidad?
Es nuestro egoísmo y nada más que nuestro
egoísmo, es el egoísmo ingénito y connatural en
todo hombre; pero agravado y exacerbado en el
escritor, es el egoísmo, y sólo el egoísmo, el que
nos hace agarrarnos más á esta labor de publicis-
224
MIGUEL DE UNAMUNO
ta que va unida á nuestro nombre, que no á esa
otra labor silenciosa de maestros orales en que
derramamos nuestro espíritu.
Y este nombre de maestros no implica en este
caso nada de petulancia, sino que es, por el con-
trarío, el más sencillo y el más humilde, pudiendo
á la vez llegar á ser el más sublime. Maestro es
el que enseña las primeras letras, y ni él las in-
ventó ni para trasmitir su enseñanza hace falta
ni una inteligencia poderosa ni menos conocimien-
tos extraordinarios. Pero puede enseñarse á leer
con tal espíritu y poniendo en ello tanta alma y
tanto amor y tanta dedicación religiosa, que llegue
á verdadera sublimidad de magisterio la enseñan-
za de las primeras letras.
No, el llamarse maestro no implica petulancia.
Un maestro no es un sabio. Por maestro me tengo
y en mi enseñanza he procurado siempre poner
todo el ahínco y todo el amor de tal: pero en
cuanto á lo de sabio, no una, sino mil veces he
rechazado semejante calificativo, que, creyendo
por lo demás muy honroso, sé que no puede apli-
cárseme sino por una ingenua benevolencia ó por
un miserable «titeo» de raíces emponzoñadas.
Ya sé yo lo extraño que hoy resulta escribir
dejando que el corazón mueva la mano; ya sé que
á muchos les parece no ya impúdico, sino hasta an-
tipático, el que en vez de andar escojiendo las
palabras y puliendo los párrafos se deje abierta la
corriente de los afectos; pero aun así y todo, no
dejaré de decir que si creo haber merecido la vida
no es por los conocimientos que haya podido tras-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
225
mitir á otros, sino por ánimos que haya logrado
levantar. « Cuando hayan pasado algunos años
después de haber dejado los bancos de mi clase, —
suelo decir — los más de mis discípulos habrán ol-
vidado casi todas las doctrinas que les trasmití,
pero de mí no se habrán olvidado».
Y hablando ya menos personalmente he de de-
cir que sucede no una, sino muchas veces, que un
escritor se apodera del ánimo de sus lectores y
éstos creen que es por su ciencia, pe r la novedad
ó la profundidad de sus pensamientos y observa-
ciones, y no es por eso, sino por cierto calor íntimo
que circula por den ti o de sus escritos. Y en cam-
bio, hay otros que quieren poner calor y sólo ponen
vistosidad de llamarada.
Y volviendo á mí, he de añadir que estoy seguro
de que cuando hayan desaparecido los ingenuos y
los maliciosos, que me motejan de sabio — aquéllos
por benevolencia y por malevolencia y pequeñas
pasioncillas rastreras éstos — habrá muchos que me
harán la justicia de comprender y sentir que si
logré alguna vez algo, es por haber escrito con el
corazón.
¿González Garbín es acaso un sabio? No digo
que no lo sea en cierto respecto, pero su nombre
no va unido á ningún descubrimiento importante
en la rama de los estudios de humanidades clásicas
á que viene dedicado. No se le cita como á un eru-
dito de nota ni como autor de trabajos fundamen-
tales. Todo lo que de él conozco, fuera de alguna
cosa suelta, es un manual de literaturas griega y
latina, muy bien escrito, como todo lo que él es-
15
226
MIGUEL DE UNAMUNO
cribe, pero que no pasa de ser un manual como
otro cualquiera, un sencillo libro de texto de en-
señanza sin pretensiones.
Pero conozco de él algo que vale más que todos
los manuales habidos y por haber, por muy buenos
que ellos sean, y son las palabras de Angel Gani-
vet, cuando hablaba de su maestro, de aquel á
quien tenía por su maestro por excelencia.
No fué mucho, hay que confesarlo, el griego que
de él aprendió, como no fué mucho el que aprendí
yo de mi maestro, don Lázaro Bardón; pero nunca
pronunciaba Ganivet el nombre de Garbín, sin la
profunda reverencia envuelta en el más cálido ca-
riño con que pronuncio yo el nombre de mi maes-
tro Bardón. Porque éste era no un catedrático de
lengua griega, sino todo un hombre, y jamás su re-
cuerdo se borrará de mi memoria.
Leyendo hace poco el excelente libro que sobre
Walt Whitman, ha publicado León Bazalgette,
me detenía á reflexionar sobre lo que nos dicen
acerca del efecto de presencia que el noble maes-
tro de Camden producía sobre todos los que se le
acercaban, de aquella especie de magnética in-
fluencia que irradiaba de su persona. He conocido
hombres así, aunque tal vez no he tenido la dicha
de conocerlos en el grado de Walt Whitman, y
uno de esos hombres era Bardón. No eran las cosas
que decía las que nos impresionaban, sino su modo
de decirlas: el gesto, el tono de su voz, la autori-
dad, en fin, con que las pronunciaba. Las cosas
más vulgares se trasformaban en nobilísimas en
sus labios.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
227
Esta acción personal de don Lázaro la experi-
mentó también Rizal, el tagalo, como he podido
observar leyendo sus notas de estudiante en Ma-
drid, y encontrando alguna reminiscencia de cosas
de Bardón en sus escritos.
Creo saber el secreto de aquella su autoridad, y
es el secreto mismo de la autoridad intima.de Walt
Whitman. Estriba en que estos hombres, aunque
no faltos de un cierto dulce y humano humorismo,
son serios, fundamentalmente serios, profunda-
mente serios. Lo toman todo en serio, hasta la
broma misma, y si saben jugar es seriamente. Son
todo lo contrario de los necios señoritos más ó
menos estetas enamorados de superficialidades y
aficionados al «titeo.»
Y por almas así, que irradian noble seriedad,
¡cuántos ignorados días de luto y de gran aflicción
no han de pasar!
Si el párrafo de la carta del maestro de Ganivet,
que me ha inspirado este escrito, me ha llegado
tan adentro, es porque en medio de tanto meque-
trefe que busca unir su nombre á garambainas li-
teratescas y cuando barrunta no poder lograrlo,
se venga de su suerte «titeándose» de todo lo que
no siente, levanta el ánimo el encontrarse con es-
píritus nobles, cuyo ahínco fué hacer sentir á los
demás la augusta seriedad de la vida.
HISTORIA Y NOVELA
Con relativa frecuencia recibo de la Argentina,
así como de otras naciones americanas, libros de
historia y junto á ellos son pocas, muy pocas, po-
quísimas, las novelas que recibo. Y además, aqué
líos, los libros históricos, suelen ser, por lo gene-
ral, muy superiores á los novelescos.
Esto podría darme ocasión para desarrollar una
idea que des le hace algún tiempo se va arraigan-
do cada vez más en mi espíritu, y es idea referen
te á la forma de imaginación más propia hasta hoy
de los ingenios americanos, según en la literatura
se revela
Me parece que á este respecto domina la misma
preocupación que respecto á la imaginación de los
andaluces. Y es que llamamos imaginación, más
bien que á la facultad de «crear» imágenes, de
hallar imágenes nuevas, á la facilidad de traer
prontamente á expresión y de cambiar de diver-
sos modos las imágenes hechas, sacadas del común
y tradicional acervo. De la selva ya ingente de la
poesía hispanoamericana, son muy pocas las imá-
genes realmente nuevas que se pueden sacar. Sus
230
MIGUEL DE UNAMUNO
novedades suelen ser meras novedades de técni
ca, de artiñcio. La imitación, más ó menos disfra-
zada, reina allí en soberano.
En tesis general, prefiero los trabajos de los
americanos cuando versan sobre materia dada,
sobre fondo objetivo, que cuando se ejercen bus-
cando ese fondo, y creo que hay más aptitud para
la investigación científica que para la imaginación
poética, juicio que ha de parecer, estoy seguro de
ello, paradójico. De la literatura americana — en
lengua española, se entiende, — prefiero las obras
de historia, de política, de jurisprudencia, hasta
de ciencia, á las obras de pura y vaga amena lite
ratura.
Este es un punto que he de tratar algún día con
extensión y con ejemplos, mostrando cómo cuan-
do algún poeta americano se ha metido á historia-
dor ha ganado.
Hay dos libros argentinos, famosos ya, y típicos:
el uno es una historia anovelada y el otro una no-
vela histórica. Claro está que me refiero al «Fa-
cundo», de Sarmiento, y la «Amalia», de Mármol.
En el primero halló ancho campo el genio de Sar-
miento, ejerciendo su imaginación, con más ó
menos realidad, sobre hechos históricos compro-
bables, y en la «Amalia», es indudable que lo más
flojo es lo puramente novele-co y lo de más valor
el cuadro histórico.
Imaginar lo que sucedió realmente exige mayor
contracción de espíritu que inventar sucesos fan-
tásticos, y en rigor las novelas que perduran son
las que de un modo ó de otro tienen un fondo his-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
231
tórico ó autobiográfico. Esto cuando la novela no
es más que un mero pretexto para disertaciones
filosóficas, sociológicas ó morales.
Hay novelas, en efecto, en que la novela misma,
el cuento, lo que se llama el argumento, es lo de
menos, y lo demás son sus disertaciones. Y hay, en
cambio, lo que se ha llamado la novela novelesca,
la novela por la novela misma, el cuento por el
cuento, como los de las «Mil y una noches». Estas
son las populares, pero, por lo general, no entran
en el dominio de la elevada literatura.
Se ha podido observar que la novela y la histo-
ria tienden á aproximarse la una á la otra, es de-
cir, que á medida que !a novela se hace más do-
cumentada, más histórica, va haciéndose la histo-
ria más imaginada, más reconstructiva, más nove-
lesca. Y así se llega á que una historia tenga tan-
to ó más atractivo que una novela
La «Historia del pueblo inglés», de Green; la
«Historia de la revolución francesa», de Carlyle;
la de la decadencia y caída de Roma, de Gibbon;
la de Inglaterra, de Macaulay, — para no atenerme
sino á la literatura inglesa, que estimo la literatu-
ra modelo, — son libros tan amenos como las nove-
las históricas de Walter Scott, y tan imaginativos
como ellas Y lo mismo puede decirse de Miche-
let, Taine, Boissier, etc., comparados con Zola,
Daudet ó los Goncourt. He encontrado, no diré
más instrucción tan sólo, sino más deleite y ame-
nidad en los trabajos históricos de Gastón Bois-
sier, que en cualquier novela francesa, sobre todo
si se trata de esas noveluchas á la moda del bule-
232
MIGUEL DE UNAMUNO
vár con su salsa de voluptuosidades artificiosas.
Y en la literatura portuguesa, ¿hay acaso novela
de Ega de Queiroz que nos despierte más interés
y más profundo que la maravillosa «Historia de
Portugal», de Oliveira Martins?
Claro está que á este efecto contribuye mucho
la idea de que estamos leyendo algo que pasó real
y verdaderamente, que aquellos sujetos cuyos di-
chos y hechos se nos narran, existieron de carne
y hueso y dijeron é hicieron lo que de ellos se nos
cuenta.
Se ha dicho que el gusto por la historia es un
gusto tardío y que no se desarrolla sino con la ma-
durez del espíritu. Los jóvenes prefieren la nove-
la, las personas maduras se deleitan más con la
historia. Yo de mí sé decir que en mis mocedades
gustaba muy poco de leer historias, — cierto es que
las más de cuantas en mis manos cayeron eran
detestables — pero hoy cada vez me cuesta más
leer novelas, que me hastían pronto, y encuentro
más gusto en las historias. Estoy leyendo el «Port-
Royal», de Sainte-Beuve, y os aseguro que no se-
ría capaz de leer una cualquiera de las novelas de
Zola que no haya leído.
La novela es un género moderno, se ha dicho, y
la historia un género antiguo, clásico. En realidad,
la novela es un género pasajero, y la historia per-
manente. La novela, en efecto, apenas tuvo sino
indecisos ensayos en la antigüedad; la epopeya le
sustituía. Junto á los nombres de Heródoto, Tucí-
dides, Jenofonte, Tito Livio, Tácito, no pueden
ponerse nombres de novelistas que les igualen.
CONTRA ESTO Y AQUELLO
233
No trato de hacer un ensayo sobre el origen y
las vicisitudes de la novela, ¡Dios me libre de
ello!, sino de indicar que acaso el papel más hondo
que á la novela ha cabido en el proceso literario,
ha sido el de impulsar el género histórico hacia
una forma más imaginativa.
Dejo á salvo, claro está, aquellas novelas en que
el cuento es soporte de pensamientos más hondos,
como sucede en el «Quijote». ¿Quién que lea esta
obra inmortal con admiración y fervor crecientes,
puede soportar el «Persiles y Sigismunda» del
mismo Cervantes, ejemplar típico de la novela
novelesca?
El gusto por la novela novelesca me parece de-
nunciar en un individuo ó en un pueblo cierto
cansancio espiritual ó cierta endeblez de espíritu.
No puede esperarse gran cosa de los que se delei-
tan leyendo á A. Dumas, padre, ó á Pérez Escrich,
si bien haya diferencia grande de uno á otro, que
no lo sé, pues apenas los conozco. Aborrezco las
novelas de folletín, y una de mis jactancias es no
haber leído el «Rocambole».
Claro está que tampoco puedo resistir esos li-
bros de historia, que no son sino comentarios de
hombres y de sucesos, en que todo puede ser muy
exacto, muy bien comparado, muy circunstancia-
do, pero donde no hay ni poesía ni filosofía. En
mi vida he podido leer la «Historia contemporá-
nea de España», de Pirala, ó la de Chile, de Ba-
rros Arana. Podrán ser buenas canteras, pero no
son edificios.
Creo poco ó nada en la historia como ciencia y
234
MIGUEL DE UNAMUNO
no andaría lejos de Schopenhauer que estimaba
que quien ha leído á Heródoto no necesita leer
más historia, si no creyese que hay algo más que
la ciencia propiamente dicha y que acaso es la
historia la más honda, más intensa y más dramá-
tica poesía.
Es indudable que un libro de historia puede no
contener ni un solo dato falso, ni una referencia
equivocada, y ser, sin embargo, una pura mentira
en su conjunto y que, por el contrario, puede dar-
nos un fiel reflejo de la verdad y estar plagado de
inexactitudes. Lo cual no es defender éstas.
En esta especie de preferencia que los escrito-
res americanos parecen mostrar á la historia res-
pecto á la novela, — aunque el público prefiera
ésta á¿quélla — ha de entrar, además de una ten-
dencia específica de su clase de imaginación, el
deseo de tener historia que domina á los pueblos
jóvenes. Aquí, donde el peso de la historia llega
á abrumarnos y donde los recuerdos son más que
las esperanzas y más fuertes, descuidamos la me-
moria de no pocos de nuestros héroes y, en cam
bio, en esa Argentina, que como nación indepen-
diente no cuenta un siglo de existencia, se exaltan
figuras hasta de segundo orden, se ponen de relie-
ve los méritos de los más modestos luchadores
por la patria y se escudriñan sus menores actos.
Lo cual, sin duda, es laudabilísimo.
Ahí se nota sed de historia, sed de glorias his-
tóricas, anhelo de héroes, por lo menos en los que
tienen una noble y fecunda noción de la patria.
Se nos repite todos los días que son los pueblos
CONTRA ESTO Y AQUELLO
235
del mañana, del porvenir, los pueblos sin peso de
tradiciones; pero es el caso que en pocas partes se
escudriñan con más afán el pasado, el ayer, y. se
escarba más en los recuerdos. Más que un sano
instinto, una clara visión de lo que es la vida de
una nación, advierte á los directores espirituales
de esos pueblos jóvenes, — á los que son algo más
que puros políticos — que necesitan extraer de una
tradición nacional, más ó menos larga y más ó me-
nos formada, un ideal colectivo. Una nación sub-
siste como tal nación cuando se forma un concep-
to de su papel en el mundo. Un hecho espiritual
del orden de la cultura, como la doctrina Drago,
verbi gracia, significa más para el afianzamiento
de la Argentina, que una buena cosecha de trigo,
piensen lo que pensaren los materialistas, que no
ven el progreso de una nación más que en sus
adelantos materiales
Carlyle decía que Inglaterra debe dejar perder
antes el imperio de la India, que á Shakespeare —
bien que éste es imperdible y tal es el privilegio
de las cosas del espíritu, — y yo, parafraseándolo,
he dicho que el «Quijote» le ha valido á España
más que la hoy perdida por ella isla de Cuba. Y
ahora os digo: á la Argentina le ha valido más el
«loco» Sarmiento que unas leguas cuadradas más
en la Patagonia. Es más fácil conseguir con espí-
ritu tierra que no con tierra espíritu.
Estos principios son los que incuba en el alma
de los pueblos la historia enseñada con alma y con
imaginación.
La influencia de las lecturas históricas en la for-
230
MIGUEL DE UNAMUNO
mación de los caracteres es grandísima. ¿Quién
que haya leído la historia de la revolución fran-
cesa no ha visto la enorme influencia en ella del
recuerdo de la historia romana? Y en los movi-
mientos revolucionarios actuales, ¡qué grande es
la influencia de la historia de la revolución fran-
cesa!
También las novelas influyen, sin duda, pero
por lo común, más que impulsando á la acción y á
la vida pública disuadiendo de ella. Así como en
el joven, que se lanza á la vida pública, que anhe-
la hacer algo por su patria, que sueña en aumen-
tarle la gloria, veréis á menudo un fanatizado por
la historia, así en el joven misántropo, desprecia-
dor de los hombres, predicador del vanidad de va-
nidades y de la inutilidad de todo-esfuerzo, en-
contraréis con frecuencia al devorador de novelas.
Me parece que, por regla general, las novelas
nos llevan á la vaga é inactiva soñación, á la in-
determinación de propósitos, á la misantropía, y
las historias á la acción viril.
Estimo que el más grave cargo que habrá de
hacerse algún día á esa literatura, llamada con
más ó menos propiedad modernista ó decadente,
que ha soplado como un vendaval devastador so-
bre los espíritus en América, será su neutralidad
frente á la patria, su poco ó ningún calor patrióti-
co, su ignorancia de la historia, su vaciedad liri-
conoyelesca. Afortunadamente, parece que eso
está pasando ó ha pasado ya. Y cuando se hayan
hundido en merecido olvido todas esas paganerías
de tercera mano, todas esas superficialidades ver-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
237
sallescas, todo ese gorjeo de canario enjaulado,
volverá á levantarse ahí la voz noble y severa de
un Olegario Andrade, cantando á la patria recién
nacida.
Y basta por hoy, que el tema es vastísimo y me
brotan nuevos aspectos bajo la pluma.
LITERATURA Y LITERATOS
Alguien me escribe desde esa América de mis
cuidados llamándome la atención sobre el hecho
de que, habiéndome yo dedicado al cultivo de las
letras y escribiendo mis periódicas corresponden-
cias á La Nación desde España, rara, rarísima
vez, ó por mejor decir, nunca, me haya ocupado
en ellas del movimiento literario contemporáneo
español. Y hay en la carta de ese alguien tales y
tan solapadas malicias, que he llegado á sospechar
si le habrá dirigido la pluma desde aquí y como
por una especie -de sugestión telepática alguno
de nuestros literatos más ó menos jóvenes. (Y
aquí debo advertir, entre paréntesis, que esto de
la juventud es entre los literatos, por lo menos en
España, una profesión. Dicen «nosotros, los jóve-
nes», como podrían decir: nosotros, los abogados ó
los sastres).
Lo que parece darle más que pensar á mi mali-
cioso corresponsal espontáneo es que habiendo ci-
tado yo más de una vez á escritores americanos,
parezca poner un especial cuidado en no apoyar
mis aseveraciones con la corroboración de escrito-
240
MIGUEL DE UNAMUNO
res españoles de hoy en día y que no cite á éstos
ni para rebatirlos. La cosa tiene, sin embargo,
una explicación naturalísima, aunque no habrá de
creérmela, estoy de ello seguro, el curioso denun-
ciador. Y la explicación es que no leo á mis com-
pañeros los escritores contemporáneos españoles.
Y no los leo porque estoy escarmentado de que
me digan lo que ya me sé.
Hace aquí estragos, mi insidioso monitor, una
plaga terrible, cual es la del literatismo. Nuestros
literatos no son, por lo común, nada más que lite-
ratos y en el peor sentido en que este término
pueda usarse. Son gentes del oficio, despreocupa-
das de todo lo más hondamente humano y lo más
universal y sólo atentas á cosas del oficio. Y el
oficio de literato, como tal oficio, me parece una
cosa muy poco digna de aprecio.
Se pasan la vida estos señores menospreciando
la política y la ciencia y la industria y la religión
y creyéndose, ó por lo menos fingiendo creer, que
lo único importante en este mundo es la produc
ción de la belleza. Es decir, de lo que ellos llaman
belleza. Tienden á constituir casta.
¿No ha conocido acaso mi insidioso consejero á
alguno de esos «orfebres» encerrado en su torre
de marfil cincelando cualquier chuchería literaria?
Pues si lo ha conocido habrá visto que no hay
nada más ridiculamente vanidoso que los tales
orfebres.
Estos señoritos han dado á la palabra estilo una
significación completamente arbitraria y en el
fondo inhumana. Para ellos es estilo una cierta
CONTRA ESTO Y AQUELLO
241
quisicosa puramente formal y técnica que se tra-
baja á fuerza de escoplo, legra, papel de lija y
barniz. Y resulta que con todas sus recetas no
llegan á tener estilo y que le tiene, y muy brio-
so y muy propio, aquel otro hombre, no litera-
to tan sólo, que jamás se cuidó de que en un pá-
rrafo suyo hubiera ó no asonancias ni estuvo fra-
guando su decir en el molde de voluptuosidades
acústicas. Y así — vuelvo á citar un americano y
el más grande de ellos entre los que escribieron —
Sarmiento que nunca se paró en tecniquerías,
tiene estilo y no le tienen esos señoritos que se
pasan la vida piropeándose los unos á los otros. Y
Sarmiento le tuvo porque no se preocupó de te-
nerlo, ni fué un orfebre, sino un recio forjador que
batió el hierro en caliente, sobre un yunque levan-
tado en medio del campo, al aire abierto, y no en
torre de marfil. Y, sobre todo, porque fué un hom-
bre patriota, preocupado por problemas que impor-
taban á su pueblo.
No está mal que un hombre-poeta, uno que can-
ta íntimos y hondos sentimientos de su pueblo,
cosas universales y eternas, exclame alguna vez:
«¡Minora canamus!» «¡Cantemos cosas más peque
ñas!» Pero aquí parece quiere convertirse en nor-
ma el «¡minima canamus!», ó, dicho de otro modo,
el ¡viva la bagatela!
«¡Odi profanum vulgus!», «¡odio al vulgo pro-
fano!», dijo una vez Horacio; y Carducci, siglos
más tarde, añadió: «¡Odio 1£ usata poesía!», abo-
rrezco la poesía corriente y ordinaria. Y yo abo-
rrezco, más que al vulgo profano, á los conven -
16
242
MIGUEL DE UNAMUNO
tículos y cotarrillos de literatos en que se discute,
invariablemente, si este vate vale menos que el
otro y si tal frase debió de decirse de esta ó de la
otra manera, y odio más aún que la poesía corrien-
te y ordinaria la literatura profesional.
He citado á Carducci. ¡Ese era un hombre! Un
hombre de Italia, un italiano y en fuerza de ser
italiano, un ciudadano del mundo todo. Su cora-
zón latió con todas las grandes alegrías y las
grandes penas de su pueblo, con todas las espe-
ranzas de Italia. No fué un orfebre en torre de
marfil ese robusto forjador de la italianidad eterna
y universal. Tiempo hubo en que el decir «¡cives
romanus sum!», «¡soy ciudadado romano!», equi-
valía á proclamarse hombre libre y dueño con-
ciente de sí mismo, y Carducci pudo siempre decir
que era el ciudadano de Italia.
Y antes que él, en su nobilísima patria alen-
tó aquel otro hombre, todo fuego y luz, aquel
gibelino de Florencia, que se llamó el Dante,
tampoco un orfebre en torre de marfil, tampoco
un estilista, él, el maestro de estilo, tampoco un
literato.
¿Y cree mi insidioso consejero que esos jóvenes
literatos á quienes no tomo en cuenta, se encien-
den el alma leyendo al Dante ó á Carducci? No,
no les deja tiempo para ello el enterarse de la úl-
tima preciosidad orfebresca del último literato bu-
levardero despreciador del vulgo profano.
Aquí, en España, hizo fortuna no hace muchos
años una frase brutal atribuida á Ventura de la
Vega, el argentino españolizado, de quien se dice
CONTRA ESTO Y AQUELLO
243
que á la hora de la muerte, reuniendo á sus hijos,
les dijo que iba á descargarse de un peso que le
había abrumado toda la vida, de un secreto hasta
entonces inconfesado. Y añadió: «Hijos míos,
me «carga» el Dante! » Sólo que en vez del ver-
bo cargar — que aquí, en España, es tolerable en
tal respecto — empleó otro mucho más enérgico,
pero tan brutal que no puedo yo estamparlo aquí
por ser uno de los que nunca se ven escritos aun-
que brote de las bocas con lamentable frecuencia.
Y esa tremenda frase de Ventura de la Vega tuvo
eco é hizo fortuna por responder á un deplorable
estado de la conciencia nacional. Sí, á las gentes
de letras en España, por lo común, les carga el
Dante; el Dante y todos los que como él son altos
y hondos les resultan unos «lateros».
Así son estos «scriptores minimi» que merecen
todo el desdén con que el Dante y Carducci, dos
grandes desdeñosos, perseguían á sus semejantes.
¿Quién no conoce las frases del soberano desdén
del Dante hacia los que no toman parte en la con
tienda humana? y ¿quién que sea culto no conoce
lo que Carducci escribió contra aquellos poetillos
«tisicuzzi», esmirriados, que imitaban en sus ban-
dolines los suspirillos germánicos de Heine, sin lle-
gar á la grandeza de éste, como hace poco los ca-
belludos tabernarios acompañaban á la bandurria
los suspirillos parisienses de Verlaine, sin lograr
la triste sinceridad de éste?
¿Desdén? sí, ¡desdén! Toda pasión bien dirigida
es fecunda. Iracundos fueron Moisés y Pablo de
Tarso, el apóstol de los gentiles, y desdeñosos el
241
MIGUEL DE UN A MU NO
Dante y Carducci y el saboyano José de Maistre.
; Y qué?
Desdén, sí, desdén y nada más me inspiran los
más de esos pobres diablos que se proponen ser
mínimos, lijeros, bagatelescos , estilistas ú orfe-
bres. No resisto que se haga profesión de la su-
perficialidad y hasta de la ignorancia.
De la ignorancia, sí, porque conozco más de
uno de esos mocitos que hacen gala y alarde de no
leer, dicen que para mejor conservar la originali-
dad, ignorando que uno es tanto más original y
propio cuanto mejor enterado está de lo que han
dicho los demás. Y así les resulta que por no que-
rer dejarse influir de muchos imitan á uno y lo
que es peor, no directamente, sino de tercera,
cuarta ó quinta mano. Hay por ahí cada helenizan-
te incapaz de entender cuatro palabras de grie-
go!... Y cada neopagano que no tiene la menor
noción clara de lo que el paganismo es. A al-
guno de esos les basta con lo que ha leído en
Nietzsche.
Claro está que no todos son así , gracias á Dios.
(Sí, gracias á Dios, aunque esto de Dios no se
lleve ya mucho entre esta gente; pero ya volverá
á estar de moda y aun empieza á estarlo de nue-
vo.) Y me parece que esa plaga va pasando, su-
pongo que para dejar el campo á alguna otra.
No todos son así, no; y cuando se presenta en
liza alguno que sea como Dios manda, soy el pri-
mero en darle la bienvenida así que le veo. ¡Lo
malo es que son tan pocos, tan pocos!...
Ahora precisamente tenemos uno: Enrique Diez-
CONTRA ESTO Y AQUELLO
245
Cañedo, que acaba de publicar un tomo de poesías
«La visita del sol», que son muy otra cosa que or-
febrerías trabajadas en frío en torre de marfil. He
ahí un poeta, este Díez-Canedo, de pelo corto y
de espíritu largo, como lo es, verbigracia, Eduardo
Marquina, un joven cuyas «Elegías» son algo hon-
rado, hondo, sincero y noble.
Díez-Canedo empieza por ser una buena perso-
na. ¿Y eso qué tiene que ver?, exclamarán, de se-
guro, al leer esto algunos estetas. Pues bien; sí,
tiene que ver y tiene que ver mucho. Si se pene-
tra con ahínco y cuidado en la endeblez de ciertas
obras literarias, en lo que las hace poco duraderas
y artificiosas y falsas, se verá que es el reflejo de
una deficiencia moral del autor. No de una pasión,
no, sino de un defecto moral. La ira, el desdén, la
soberbia misma puede inspirar en ciertos casos
grandes obras; pero el egoísmo voluptuoso, la co-
bardía moral, la vanidad, la envidia — aunque
haya, quien como Carlos Reyles, trate de poeti-
zar esta última plaga — no pueden producir nada
grande.
Digo, pues, que Díez-Canedo, pongo por caso,
es un alma limpia, honrada y noble, y por eso su
poesía, la de «La visita del sol», es verdadera y
duradera poesía. No huele ni á aceite ni á vino.
Ya ve mi insidioso corrector, cómo en cuanto
encuentro ocasión de alabar alabo, sintiendo en
el alma no encontrarla más á menudo. Pero ¡qué
le voy á hacer!
Se nos ha dicho y repetido mucho, traduciéndo-
lo del francés, que los españoles y americanos
246
MIGUEL DE UNAMUNO
propendemos á lo enfático y á lo improvisado ó
«primesautier», y bajando la cabeza ante el espí-
ritu de Boileau, que dígase lo que se quiera reina
siempre en la literatura de nuestros vecinos, nos
hemos puesto — es decir, se han puesto otros, que
no yo — á querer evitar el énfasis natural y á ras-
par con legra e] estilo. Y por huir del énfasis y de
lo abrupto y de lo «primesautier», han dado en
unas garambainas orfebrescas que no hay quien
las resista. Es lo que tiene querer disciplinarse en
una estética hecha para otros, que á ellos les está
muy bien y á nosotros muy mal.
Y no se me venga con que también «ellos» abo-
minan de Boileau, porque no es sino con la boca
chiquita, como suele decirse. En el fondo de su co-
razón estiman y creen que Shakespeare es un bár-
baro que ha dado la primera materia para que pue-
da un Racine ú otro análogo hacer dramas perfec-
tos. Los demás pueblos producen primera materia
literaria, y ellos la refinan y la hacen artística.
El señor Zola sostuvo muy serio, con toda la
petulancia de su ignorancia de literaturas extran-
jeras, esta peregrina teoría. Y yo me he encontra-
do con un amigo mío y paisano del señor Zola que
se sorprendió de que prefiera yo «Las mocedes del
Cid», de Guillén de Castro, al «Cid» de Corneille,
inspirado en aquella obra. Y ¿quién que conozca
ese amenísimo y originalísimo libro «picaresco»
que se llama «Lavengro» de George Borrow, no
recuerda lo que su maestro de francés, aquel cura
normando emigrado en Londres, le dijo respecto
á «monsieur» Dante y á Boileau ?
CONTRA ESTO Y AQUELLO
247
Yo sé que dirán algunos que á fuer de buen es-
pañol saco la oreja del misogalismo ó francofobia;
pero esto no es verdad. Pocos deberán más que
yo á esa literatura francesa, verdaderamente edu-
cadora, y confieso que en ella he aprendido mu-
cho; pero ni de sus juicios respecto á otros pue-
blos hago gran caso porque son poco capaces de
penetrar en espíritus distintos del suyo, ni he que-
rido nunca someterme á su estética , que es la que
tiene más echada á perder nuestra literatura. En
España, por regla general, lo que es de imitación
inglesa ó italiana, resulta más español, más pro-
pio y, por lo tanto, más hermoso que lo de imita-
ción francesa. Esta es la verdad.
Y ahí, en América, digan lo que quieran los que
á todo trance se empeñan en diferenciar esa lite-
ratura déla nuestra, sucede lo mismo. Es más; se
podría hacer un estudio — y acaso lo emprenda
algún día — demostrativo de que en las incipien-
tes literaturas hispanoamericanas la tendencia es-
pañolizante encaja mejor con la índole de esos
pueblos que no la otra. Muchos hay que pasan
por imitadores de unos y lo son de los otros.
Tema éste vastísimo y que volveré á tener oca-
sión de tratar.
PROSA ACEITADA
Hace algunos años llegó á mi tierra vasca un
fraile agustino, el en un tiempo famoso niño Mor-
tara, que tanto dió que hablar cuando el Papa
Pío IX era todavía soberano temporal de los es-
tados pontificios.
Tuvo, en efecto, grandísima resonancia en toda
Europa el hecho aquel de que una sirviente cató-
lica de una familia judía, la familia Mortara, hu-
biese bautizado á un niño á hurtadillas de sus pa-
dres, y el que fundándose en este bautismo clan-
destino se arrancara al niño del poder de sus pa-
dres. Y el niño fué educado en la religión católica
y luego se hizo fraile, y rodando mundo fué á pa-
rar á mi tierra vasca convertido en P. Mortara.
Era un genuino israelita y un israelita italiano,
vivo y sagaz, ingenioso y emprendedor. Todavía
me acuerdo cuando en el balneario de Cestona
recojía dinero para un seminario que su orden — la
de canónigos regulares de San Agustín — estaba
levantando en Oñate. Cada donante sería dueño
de una piedra ó de más , ó de media piedra del
edificio, según el donativo, y esa propiedad le
250
MIGUEL DE UNAMUNO
daba derecho á la intención de una misa á cada
tanto tiempo.
Otra aptitud tenía de genuino israelita, y era
su facilidad para aprender idiomas. Era un verda-
dero políglota; hablaba una porción de lenguas y
predicaba en algunas de ellas. Y en llegando ámi
país se propuso hablar vascuence y llegó á conse-
guirlo, cosa muy hacedera; pues el vascuence,
como otro idioma cualquiera, lo sabe el que lo sepa
por haberlo aprendido, sea en la cuna, sea des-
pués en una cualquiera edad. (Esto, que no es más
que una perogrullada, lo digo enderezándolo á al-
gún paisano mío, que por no haber sido el vas-
cuence la lengua que aprendí en la cuna, se figura
que no he podido aprenderlo, como en efecto lo
aprendí, siendo ya bastante mayor, del mismo
modo que he podido aprender otros idiomas no
más fáciles.)
En cuanto el padre Mortara sabía algo del idio-
ma del país en que estuviese, lo suficiente para
darse á entender en él, se lanzaba á predicar en
el tal idioma , diciendo que era el medio de per-
feccionarse.
Sí, dicen que para enseñarle á uno á nadar no
hay como echarle á un río. Y eso hizo al poco de
saber algo de vascuence, y es que se lanzó á pre-
dicar en él.
Yo le oí un sermón predicado en vascuence en
Guernica, y os digo que se sufría oyendo á aquel
hombre intrépido. Porque sus esfuerzos, y esfuer-
zos enormes, no eran para buscar ideas y pensa-
mientos— éstos eran los vulgares y corrientes en
CONTRA ESTO Y AQUELLO
251
un sermón católico , y de los más triviales de
ellos, — sino que eran para buscar la forma de ex-
presarlos para cazar las voces eusquéricas en qué
encerrarlos. Daba apuro el espectáculo de aque-
lla lucha á brazo partido con un idioma que no se
domina.
Pues bien, un apuro parecido me sobrecoje
cada vez que leo á los jóvenes y más recientes
prosistas españoles é hispano-americanos. Su lu-
cha no es por buscar pensamientos claros ú hon-
dos ó brillantes ó sugerentes, sino por buscar una
lengua nueva, original y preciosa. No piensan en
lo que escriben, sino que piensan en cómo han de
escribirlo, y claro está, la cosa les resulta artísti-
camente detestable.
Sí, artísticamente detestable. Porque no hay
nada más deplorable, desde el punto de vista es-
tético, que eso que llaman estilo los estilistas. Por
regla general, da sueño.
Sueño y un sueño profundísimo me da la prosa
de hamaca de cierto prosista nuestro, cuya pre-
ocupación es ayuntar por primera vez dos palabras
que antes no se han visto juntas.
Cuando he tenido que aguantar algo de esta
prosa aceitada, prosa de ebanistería, me vuelvo á
leer Platón ó Benvenuto Cellini en aquellos sus
párrafos negligentemente sueltos, llenos de ana-
colutos ó cabos sueltos, de repeticiones, de cons-
trucciones según sentido y no según gramática,
me vuelvo á leer esa prosa «hablada», hastiado de
la prosa escrita.
Porque, en efecto, aquello parece dictado de
252
MIGUEL DE UNAMUNO
palabra á un escribiente — y á un escribiente ta-
quígrafo no pocas veces — ó escrito al correr de la
pluma, sin volver atrás los ojos, olvidando una lí-
nea cuando se está en la siguiente, en libre char-
la. Y es lo único que da la sensación de la vida.
Cuando me dicen de un hombre que habla como
un libro, contesto siempre que prefiero los libros
que hablan como hombres.
Y este es uno de los encantos que para mí tiene
Sarmiento, su prosa, su prosa hablada, y á las ve-
ces gritada.
Ya sé que á muchos de esos... ¿les llamaré mo-
dernistas? les parecerá una herejía literaria el que
trate de presentar á Sarmiento como un prosista,
y, sin embargo, así es. Le tengo por un gran pro -
sista, inmensamente superior á todos los que an-
dan tachando de los párrafos asonancias y repeti-
ciones, y buscando discordancias gramaticales, y
no digo superior á los que vuelcan el diccionario
en sus escritos y hacen un artículo para colocar
una palabreja, porque éstos no son prosistas, ni
buenos ni malos. Son otra cosa.
Lo que hay es que la buena prosa, quiero decir,
la prosa natural y viva, la prosa hablada, hay que
saberla leer y la inmensa mayoría de los lectores
no saben leer.
No han perdido el tonillo que cojieron en la
escuela ni son capaces de leer de modo que uno
que no les vea que lo hacen ignore si es que leen
ó que dicen.
Diciéndome un día un amigo que ciertos ver-
sos— míos, por cierto, — no le sonaban, hube de
CONTRA ESTO Y AQUELLO
253
replicarle: si los has leído tú mismo, no lo extraño.
Cierta música, si ha tardado en entrar en los gus-
tos del público, es porque la cantaban ó la toca-
ban en un principio cantores y tocadores educa
dos á cantar y tocar otra música. Y así pasa con
el verso y con la prosa. Y aquí, en España por lo
menos — y supongo sucederá ahí lo mismo — priva
un sistema de recitación verdaderamente deplo-
rable.
Es un canturreo que da sueño. Y de ello tienen
mucha culpa los actores.
Decíame en cierta ocasión un sujeto que no ha-
bía entendido bien un artículo mío, y entonces le
invité á que leyéndoselo yo, cuando llegase al pa-
saje ó pasajes oscuros, me lo advirtiera, para
procurar yo aclarárselos. Empecé á leer mi artícu-
lo, continué leyéndolo y lo terminé sin que el buen
señor hubiese chistado, y como al concluir le di-
jera: «y bien, ¿qué es lo que usted no ha entendí
do?», me replicó: «No, no; esta vez lo he entendido
todo muy bien.» Y entonces yo: «¿sabe usted lo
que es esto? Que usted, como tantos otros, no sabe
leer.»
Estoy completamente convencido de que si se
recojiesen con toda fidelidad taquigráfica los dis-
cursos y se publicaran luego, impidiendo que sus
autores los corrigiesen, como acostumbran hacer,
habrían de parecer á muchos confusos y oscuros
párrafos que al ser pronunciados fueron entendi-
dos perfectamente por los oyentes. Y si se hiciese
un estudio de sintaxis castellana «hablada», es
decir, viva y natural, sobre la base de discursos
254
MIGUEL DE UNAMUNO
así recojidos y de conversaciones tomadas á fonó-
grafo, se vería cuánto discrepa de la sintaxis pre-
ceptiva á que ajustan los estilistas su prosa acei-
tada.
La prosa de Platón no resiste la crítica de un
maestro de escuela ó de un prosista modernista.
(Después de leído esto, me ha asaltado por un
momento el prurito de cambiar la voz «prosista»
por la de «prosador», para evitar así que se sigan
dos palabras aconsonantadas; pero luego he des-
echado la tentación, ateniéndome á mi sistema de
ir en lo posible hablando lo que escribo.)
En lo posible, digo, porque la lengua escrita ó
literaria— literario deriva de «littera», letra, equi-
valiendo, por lo tanto, literatura á escritura — es
insinúa y mete en la lengua hablada ó conversa-
cional, querámoslo ó no.
Coleridge, en aquella su «Biographia literaria»
de la que dice Arturo Symons que es el libro más
grande de crítica que hay en inglés y uno de los
más aburridos que haya en cualquier idioma, nos
dice: «Dudo de si es siquiera posible conservar
nuestro estilo enteramente limpio de la viciosa
fraseología que se nos cuela de todas partes, des-
de el sermón al periódico, desde la arenga del
legislador al brindis de un banquete. Rechinan
nuestras cadenas mientras estamos quejándonos
de ellas».
Y así tal vez rechine en esta mi prosa la cadena
literaria, mientras me estoy quejando de ella.
Y al hablar de literario y de literatura con un
cierto desdén, no vaya á creer el lector que des-
CONTRA ESTO Y AQULLEO
255
deño la belleza, la hermosura y la poesía, no. Es
que son cosas muy diversas y hay excelentes,
excelentísimos literatos, tanto en prosa como en
verso, y hasta artistas que tienen muy poco ó nada
de poetas. Y, en cambio, en no pocas de las más
rudas é incorrectas décimas del «Martín Fierro» —
para poner un ejemplo de esa tierra — hay mucha
más poesía, muchísima más que en tantas compo
siciones de eso que llaman rima rica y llenas de
garambainas artificiosas y de musiquilla de ban-
dolín.
El literatismo, tal es la plaga de la actual litera-
tura española é hispanoamericana, ó si se quiere
la literatura, es hoy entre nosotros el verdugo de
la poesía. O por otro nombre, eso que con vocablo
de origen italiano se llama el «virtuosismo».
El pianista «virtuoso» se presenta al público á
ejecutar difíciles «estudios» y los pianistas, buenos
y malos y medianos que hay en el público, salen
exclamando: ¡qué ejecución! ¡qué dedos! ¡qué ar-
tistazo! Y el resto del público se aburre sobera-
namente al oir prestidigitación en vez de música.
Y yo digo: «á estudiar á casa; aquí no se debe ve-
nir á darnos estudios ni á mostrarnos la dificultar*
vencida, sino á recrearnos el ánimo ó á excitár-
noslo. »
Y es lo más curioso que esos señores virtuosos
de las letras se entretienen en crear dificultades
nada más que para darse luego pisto por haber-
las vencido. No son otra cosa las más de las reglas
de nuestra preceptiva llamada poética, y las más
de las reglas del arte de escribir.
256
MIGUEL DE UNAMUNO
En el fondo de todo esto que nos está pasando
no hay sino una completa carencia de ideales, no
ya éticos, sino estéticos y aun puramente litera-
rios. Los más están haciendo literatura de litera-
tura, novelas sacadas de otras novelas, dramas
extraídos de dramas, lírica que no es sino eco de
otras líricas. Y lo que hacen falta son bárbaros.
El ser bárbaro no implica el ser ignorante ni
indocto, no. Un bárbaro puede ser doctísimo y
hasta sapientísimo. El bárbaro es el que irrumpe
en un campo desde otro campo, con otias pre-
ocupaciones, con otros prejuicios — ¿pues quién no
los tiene? — con otra visión y otro sentimiento de
la vida, que aquellos que privan en el campo por
él irrumpido. Juan Jacobo Rousseau irrumpió en
el campo del derecho y la jurisprudencia como un
bárbaro , como un extraño á las ciencias jurídicas
y las reanimó con nuevo soplo de vida.
La literatura ha caído entre nosotros casi por
completo en manos de profesionales de ella, y las
profesiones se hacen en manos de los profesiona-
les terriblemente conservadoras. Lo cual, si bien
tiene sus ventajas, tiene muchos más inconvenien-
tes. Ellos imponen ó tratan más bien de imponer
una cierta quisicosa que llaman buen gusto y no
es más que la consigna de los profesionales agre-
miados. Porque se agremian.
¡ Vaya si se agremian ! Aunque luego los veáis
riñendo unos con otros y mordiéndose y arañán-
dose como mujerzuelas que pelean por unos tra-
pos. Hay dentro del gremio prácticas y doctrinas
libres , y en éstas puede cada cual hacer y decir
CONTRA ESTO Y AQUELLO
257
lo que se le antoje, pero hay principios sagrados é
intangibles. Y al que los quebranta se le hace
el vacío y se le declara indigno de pertenecer al
gremio.
Hay que haber entrado en un cotarro literario
para ver todo lo que en él rebosa de vanidad, de
tontería y de vulgaridad disfrazada. Dios os libre,
lectores, de chocar con un literato, con un genui-
no y estricto literato, con un profesional de las le-
tras, con un ebanista de prosa barnizada. Será
una de las mayores desgracias que pueda sobre-
veniros.
Me explico que Plutarco, en el prólogo á su vida
de Pericles, nos diga que ningún joven bien naci-
do desearía ser Anacreonte, Filetas ó Arquílo-
co, por mucho que se recreara con sus composi-
ciones.
FIN
i
ÍNDICE
Páginas.
Advertencia previa 5
Algo sobre la crítica 7
Leyendo á Flaubent 17
La Grecia de Carrillo,. 27
José Asunción Silva 37
La imaginación en Cochabamba 47
De cepa criolla 59
Educación por la histotia 71
Sobre la argentinidad 81
Un filósofo del sentido común 91
La vertical de Le Dantec 103
E'l Rousseau de Lemaitre 117
Rousseau, Voltaire y Nietzsche 125
Isabel ó el puñal de plata 137
La ciudad y la patria 149
La epopeya de Artigas 159
Taine, caricaturista 171
Á propósito de Josué Carducci 181
Sobre el ajedrez 193
Arte y cosmopolitismo 207
Sobre la carta de un maestro 210
Historia y novela 229
Literatura y literatos. 239
Prosa aceitada 249
LO
Universit? of Toronto
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tí
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N
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tí!
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